Y vaya que nos hicimos daño. Y eso que para nosotros hacerse daño era como zambullirse en el mar heladísimo de la Punta. Nos queríamos y nos odiábamos tanto. Nos pasábamos horas enteras contemplando nuestros fluorecentes cuerpos en medio de la oscuridad, de las cortinas y de la nada. Nos besábamos, nos despojábamos, nos matábamos y nos revivíamos a fuerzas. El peligro nos gustaba (nos encantaba), quizá por eso es que decidiste, Oh Lena, comprar esa casa que estaba –y tu lo sabías perfectamente–, en medio de la guerra. Porque tú y yo sabíamos que la guerra no estaba allí afuera, sino aquí adentro, bien adentro. En medio de los vasos, las cucharas y la guerra, estoy seguro que descubriste que nunca sería suficiente, eso era lo peor: nunca.
Oh Lena, de todos los tipos con los que podías estar, escogiste al más difícil, el más maniático, el más imbécil. No te culpo Lena, porque tú siempre fuiste tan bella, tan bella. En medio de tu locura y de tus eternos boletos de avión, estabas ahí, me querías. Me querías como cuando una inocente pequeña quiere a su osito de peluche. Y vaya que yo te quería. Pero tú sabes bien que yo no podía quererte del todo, lo sabes bien. Y no porque no quisiera, ni porque no lo intentara, ni porque no me obligara a inyectarme perpetuamente tu cariño, sabes que era por ella y siempre fue por ella.
Contigo me unía todo, pero con ella, Oh, con ella, con ella estaba mi alma, mi esencia, todo lo que era yo –y lo que no sabía que era yo–. Ella siempre fue todo, hasta que descubrí, en esas noches tan ácidas y nebulosas, que no lo era; porque para que sea tan ella, tan todo, tenías que estar tú: teníamos que ser los tres. Como tres conejitos graciosos y perdidos que se acurrucan en los jardines de la plaza.
Claro que, lo último que hicimos fue acurrucarnos. Nos dedicamos a fulminarnos lenta y melosamente: con palabras, con gestos, con canciones, con serenatas, con recetas de cocina y tableros de ajedrez a las tres de la mañana.
DH
Continuará… (probablemente)
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