Discusiones filosóficas a las cinco de la tarde

12 07 2010

En este espacio, intentaré establecer conexiones y reflexiones entre tres textos que me parecen de suma importancia filosófica y, en general, de sumo interés personal: “Así habló Zaratustra” de Friedrich Nietzsche, “El existencialismo es un humanismo” de Jean Paul Sartre y “Modos de pensamiento” de Whitehead; todo ello en relación a la novela corta de Joseph Conrand “El corazón de las tinieblas”. Primero, explicaré por qué dichos textos me parecen importantes y, luego, procederé a establecer las conexiones y reflexiones correspondientes.

Hace algunos años, tuve en mis manos dos textos que, debo reconocer, cambiaron mi manera de pensar y me hicieron tener una visión más crítica de las cosas y personas que me rodean, en este mundo tan extraño. Estoy hablando de “Así habló Zaratustra” de Nietzsche y “El existencialismo es un humanismo” de Sartre. Su importancia, me parece, recae en las posiciones agudas y críticas de sus autores. Y, sobre todo, en sus formas de pensar, criticadas por muchos, pero, sumamente lúcidas y reflexivas. A mí me gustan por su forma contestataria y distinta de concebir la vida y la manera de ser de las personas.
El texto de Sartre me parece que es importante porque al leerlo, te permite tener una visión clara de lo que es esa corriente filosófica llamada existencialismo, además, tiene una posición atea bastante coherente, y sobre todo, realza la condición absolutamente libre del hombre frente a la vida y frente a sus acciones.
En cuanto al texto de Nietzsche, me parece importante y, sobre todo, interesante, primero, porque es capaz de contradecir con argumentos e ideas válidas las posiciones de filósofos tan importantes como Sócrates o Platón (en cuanto a la idea del control de las pasiones), y luego, porque enaltece la condición de libertad de decisión y formación de los propios valores del hombre sin necesidad de tener alguna deidad guiadora o que te imponga ciertos tipos de valores o conductas de cualquier tipo. Es un manifiesto del individualismo muy interesante.
El texto de Whitehead, me interesa y creo que es importante porque resalta la importancia de la experiencia individual como una forma de producir un saber o conocimiento, además realza la importancia del lenguaje y de nuestras propias ideas o pensamientos como un sistema filosófico capaz de moldear una sociedad.

Kurtz: ¿un superhombre?
En “Así habló Zaratustra”, Nietzsche presenta la idea del superhombre como un ser que ha trascendido todas las tradiciones infundadas y todas las imposiciones de valores, para convertirse en un hombre sumamente confiado de sí mismo y de sus habilidades y capaz de crear su propio sistema de valores, independientemente de las tradiciones ya establecidas y de las demás personas. El superhombre, como su mismo nombre lo dice, se presenta como un hombre superior que ha alcanzado una meta de realización personal y mental bastante elevada: ha logrado establecerse más allá del bien y del mal. Y algo que puede sonar imposible o muy difícil de alcanzar: el dominio de sí mismo.
Si Zaratustra (o el mismo Nietzsche, incluso) se encontrara con Kurtz, creo que definitivamente se acercaría a él. Y se acercaría no con ánimo de crítica, reproche o de convencerlo con sus ideas, sino con admiración. Porque Kurtz, es en el sentido nietzscheano, un ser superior. Es decir, es (o podría ser) lo que predica Zaratustra: un superhombre. Si analizamos con detenimiento el texto de Conrad, se nota que Kurtz se presenta como una ser guiado en todo momento sólo por su voluntad y además que, con su voluntad y confianza es capaz de dominar y obtener la admiración y contemplación de muchos hombres.
Para Marlow y para todos los que lo conocen o han escuchado hablar de él, Kurtz se presenta como un ser mítico, como una sombra, como una voz. Y se presenta así porque es un hombre que, según lo que analizo según el relato, ha trascendido todos los valores tradicionales del bien y del mal. Porque no sigue ninguna moral (o lo que entendemos tradicionalmente por moral: esclaviza a los negros, se lleva todo el marfil, cosas que podrían parecer carentes de moral, pero que él encuentra razones y valores para hacerlo en su interior), más que la que sale de sí mismo y de lo que cree. Así lo describe Marlow en la novela: “Tenía que vérmelas con un hombre ante quien no podía apelar a ningún sentimiento elevado o bajo. Debía, igual que los negros, invocarlo a él, a él mismo, a su propia exaltada e increíble degradación. No había nada por encima ni por debajo de él, y yo lo sabía. Se había desprendido de la tierra ¡Maldito sea! Había golpeado la tierra hasta romperla en pedazos. Estaba solo, y yo frente a él no sabía si pisaba tierra o si flotaba en el aire”. Así, Kurtz se presenta como un ser ambiguo pero, absolutamente poderoso.
Dentro de su estadía en esa selva, que para Kurtz significa el viaje al interior de sí mismo en la búsqueda de un sentido, Kurtz encuentra su sentido y su inteligencia dentro de sí mismo. Al igual que la idea del superhombre que plantea Nietzsche, no necesita creer ni buscar deidades que le den un sentido o unos valores para poder vivir. Todo lo encuentra dentro de sí. Y es tanta la inmensidad de formas y respuestas que encuentra dentro de sí, cuando se queda sólo en esa selva apremiante, que en el relato lo describen como “un viaje a las tinieblas”. Por esa razón es que Kurtz es un hombre capaz de juzgar, de actuar y de decir siempre lo que piensa.
Es curioso lo que sucede en la novela cuando Kurtz está a punto de morir. Kurtz le dice a Marlow: “Estoy acostado aquí en la oscuridad esperando la muerte” y Marlow lo describe así en ese momento: “Vi sobre ese rostro de marfil la expresión de sombrío orgullo, de implacable poder, de pavoroso terror…de una intensa e irredimible desesperación”. Kurtz no parece en lo absoluto “resignado” a morir, si no, más bien pareciera como si él estuviera eligiendo o tuviera control sobre su muerte. Esto se presenta como en “De la muerte libre” en los diálogos de Zaratustra: “Yo os elogio mi muerte, la muerte libre, que viene a mí porque yo quiero ¿Y cuándo querré? Quien tiene una meta y un heredero quiere la muerte en el momento justo para la meta y para el heredero”. Otra vez Kurtz se vuelve la figura del superhombre que plantea Nietzsche y que predica Zaratustra: un hombre que elige su momento justo para morir.
Aunque, honestamente no estoy segura de cuánto control sobre sí mismo tenía Kurtz. Por momentos, me parece un ser sumamente inteligente y lúcido pero, también, sumamente atormentado y desesperado. Por eso, tal vez Marlow lo describe, en el momento de su muerte, como que, a pesar de que es consciente de su poder, tiene cierto temor y desesperación.
Sé que muchas personas que conozco –y, seguramente, muchas más de las que conozco–, repudian las ideas de Nietzsche y les importa un bledo discutir sobre la muerte de Dios o sobre el superhombre. A mí personalmente me interesa mucho esta discusión. Me interesa porque creo en la libertad absoluta que tiene el hombre en todo el sentido de la palabra y me parece grandioso todo lo que puede llegar a hacer con ella. Porque creo, de verdad, que el hombre puede y debería ser capaz de formarse sus propios valores. Yo no necesito tener un Dios, creo que cada uno puede ser su “dios”, su guiador. Kurtz era su propio “dios”. Independientemente de lo oscuro o medio atormentado que pueda ser este personaje, me parece admirable por eso.
Confieso que al leer la primera vez “El corazón de las tinieblas”, no me atrapó, no me logró comer entre sus líneas y entre sus personajes. Pero, leyéndolo de nuevo, pude descubrir esta profundidad del personaje Kurtz y todo lo que conlleva, realmente me parece como un superhombre. No sé si Conrad habrá construido este personaje de esta manera a propósito o simplemente lo habrá creído necesario para su narración. Pero, a fin de cuentas, construyó, a mi parecer, un personaje bastante nietzscheano (en el sentido de la idea del superhombre y también porque creo que Kurtz tiene una postura nihilista). Kurtz es una mezcla de enigma, lucidez, oscuridad, inteligencia, poder, convencimiento, sabiduría y persuasión. Es todo eso, y, todo a la vez.

La libertad y el existencialismo de Sartre en el corazón de las tinieblasEn “El existencialismo es un humanismo”, Sartre sostiene dos ideas acerca de la libertad que discutiré en las próximas líneas y que me parecen de suma importancia: “Estamos solos, sin excusas. Es lo que expresaré diciendo que el hombre está condenado a ser libre”, “Cuando declaro que la libertad a través de cada circunstancia concreta no puede tener otro fin que quererse a sí misma, si el hombre ha reconocido que establece valores, en el desamparo no puede querer sino una cosa, la libertad, como fundamento de todos los valores. Esto no significa que la quiera en abstracto. Quiere decir simplemente que los actos de los hombres de buena fe tienen como última significación la búsqueda de la libertad como tal. Un hombre se adhiere a tal o cual sindicato comunista o revolucionario, persigue fines concretos; estos fines implican una voluntad abstracta de libertad; pero esta libertad se quiere en lo concreto”.
En mi opinión, en el texto de Conrand, tanto Marlow como Kurtz, buscan y encuentran la libertad de distintas maneras. Marlow, se enlista como marinero y aborda ese viaje al Congo, no por una sed de aventura, no porque escapaba de algo o de alguien, no porque no tenía nada más que hacer, sino, inconsciente (o conscientemente) en búsqueda de sí mismo y de su libertad. En esa selva tan vertiginosa, esclavizada, inmóvil e irreal, descubre que puede encontrar lo mejor y lo peor de sí mismo: descubre que ese viaje, es como realizar un viaje al interior de él (al interior de su corazón). Y como último fin (o última significación, en palabras de Sartre), busca su libertad. Y yo creo que la encuentra, la encuentra cuando se va adentrando en la selva y cuando conoce a un ser tan especial como Kurtz. Y la encuentra concretamente.
En el caso de Kurtz, él es aún un personaje más libre (en mi opinión). En su caso, creo que se aplica también la idea de “libertad como una condena”, porque llega un punto en que Kurtz quiere abandonar la estación y tal vez dejar el marfil, pero ya no puede, simplemente no puede. Porque su libertad lo guió hasta allí. Y porque a pesar de que dice que lo quiere dejar, el quiere seguir allí, y su naturaleza libre lo obliga a seguir a su sentido de libertad y de responsabilidad. Y digo que es un personaje más libre, porque en todo momento sigue sus propios valores y su propia moral y nada más que ello. Se vuelve su guía de sí mismo, y es tan admirable, inteligente y lúcido por eso, que la gente lo nota y lo empieza a considerar un genio y a querer seguir. Al igual que Marlow, al encontrarse sólo en esa selva tan sobrecogedora, Kurtz hace un viaje al interior de su corazón. Es libre. Dentro de sí encuentra todo: un sentido, unos valores, su libertad. Y su libertad es el fundamento de todos sus valores.
Paradójicamente, en este texto aparecen y se describen constantemente a negros esclavos que están siendo colonizados. La misma condición de esclavos infiere que están totalmente privados de su libertad en todos (o casi todos) los sentidos. Y justamente a ellos se les representa y se les describe como algo repugnante, bestializado o animalizado. Independientemente de la interpretación racista que le han dado a este texto a raíz de este tipo de descripciones, yo creo que Marlow los describe así porque él ama (y busca) la libertad y le parece tan repulsivo e incluso repugnante, encontrar a personas que estén condenados a no tenerla nunca. Personas que existen sólo para obedecer órdenes y para cargar cadenas con sus maltratados cuerpos. No es el terror a la raza, es el terror a no tener libertad. Comprendo a Marlow, porque a mí también me aterra no tenerla, y mucho. Para mí, no tener libertad es como ser una nada en medio de un todo.
En este punto, quiero discutir otra frase de Sartre que me llama mucho la atención: “A esto contesto que me molesta mucho que sea así: pero si he suprimido a Dios padre, es necesario que alguien invente los valores. Hay que tomar las cosas como son. Y además, decir que nosotros inventamos los valores no significa más que esto: la vida, a priori, no tiene sentido. Antes de que ustedes vivan, la vida no es nada; les corresponde a ustedes darle un sentido, y el valor no es otra cosa que el sentido que ustedes eligen. Por esto, se ve que hay la posibilidad de crear una comunidad humana. Se me está reprochando el preguntar si el existencialismo era un humanismo”.
Esto me hace pensar en dos cosas: primero, Kurtz inventa sus propios valores con los que es capaz de darle sentido a su vida y a sus acciones, sin ellos, sabe que su vida no tendría sentido alguno: Kurtz se acoge, seguro sin querer, a los valores existencialistas que plantea Sartre. Segundo, para mí el hecho de necesitar creer o tener la idea de que existe un Dios o una deidad que tiene que guiar tu vida y darte los valores que uno mismo debería crear (o escoger), es como ponerte en la pierna derecha un grillete de esclavo, como los que tenían los negros esclavos del Congo que describe Marlow ¿Por qué necesitaríamos creer en un Dios guiador? ¿Por qué? En mi opinión, la idea mental de la existencia de un Dios guiador, limita nuestra libertad, y lo que es peor aún, nuestras acciones. ¿Por qué no ser como Kurtz?: nuestros propios guías. Yo creo que Kurtz aceptó la muerte de Dios, por eso también, es que en mi opinión, tiene una postura nihilista.

La experiencia individual de Charlie Marlow
El gran filósofo Whitehead sostuvo lo siguiente en su libro “Modos de pensamiento”: “La concentración de la atención en los simples hechos es la supremacía del desierto. Toda aproximación a este triunfo confiere a la ciencia “una virtud fugitiva y claustral” que evita poner el acento sobre conexiones esenciales como las que nos muestran el universo en su choque con la experiencia individual”.
Muchas veces, equivocadamente, la ciencia y la lógica privilegian su condición de únicos medios (o disciplinas) para llegar al entendimiento o únicas maneras de producir un saber o un conocimiento. En esta idea, ni Whitehead ni yo, estamos de acuerdo. Opino, al igual que Whitehead, que la información que proporciona la ciencia es incompleta y que, en palabras de él: “El mundo concreto se escapa de las mallas de la red científica”. A la hora de vivir y de interactuar con otros, uno se da cuenta que si bien la ciencia y la lógica nos pueden proporcionar algunas respuestas e ideas válidas, esto no constituye ni la mitad de lo que necesitamos para llegar al entendimiento (como lo concibe Whitehead), ni mucho menos, a producir nuestro propio conocimiento. Necesitamos algo más complejo y mucho más ilustrativo: la experiencia personal, la experiencia individual. Si nos concentramos sólo en la ciencia (en los simples “hechos”), olvidamos las conexiones esenciales que existen entre la experiencia individual, nuestras vidas y el universo que nos rodea.
¿Acaso si Marlow no se hubiera adentrado en esa selva, si no hubiera visto y hubiera vivido todo lo que vivió allí y no hubiera conocido a Kurtz, hubiera entendido o “sabido” lo que realmente sucedía allí o cómo era Kurtz? No lo creo. Marlow buscó y vivió su propia experiencia individual. Y esa experiencia fue tan intensa (porque no sólo le permitió entender el mundo externo u a otras personas, le permitió adentrarse en la esencia de sí mismo y, de alguna manera, “entenderse”). Esa experiencia hizo que él elabora su propio saber o su propio conocimiento. Cambió su forma de concebir las cosas y la realidad. Para ello, no bastaba con que lea libros o busque respuestas en la ciencia, tenía que vivirlo si quería realmente entenderlo.
Y las propias ideas o pensamientos que Marlow sacó de esa experiencia individual no están aisladas. Porque juntándolas con las propias ideas y pensamientos de las miles de personas que habitamos en este mundo y que somos capaces de vivir nuestras propias experiencias individuales, es lo que podemos llamar filosofía. Que hace lo que somos y lo que vivimos. Cada sociedad tiene su propia filosofía. Por eso, un sistema filosófico, moldea nuestro tipo de sociedad y a muchas mentes. La sociedad colonizadora en la que vivieron Kurtz y Marlow, tenía su propia filosofía; nuestra sociedad, tiene otra, desde luego.

A manera de conclusión
Hasta este punto, espero que mi lector haya percibido en este texto ideas en su mayoría coherentes (o lo más cercano a ser “coherentes”). No sé si luego de haber leído tanto de “Kurtz” y de “Marlow”, le provoque a usted correr a conseguir “El corazón de las tinieblas” y devorárselo en medio de la penumbra. Si bien no es uno de mis libros favoritos (debo confesar), considero que es un libro interesante y que se presta para realizar muchas discusiones filosóficas. Las que yo he hecho aquí, le aseguro, sólo son unas pocas de todas las que se podrían plantear y reflexionar. Le aconsejo que lo haga, porque además de ser un ejercicio enriquecedor, es divertido, sobre todo, a las cinco de la tarde, y, por supuesto, a las tres de la mañana.

DH





De cuando intentábamos conocer al mundo

25 05 2010

Aquí va un reflexión algo filosófica, algo literaria, que escribí hace unos días (en realidad la presenté para mi trabajo parcial del curso de epistemología):

Conocer al mundo: qué cosa tan difícil, qué cosa tan interesante, qué cosa tan profunda. Todos queremos conocerlo –absolutamente todos–. Seguro que usted también, querido lector: usted al igual que yo, al igual que Marlon Brando. El que diga que no, que tire la primera piedra. Sutil y rápidamente, el reloj avanza y retrocede, las hojas caen de los árboles cenicientos y las casas se vuelven gigantes llenos de ventanas; y nosotros aún no encontramos la verdad –esa verdad que tanto se anhela–, la verdad absoluta, el conocimiento. Probablemente no exista, tal vez nunca existió ni existirá; aunque su idea siempre ronde por nuestras mentes. Pero, ¿Se puede conocer al mundo? ¿Cómo lo conocemos?
Yo siempre he creído que para conocerlo hay que aprender a sentirlo, hay que familiarizarse con su lenguaje, hay que relacionarse con su gente, hay que aprender a pensar y mirar dentro de uno mismo, hay que analizar, hay que actuar, pero, sobre todo, filosofar. Sí, filosofar.
Pero, ¿Filosofar? ¿Qué es filosofar? Hace poco, un amigo –Richard Rorty– me dio una gran lección acerca de ello en el capítulo ocho de su libro “La filosofía y el espejo de la naturaleza”. Al comienzo me sentí algo mareada con tanto de “metafísica”, “hermenéutica”, “positivismo”, “relativismo”, “existencialismo”, etc. Pero luego comprendí el mensaje principal: la filosofía no es una asignatura, es una eterna conversación.
Rorty en este capítulo habla de algo que resulta realmente interesante –e incluso innovador, diría yo–, la diferencia entre filosofía edificante y filosofía sistemática. Usualmente creemos que los filósofos –y la filosofía en general– es una suerte de ciencia absoluta reservada sólo para un grupo selecto de intelectuales especialmente iluminados y encargados de descubrir la verdad eterna. Pero no, esto no es tan cierto –ni para mí, ni para Rorty–. Para Rorty, existe un grupo de filósofos que buscan conmensurar al mundo en un solo lenguaje, que buscan la verdad objetiva y eterna, y que siempre dan argumentos constructivos: esta es la filosofía sistemática. Pero también hay otra manera de filosofar: una manera que no pretende buscar una verdad objetiva y absoluta –porque no cree que exista–, una manera que deja un espacio abierto a la conversación eterna, una que es consciente de que no servirá para la eternidad. Esa es la filosofía edificante.
Muchas veces criticada de relativismo o cinismo, esta filosofía para mí constituye la mejor manera de conocer –o intentar conocer– al mundo. Así también lo concibieron Sartre y Nietzsche, a quienes no les duele calificarse de poetas. Porque la filosofía también es poesía, no entera investigación. Bien dice Rorty: “El hecho de que podamos continuar la conversación que inició Platón sin tratar los temas que Platón quería tratar, sirve para ilustrar la diferencia entre tratar a la filosofía como una voz dentro de una conversación y tratarla como asignatura, un Fach, un campo de investigación profesional. La conversación iniciada por Platón se ha ampliado con más voces de las que Platón se habría atrevido a imaginar y, por tanto, con temas de los que él no sabía nada.” Se nota cómo Rorty hace énfasis en “conversación”, dice la “conversación iniciada por Platón” no la “filosofía iniciada por Platón”. Pues bien, esta conversación que el gran Platón inició hace ya siglos, nunca terminó, y ha permitido que se descubran innumerables cosas acerca del mundo y del ser humano. Llámale filosofía si quieres, a mí también me gusta llamarla conversación.
Conversación. Palabra interesante. Evoca el acto de personas moviendo los labios suave o duramente, emitiendo sonidos mediante sus cuerdas vocales, haciendo funcionar sus cerebros, mirando, moviendo las manos, viviendo. Pero, ¿es así de fácil conversar? ¿cualquiera puede? Michel de Montaigne hace una interesante reflexión acerca de ello en “Del arte de conversar”. Él sostiene que para tener una buena conversación se necesita: orden, prudencia e inteligencia. Además, el ingrediente ideal es que las personas involucradas en la conversación tengan ideas o puntos de vista distintos. Creo que es importante resaltar que la “inteligencia” que señala Rorty –y a la que yo me refiero en este texto– no es una inteligencia de conocimientos ajenos o memorística, es una inteligencia propia, la de uno mismo, la capacidad de formular y construir tus propias ideas a través de los años y ser capaz de compartirlas en una conversación agradable o en un debate. La inteligencia que te hace ejercitar tu cerebro.
Cuan cierto puede ser esto. Imagínese estimado lector –tan sólo trate de recordar un poco–, una conversación que lo haya marcado, una memorable. Piense unos segundos. Y le aseguro que fue una conversación en donde su interlocutor (o interlocutores) lo dejaban hablar, lo escuchaban, usted hacía lo mismo, donde se trataban temas interesantes, donde nadie atropellaba a nadie con las palabras, donde se exponían ideas nuevas y no repeticiones de ideas de otros, donde iban de un tema a otro como si fuera una sinfonía marcada, y, sobre todo, donde su interlocutor no asentía con la cabeza cada vez que usted mencionaba que las nubes son color salmón. Y es que conversar es una forma de aprender, de ejercitar el cerebro y acceder al conocimiento. Es una forma de intentar conocer al mundo –y de paso conocer otras mentes–. Conversar es hacer filosofía, es intentar seguir pensando e intercambiando ideas, es comunicarse, es compartir, es un arte.
Compartir. Palabra melodiosa. Para compartir se necesitan más de uno ¿no es cierto? Se necesitan dos, o tres, o cuatro, o cinco, o diez, o cincuenta, o mil millones de personas. Y esto me lleva a pensar en la “Comunidad de mentes” y la “Comunicación como base del conocimiento”, que plantea Donald Davidson en “Tres variedades de conocimiento”. Primero, él plantea la existencia de tres variedades de conocimiento que se interrelacionan entre sí y no pueden estar separadas una de la otra: el autoconocimiento, el conocimiento del mundo externo, y el conocimiento de otras mentes: “En su mayor parte sé lo que pienso, quiero y me propongo, y cuáles son mis sensaciones. Sé bastante acerca del mundo que me rodea, la ubicación, tamaño y propiedades causales de los objetos del mismo. A veces sé también lo que hay en la mente de otras personas”. En todo esto aparece el “saber” y el “conocer”. Cuando al comienzo de este texto hablé de “conocer al mundo”, no me refiero a sólo conocer una variedad de los tres tipos de conocimientos (el conocimiento del mundo externo), sino que mi “conocer al mundo”, engloba los tres tipos de conocimiento. Hecha esta aclaración que me parece pertinente, voy a pasar a hablar sobre la “Comunidad de mentes”, que para Davidson es: “Una comunidad de mentes está en la base del conocimiento y proporciona la medida de todas las cosas. No tiene ningún sentido cuestionar la adecuación de esta medida o buscar una norma o medida ulterior”.
Anteriormente, hablé acerca de la filosofía como conversación, como una forma de compartir ideas para acceder al conocimiento y conocer al mundo. Bien, cuando uno tiene una idea o una creencia (en su propia mente), y la discute con “otras mentes” (es decir, otras personas); ocurre una conversación, un intercambio de ideas de la cual se forma una suerte de comunidad de personas (o de mentes), que tienen ideas y pensamientos que habitan y se discuten en un mismo espacio: el mundo. Usted, estimado lector, tal vez pensará que estoy hablando trivialidades o que esto de la “Comunidad de mentes” que hablo yo –y que dice Davidson– son puras patrañas. Pero esta idea es realmente importante, porque de esta comunidad de mentes que se forma cuando un grupo de personas se junta en un café, en un apartamento, en un parque o en la terraza de una casa a conversar a intercambiar ideas; de ahí es que salen las grandes ideas, pensamientos, postulados y descubrimientos acerca del mundo. Todo como resultado de constantes intercambios y discusiones de ideas o de creencias. Así nos acercamos al conocimiento, al conocimiento del mundo: hablando, pensando, conversando. Formando una comunidad invisible de mentes que están en constante movimiento, intercambio de ideas y evolución de pensamiento.

De ahí que Davidson sostenga que: “El pensamiento depende de la comunicación”. Esta idea es realmente trascendental si lo vemos desde el punto de vista de que la comunicación constituye la base del pensamiento del hombre, y más específicamente la base del conocimiento. A primera vista esta idea puede resultar un poco ligera de argumento. Pero, para fines didácticos, estimado lector, en esta parte lo invitaré a realizar un ejercicio mental. Piense en algo que usted sepa –o que cree que sepa– a continuación, recuerde con lucidez cómo es que usted sabe –o supo– que sabe eso, ¿cómo lo sabe? Sospecho –y estoy segura de no equivocarme– de que lo que usted cree que sabe, lo sabe (o cree que lo sabe), porque lo aprendió, lo pensó, lo leyó y lo discutió. Y eso, mi estimado lector, es comunicación. Usted se comunicó (en cualquier modalidad que implica la comunicación), antes de estar seguro que sabe algo o haber formulado su propia idea acerca de ese algo.

Y esto nos lleva a otro punto sumamente interesante: la distinción entre el “Yo” y el “Mí” que hace el filósofo George H. Mead. Mead plantea una distinción entre acción y pensamiento mediante el “Yo” y el “Mí”: el yo es el cuerpo (lo orgánico), la acción, el ¿qué hago yo?; mientras que el mí, es la persona en sí, el pensamiento, el ¿quién soy? Mead sostiene que mientras hacemos algo no pensamos, que primero actúa el “Yo” y luego el “Mí”. Es decir, que primero hacemos y luego pensamos. Y esto guarda estrecha relación con lo que mencioné líneas arriba. Porque, si el pensamiento depende de la comunicación, quiere decir que la comunicación precede al pensamiento. Quiere decir que antes de que uno piense se tiene que comunicar. Punto realmente interesante.

Luego de haber hablado tanto de la “conversación” y la “comunicación”, es necesario hablar del “lenguaje”. Para ello, el gran filósofo Ludwig Wittgenstein hace un excelente aporte: “los juegos de lenguaje”. Para Wittgenstein: “Llamaré también “juego de lenguaje” al todo formado por el lenguaje y las acciones con las que está entretejido”. Variado, multifacético, a veces ambiguo y expresivo, el lenguaje nos ofrece infinitas posibilidades de comunicación. Realmente infinitas. Con el lenguaje construimos nuestras ideas, nuestros pensamientos y nuestra manera de vivir. Como lo dice Wittgenstein: “Imaginar un lenguaje es imaginar una forma de vida”.

Y mi punto es que a través del lenguaje, también aprendemos y podemos conocer al mundo. Desde que aprendemos a hablar, conocemos uno (ya sea francés, danés, alemán, inglés, español, chino mandarín, portugués, etc.) Con él podemos pensar todo lo que queremos pensar y decir todo lo que queremos decir, formular nuestras propias ideas; crear nuestra propia inteligencia. Conocernos a nosotros mismos, al mundo y a las personas que nos rodean. Sin un lenguaje, esto sería –a mi parecer– o imposible, o realmente aburrido. Piense usted, estimado lector, acaso cuando usted aún no había aprendido un lenguaje, hubiera sido capaz de concebir o darse cuenta de que usted está “triste” o “feliz”, o de que esto “le gusta” o “no le gusta”, o de que prefiere a los “socialistas” antes que a los “capitalistas”; supongo que no.

Entonces el lenguaje (y no solamente como acción, en el caso de la “comunicación”), es también la base del conocimiento. Y qué interesante todas las posibilidades que tenemos con el lenguaje, con los infinitos “juegos de lenguaje”. Todo lo que podemos hacer con ello: cantar, escribir, rimar, jugar, inventar, filosofar. No podría imaginar un mundo sin ello: sería terrible. El lenguaje es el umbral que existe entre nuestra esencia subjetiva y el mundo real. Una palabra o una frase pueden tomar millones de significados, y eso es lo genial del lenguaje, nada está completamente dicho nunca. Tampoco hay verdades objetivas ni científicas. Te invita a la eterna discusión y a la eterna conversación que es saludable para la filosofía y para conocer al mundo.

Pero, de qué serviría todo esto, sin las experiencias, sin la vida, sin las cosas extrañas o interesantes que a uno le pasan cada día del calendario. Hay experiencias buenas, unas no tan buenas, y algunas malas. Pero con ellas también aprendes e intentas conocer al mundo, comprender quién eres y en dónde estás viviendo. Hace poco leí un texto de Gregory Batenson, uno que se titula “Hacia una teoría de la esquizofrenia”. Es una especie de investigación o teoría que se basa en el análisis de las comunicaciones y que postula que una persona expuesta a una situación de “doble vínculo” permanente puede desarrollar síntomas esquizofrénicos.

No voy a profundizar acerca de la enfermedad de la esquizofrenia, sin embargo, me parece importante detenerme en el tema del “doble vínculo”. El doble vínculo, es una situación (que se ha repetido continuamente en la vida de una persona), en la que el individuo haga lo que haga no puede ganar. Sin dudas, para cualquier persona, pasar por esto sería una experiencia negativa. Pero una experiencia al fin. Una experiencia en la cual (a pesar de todas las dificultades), mediante lenguaje –aunque un lenguaje un poco retorcido, contradictorio– uno aprende a conocer el mundo, su mundo. Aunque te encuentres en encrucijadas, aunque te encuentres atrapado, sabes donde estas, sabes quién eres, aunque no sepas qué hacer. La persona que vive el doble vínculo, quizá vea las cosas diferente a como las vemos los demás, pero igual desarrolla su propio pensamiento, su propio conocimiento. Y puede ser capaz de complementarlo cuando conversa con otros.

Bien, dicho todo esto, usted, estimado lector, pensará quién rayos soy yo –la que escribe esto–, y de dónde rayos saqué todas estas palabras para decir, que probablemente para usted no tengan el más mínimo sentido. Y perfecto, porque nunca pretendí que lo tuvieran, tan sólo pretendía conversar con usted, intercambiar ideas mentales. Usted saque sus propias conclusiones. Nada de lo que he dicho es verdad ni falsedad. Solo he dicho cosas. Soy alguien que quiere y siempre ha querido conocer al mundo en su totalidad, aprender, conversar, compartir, soñar, pensar. Soy alguien que se queda observando los caracoles en la lluvia por largo rato para descubrir y entender sus movimientos, soy alguien que observa detenidamente a la gente, soy alguien que escucha los sonidos de su alrededor y sus sonidos internos. Soy alguien que no cree –y jamás creerá– en las verdades objetivas y absolutas, soy alguien a la que le gusta la filosofía y la conversación. Soy alguien que prefiere a los filósofos edificantes en vez de a los sistemáticos. Alguien que cree que la mejor manera de acceder al conocimiento y a conocer al mundo es mediante la filosofía (como conversación), la discusión de ideas (en una gran comunidad de mentes), mediante el lenguaje (y los juegos de lenguaje), y mediante las propias experiencias y el autoconocimiento.

Yo y Marlon Brando siempre quisimos conocer el mundo; Marlon se murió de fibrosis pulmonar hace nueve años, yo todavía tengo muchos años por delante –espero–.

DH





Carta a la filosofía

7 12 2009

Filosofía, ¿Qué es la filosofía?, ¿Qué causa la filosofía en el ser humano?, ¿Para qué sirve?, ¿Para qué no sirve?, ¿En realidad sirve? o sólo es una palabra inútil de nueve letras. Preguntas, preguntas y más preguntas que suelen hacerse las personas que están familiarizados con ella, los que no lo están, las que gustan de ella, y las que por razones subjetivas la odian. En este escrito he intentado fusionar y contrastar las ideas de seis importantes filósofos y filósofas: Simone de Beauvoir (El segundo sexo), Michel Serres (Los cinco sentidos), Richard Rorty (Trotsky y las orquídeas silvestres), Michéle Petit (Del espacio íntimo al espacio privado), Giovanni Pico della Mirándola (discurso sobre la dignidad del hombre) y Peter Sloderdijk (Normas para el parque humano); para poder responder estas preguntas. Y por supuesto, utilizando mis experiencias, mis ideas, lo que he aprendido con la filosofía y lo que pienso de ella.

Muchas personas creen que la filosofía es inútil y aburrida y que es absolutamente innecesaria para la vida y para las cosas trascendentales. Craso error. No se dan cuenta del maravilloso mundo que encierra y de todo lo que se puede conseguir con ella, de todo lo que se puede conocer con ella y todo lo que se puede hacer con ella. Si uno busca en cualquier diccionario la palabra filosofía, obtendrá el siguiente resultado: es el estudio de una variedad de problemas fundamentales acerca de cuestiones como la existencia, el conocimiento, la verdad, la moral, la belleza, la mente y el lenguaje. Tal vez esta definición resulte un poco estática y reservada para los intelectuales, aunque no deja de resultarme fascinante e interesante, porque la verdad la filosofía me parece exquisita, me encanta, y lo confieso, aunque mucha gente me critique por eso y me diga que esas son “cosas aburridas” y que si algún día, por desgracia, se ocurre enfilarme en las listas de una universidad para estudiar filosofía, resultaré una muerta de hambre. Últimamente solo me queda hacerme la de oídos sordos a las necedades de muchas personas.

Pero volviendo al tema, la verdad es que luego de leer a tantos importantes filósofos, como los que he mencionado líneas arriba, y algunos otros más (como los clásicos de la filosofía greco-romana), me he dado cuenta de que la filosofía es de todos y para todos, no es para uno cuantos, no es solo para los intelectuales ni para los políticos, ni sólo para la gente importante; en cambio, es para los hombres, para las mujeres, para los niños, para los jardineros, para los chef, para los profesores, para los gay, para los adolescentes, para los rockeros, para los coleccionistas de estampillas, para los fotógrafos, para los cobradores de combi, para los revolucionarios, para los pacifistas, para los hippies, para las amas de casa, es decir para todos los seres humanos del planeta. Para toda la humanidad, porque todo lo que implica y estudia la filosofía nos compete a todos los seres humanos, y por supuesto, nos involucra. La filosofía puede ser hablada y escrita por todo aquel ser humano que se interese por la humanidad y todo lo que ella conlleva, todo aquel que tenga un pensamiento que quiera compartir, por todo aquel que tenga muchas preguntas acerca de la vida y de la manera de vivirla, y esté dispuesto a responderlas, en realidad, por todo aquel que quiera hacerlo y se responsabilice por ello. Por todo aquel que quiera cambiar al mundo, por todo aquel que se aventure a navegar infinita e indeterminadamente por los rincones de su cerebro.

Los filósofos que he mencionado en la introducción a este texto, son muy distintos e iguales a la vez. Distintos géneros (hombres y mujeres), distintos tiempos, distintas interrogantes y preguntas respondidas, distintos temas. Pero tienen en común ese deseo de cuestionar, de analizar, de pensar, y de escribir sin pelos en la lengua lo que piensan; en pocas palabras tienen un tremendo deseo por cambiar el mundo, y, en algunos casos, por cambiar la manera como se ha visto a la filosofía durante años. A continuación, pasaré a analizar texto por texto y autor por autor.

Si leemos con detenimiento la obra de Simone de Beauvoir, El segundo sexo, nos podemos dar cuenta de que la filosofía sirve para protestar acerca de algo que consideramos injusto y subjetivo. Simone, a partir de un análisis hecho acerca del papel de la mujer en la sociedad, y acerca de la poca valoración que se había tenido hacia ella hasta esa época, a raíz de la meditación y análisis que hizo acerca de todos estos hechos y aptitudes que se tenía hacia la mujer; ella pudo escribir este grandioso ensayo a manera de protesta, para reivindicar a la mujer, para que se le reconozca como un ente real y autónomo, y no sólo como la alteridad del hombre: “Si el “conflicto de las mujeres” es tan estéril, es porque la arrogancia masculina lo ha convertido en una polémica, y cuando se discute no se razona bien. Lo que se ha tratado de probar incansablemente es que la mujer es superior, inferior o igual al hombre”. Sin dudas, es una protesta hacia la concepción que tenían los hombres y las propias mujeres acerca de la mujer. Con ello, Simone cambió la manera con la que el mundo veía a las mujeres. En pocas palabras, cambió una concepción que existía en el mundo, durante tantos años. Entonces, con la filosofía podemos protestar y cambiar al mundo para mejorarlo.

Michelle Serres, a pesar de ser un filósofo olvidado y poco reconocido, regala al mundo una filosofía sumamente sensible y sensorial. Regala al mundo una nueva manera de concebir a la filosofía y una nueva manera de conocer al mundo: a través de los sentidos. Le da suma importancia al cuerpo, a la piel, a las sensaciones, a las percepciones; como forma de conocer al mundo y también como fuente de conocimiento: “Por sí misma, la piel adquiere conciencia, tanto de la mucosa como ésta de sí misma. Sin repliegue, sin contacto de sí consigo misma, no habría verdaderamente sentido interno ni cuerpo propio, y menos cenestesia, no habría una verdadera imagen corporal, viviríamos sin conciencia; lisos, listos para desvanecernos.” Este es un ejemplo de que con la filosofía podemos cuestionar pensamientos y es más, filosofías ya existentes; para crear y postular nuevas ideas, una nueva filosofía, como en el caso de Serres, una filosofía sensorial, una filosofía del cuerpo. Una filosofía, que particularmente me encanta. La filosofía es creación, es planteamiento de nuevas hipótesis.

Michéle Petit, a partir de sus experiencias personales y de su vida en sí; hace una reflexión acerca del impacto en los cambios que uno pueda pasar a lo largo de su vida, y una atenta reflexión acerca de la importancia de la literatura y de los libros para conocer al mundo y percibirlo mejor: “Mis padres vivían con naturalidad entre escritores, poetas y pintores, de su época o de tiempos pasados, por curiosidad, por amor a la poesía y al humor. Por un deseo de comprender mejor su condición humana y el mundo.” Con ello comprobamos que la filosofía se puede construir a partir de experiencias personales. Y con ellas, se puede regalar al mundo, a las personas, un nuevo pensamiento, que si lo queremos tomar o no, nos puede servir para nuestras vidas vidas. A mí, me sirvió de mucho, me sentí sumamente identificada con ella, con lo que escribía en cada línea, con cada idea, con cada pensamiento. Al igual que ella me considero una fanática de la literatura, porque con ella, creo conocer mejor al mundo. En este texto descubrí que con la filosofía no solamente se pueden tratar asuntos complejos, sino que, se puede aplicar para asuntos cotidianos como tus propias experiencias, tu vida.

En Trotsky y las orquídeas silvestres, Richard Rorty, un filósofo sumamente criticado. También, como Petit, construye una filosofía a partir de sus experiencias personales, experiencias sumamente íntimas, como contar que a los doce años, descubrió que las orquídeas silvestres le producían una extraña y profunda fascinación, pero que no la encontraba compatible con sus otros intereses, como la lucha por la injusticia social, que le habían inculcado sus padres trotskistas y socialistas. A partir de ello Rorty se propone fundir en una sola imagen realidad y justicia. Para él, realidad es su gusto por las orquídeas, y, justicia, es la lucha por la liberación de los débiles de la opresión de los fuertes por la que luchaba Trotsky. Asimismo, Trotsky cuenta su experiencia con la filosofía, desde que decidió estudiarla, y cuenta que en realidad tomó esta decisión porque quería encontrar la verdad, y, por, supuesto, encontrar una amistad (o un punto en común, una reconciliación) entre su gusto por las orquídeas y Trostsky (entre la realidad y la justicia). A mi este texto me pareció fascinante, sumamente cuestionador, y sobre todo analítico. Con el nos podemos dar cuenta (y yo misma me di cuenta), de que la filosofía sirve para aclarar tus dudas mentales, para reconciliar tus pensamientos por más distintos que sean, para buscar la verdad, para preguntarse una y otra vez acerca de las cosas del mundo, acerca de la gente, y, cada vez, encontrar una respuesta diferente, pero sumamente válida. Filosofía es búsqueda de la verdad. Antes de pasar a hablar acerca del siguiente autor, me parece importante señalar un párrafo del texto de Rorty, que considero absolutamente interesante y, sobre todo, acertado: “Sin embargo, con todo ello no quiero decir que la filosofía sea socialmente inútil. Si no hubiera existido Platón a los cristianos les hubiera costado bastante más vendernos la idea de que lo que Dios quiere de nosotros en realidad es amor fraternal. Si no hubiera existido Kant, al siglo diecinueve le hubiera sido más difícil reconciliar la ética cristiana con las historia Darwinianana sobre la evolución del hombre. Si Darwin no hubiera existido habría sido más complicado apartar a los estadounidenses la idea de que eran el pueblo elegido de Dios y conseguir hacerles actuar por ellos mismos”. En este párrafo, rescato dos puntos importantes, el primero, el agudo análisis que hace el autor acerca de cómo ha influido el pensamiento de algunos importantes filósofos en la sociedad y qué alcances ha tenido, qué cosa se ha logrado con ellos. En el caso de Darwin, sirvió algo así como para “quitarle la venda de los ojos” a todo un pueblo, los estadounidenses. En pocas, palabras, la filosofía no es ningún sentido socialmente inútil, más bien es más útil de lo que creemos. El segundo punto, es algo más personal: que al leer esta frase, siento como música para mis oídos, lo que quiero escuchar, porque, en el fondo, yo creo que es así desde hace mucho. Al igual que Rorty, me considero absolutamente agnóstica (inclusive podría decir que soy atea). Y es genial, escuchar que alguien piensa como tú, sientes como que se transcribieran tus pensamientos a la cabeza de una persona que nunca en tu vida has visto. Esto es lo genial de la filosofía, que muchas veces puedes concordar tu pensamiento con el pensamiento de un filósofo, y, créanme, que se siente muy bien.

Giovanni Pico de la Mirándola, en su Discurso sobre la dignidad del hombre, nos habla acerca de la importancia de tomar en cuenta distintos pensamientos, opiniones y concepciones de distintas pensadores y filósofos. Y creo que en eso también radica la filosofía, en empaparse de conocimientos, de pensamientos, en evaluar y conocer distintas opiniones, distintas hipótesis, distintas posturas; en conocer distintas formas de concebir la vida de distintas personas. Yo creo que mientras más posturas distintas conozcas, y más pensamientos distintos de personas distintas, te vas a volver más analítico, más perceptivo, te vas a dar cuenta que no existen “verdades absolutas”, que en realidad nadie es completamente “dueño de la verdad”, de esta manera la filosofía no estará lejos de ti, al contrario, está mas cerca de lo que uno cree. Algo encomiable en este discurso, es la valentía del autor, quien a sus veinticuatro años, se enfrentó a un grupo de teólogos mayores, que realmente no lo aceptaban, que no lo tomaban en serio, tuvo que arriesgar su propio pellejo para decir al mundo sus ideas (que iban totalmente en contra de las ideas que se “debían tener” en esos tiempos”). Giovanni critica duramente a los filósofos existentes en esos tiempos: “Digo todo eso llevado de grandísimo dolor e indignación no contra los príncipes, sino contra los filósofos de nuestro tiempo. Contra los que piensan y proclaman que no vale la pena filosofar, por la simple razón de que para los filósofos no hay premios ni paga establecido.” Y es una lástima, porque hoy en día, en pleno siglo XXI, muchas personas siguen pensando igual, siguen metalizadas, eso me llena de suma indignación. Otro punto importante que es necesario señalar, y, que es a propósito de lo que señalé al comienzo de este texto (acerca de que la filosofía es para todos), eso lo reafirma el autor: “Hasta tal grado se ha difundido en la mente de todos la nefasta y monstruosa creencia de que no hay que filosofar, o sólo deben hacerlo unos pocos. ¡Cómo si explorar hasta las últimas causas de las cosas y familiarizarse con ellas, con las leyes de la naturaleza, el sentido del universo, los misterios de los cielos y de la tierra, no consistiera más que en conseguir algún favor o sacar algún lucro!”. Y es que, explorar, buscar la verdad, familiarizarse con el mundo, con el universo, ¿Cómo puede ser exclusivo para unos pocos, para algunos?, sigo manteniendo mi punto de vista, de que la filosofía es de todos y para todos. Y creo, que hasta este punto, he dado muchos argumentos para sustentar lo que pienso. Por último, Giovanni dice “La filosofía me ha enseñado a depender de mi conciencia más que de los juicios extraños”; esto es sumamente importante porque concuerdo absolutamente con él, la filosofía te hace ser autónomo, tener tus propias ideas bien marcadas que responden a la voz de tu conciencia, y no a lo que dicen los demás. Es saber de todo, y ser tolerante con ideas y pensamientos distintos a los tuyos, pero a partir de eso, tú mismo armar tu propio pensamiento. Y eso particularmente me ha enseñado a mí la filosofía, a analizar y crear mis propios pensamientos, a tomar posturas y decisiones en distintas situaciones escuchando la voz de mi juicio, desde lo más profundo de mis ideas.

Normas para el parque humano de Peter Sloterdijk es un texto relativamente reciente (fue publicado en el año 2000), en el que el autor hace un fuerte crítica al humanismo, y considera que lo hoy en día entendemos por humanismo, no puede ser llamado así, porque en realidad no tiene nada de humanismo. El autor sostiene que: “El tema latente del humanismo es, pues, la domesticación del hombre; su tesis latente una lectura amansadora”. Sloterdijk considera que lo que se ha querido lograr a lo largo de la historia, imponiendo leer a los clásicos, es amansar y controlar al hombre. Aunque discrepo completamente con él, en ese sentido, porque creo, que, en general, los libros y la literatura, lejos de amansarte, te abren las puertas del mundo y amplían tu visión acerca de las cosas del mundo. Sin embargo, lo importante que quiero rescatar de este texto, es que, el mismo, se hizo a manera de una carta en respuesta a un filósofo: Heidegger. Y esto es sumamente interesante, primero porque, al igual que Simone de Beauvoir, quien protesta acerca de una creencia o un pensamiento a través de la filosofía y critica duramente la manera con la que los hombres han concebido a las mujeres, Sloterdijk también lo hace: critica al humanismo. Reafirmo mi postura de que la filosofía sirve para, pasando por un análisis certero acerca de un pensamiento o idea, crear uno nuevo (como lo dice Pico), que muchas veces puede ser una crítica o protesta. Y esta crítica fomenta algo fundamental: el diálogo, el debate (esto se refleja en el texto que estoy analizando, en el que el autor lo escribe, para responder a la postura de otro autor, así también el otro autor podría responder a la crítica de Sloterdijk), el “ágora democrática” (algo que aprendí exitosamente llevando el curso en la universidad de temas de filosofía). El diálogo y el debate enriquecen al hombre, a la humanidad, hacen que avance, que mejore. Y la filosofía es totalmente propicia para ello, en ella, como postulé en líneas anteriores, no hay legítimas “verdades absolutas”, lo enriquecedor está en debatir ideas, en postular nuevas, en analizar las ya existentes para opinar y sacar conclusiones acerca de ellas y así encaminarse al entendimiento del mundo y de la humanidad. El debate siempre estará abierto. Y esto lo aprendí y lo tuve claro gracias a la filosofía, particularmente gracias al curso que llevé en la universidad “Temas de Filosofía”, en cual todas las clases discutíamos acerca de las lecturas que nos mandaban a leer, nos sentábamos en círculo y cada uno decía su punto de vista, o rebatía el punto de vista que había dicho otra persona, el profesor también decía sus puntos de vista. Era un diálogo sumamente enriquecedor. Una última idea que quiero señalar acerca de este texto, es la siguiente idea planteada por el autor: “El hecho de que la filosofía escrita haya podido siquiera mantenerse como un virus contagioso desde sus comienzos hasta más de 2.500 años hasta hoy, se lo debe al éxito de esa facilidad suya para hace amigos a través del texto. Así ha logrado que se la siga escribiendo de generación en generación como una de esas cartas en cadena y, a pesar de todos los errores de copia, o quizá precisamente por ellos, ha ido atrapando a copistas e intérpretes en su fascinante hechizo creador de amigos”. El autor parece no mirar con mucho entusiasmo este hecho, pero esta es una de las cosas más bonitas de la filosofía (que creo que tiene en común con la literatura), el hecho de que la filosofía se comparta, de muestre a los demás, se discuta. El hecho de compartir tus pensamientos, tus ideas, tus análisis a los demás. Eso me parece fundamental. Y a lo largo de este texto he hablado de importantes filósofos, importantes pensadores, que han compartido sus ideas, no sólo se las han guardado para ellos mismos. Y eso es también para mi la filosofía, compartir tus pensamientos con los demás.
Hasta aquí e intentado exponer de la mejor manera posible, y sin asumir que los lectores de este texto saben demasiado acerca de los textos y los filósofos que he mencionado; las ideas y pensamientos de los mismos, y explicar cómo es su filosofía. Para a partir de ello, decir qué es la filosofía para mí, qué es para todos y qué se puede lograr con ella. Mis ideas principales son: que la filosofía es de todos, que para mí la filosofía es y sirve para analizar, crear tus propios pensamientos e hipótesis, vivir de tu propia conciencia, querer cambiar el mundo, criticar pensamientos, diálogo, debate, retroalimentación, hablar desde tus propias experiencias, compartir.

Pero lejos de probar mis argumentos, y simplemente decir qué es la filosofía a mi criterio y para qué sirve. En realidad, este texto para mi, constituye una carta. Una carta para la filosofía, porque si ella fuera una persona, este texto estaría dedicado enteramente a ella, a manera de un homenaje, de una reivindicación. Creo que muy justa, porque lamentablemente, las personas de mi generación la han despreciado mucho y la han considerado “aburrida”, “innecesaria” y más cruel aún “estúpida”. Con este texto creo y espero que haya quedado demostrado que la filosofía es algo sumamente útil, es algo que nos pertenece a todos, es algo que podemos hacer todos, y es algo con lo que se pueden lograr infinitas cosas, no sólo progresos personales, sino, un cambio sustancial en la humanidad y en la manera de pensar de las personas. Y como final le digo a la filosofía: “Espérame, porque seguiré a tu lado, te estudiaré, te difundiré y te escribiré hasta que mis fuerzas y mi conciencia me lo permitan”.

Atte. Diana Hidalgo





Algo que escribí para filosofía…

18 11 2009

Este es un pequeño relato inspirado en: “¡Nunca iré a América Latina!” y “Del Pato Donald a Thomas Berhard” (ambos de Michéle Petit), “Los cinco sentidos” de Michel Serres; Muchona, el aberrojo de Victor Turner y, por último en “El segundo sexo” de Simone de Beauvoir; en el que busco contar mis experiencias con el mundo: en los sentidos, en mi pasión: leer y escribir y en mi vida como mujer.

El primer libro que mis pequeñas manos tocaron cuando tenía apenas unos seis años fue Ricitos de oro y los tres ositos, tal vez uno de los típicos libros infantiles que alguien puede leer. Debo confesar que lo que más me interesó de este libro eran los dibujos y la textura del libro (eran de esos libros acolchonaditos y en alto relieve), y a pesar de que yo sabía leer, abría una y otra vez el libro no precisamente para leer la historia (que me la sabía de memoria) sino para ver los dibujos y tocarlos. Sensorialmente ese libro fue trascendental en mi vida, pero intelectualmente e ideológicamente hablando, tal vez no mucho.

De pequeña siempre fui muy curiosa, disfrutaba de preguntar por qué y por qué y por qué, quería saber todo acerca del mundo y de la gente que me rodeaba (en ese momento todavía no había descubierto el poder de los libros, eso lo vine a descubrir un poco más adelante). Entonces llegó a mis ocho años El caballero Carmelo del gran Abraham Valdelomar, lo abrí y no pude dejar de leerlo hasta que llegué al final y estallé en llanto cuando el gallo Carmelo, el compañero de toda la familia, murió, no lo podía comprender, para mi era tan injusta su muerte. Este libro me marcó, si bien es cierto no me convenció de que la lectura era mi pasión, estoy segura de que este fue el comienzo.

Luego vino una etapa de receso como lectora, leía pero cosas intrascendentales para mi vida, leí a Jack London, Jonathan Swift, un poco de Julio Verne (en realidad lo odié y odié mas aún que en el colegio me obliguen a leerlo). En esta etapa estaba desencantada de la lectura, habré tenido unos doce o trece años, esta etapa fue extraña, hasta llegué a odiar el curso de lengua y a gustarme las matemáticas (algo ahora impensable para mí). Felizmente esta era tan solo una etapa de tránsito, metafóricamente la podría denominar como una zona liminal, como en la que se encontraba Muchona, el gran amigo de Turner. Yo no estaba ni fuera de la lectura, de los libros (después de leer el Caballero Carmelo, esto era prácticamente imposible), pero tampoco estaba completamente dentro, aún no estaba inmersa en este mundo: aún no había descubierto que leer era una de mis grandes pasiones.

Pero todo cambió cuando entré a tercero de secundaria, me comenzó a encantar la literatura, cada vez quería saber más y más acerca de los escritores, de su vida, leer sus libros. Esta etapa que abarca desde que estuve en tercero de secundaria en el colegio hasta que estuve en quinto la llamo: la etapa del cuasi total descubrimiento de mí misma (y digo cuasi porque reconozco que a los diecisiete años aún me queda largo camino por recorrer en esta gran villa a la que conocemos como vida) y etapa de descubrir al mundo.

Esta etapa es una de las más bonitas y provechosas que viví hasta ahora. Leí mucho, pero mucho: Oscar Wilde, Federico García Lorca, Iván Turgeniev, Camilo Cela, Fedor Dowstoieski, Alejandro Dumas, Edgar Allan Poe, Bécker, Arturo Pérez Reberte, Calderón de la barca, Cervantes, Bryce Echenique, Shakespeare, Dante Alligeri, Moliere, Goethe, Kafka, Joyce, Hemingway, Jean Paul Sartre, Tenesse Williams, Jean Genet, Nietszche, Vallejo, Neruda, Jose Carlos Mariátegui, Julio Ramón Rybeiro, Blanca Varela, Isabel Allende. Quedé encantada, la verdad no leí ni la mitad de lo que hubiera querido leer de todos estos escritores, me parecieron geniales. Leer me hacía sentir bien, me entretenía, me hacía sentir que tocaba el mundo.

En los comienzos de esta etapa uno de los libros que más me gusto e interesó fue El Capitán Alatriste de Arturo Pérez Reberte, era un libro muy aventurero, de rápida lectura, con mucha acción, espadas por aquí, espadas por allá; todos decían que era un libro “para hombres”, a la mayoría de mis amigas no les gustaba, a mi esas cosas siempre me parecieron tonterías, eso de esto es “para hombres” y esto “para mujeres”.

Desde pequeña veía que en mi familia también se hacían estas distinciones, que mis tías, mis abuelas, eran un poco abnegadas y hacían caso en todo a sus esposos. Cuando tuve conciencia de ello, nunca me pareció bien. Recuerdo que una vez leí el DNI de mi mamá y vi que firmaba como: Marita de Hidalgo, y yo le dije mami tu no eres de nadie, como puedes ser de alguien, porque ese de, de hidalgo, de tu esposo; le dije mami no me gusta y ella se rió. Yo siempre fui independiente, me enorgullecía de serlo, y más allá de eso, siempre me sentí orgullosa de ser mujer, nunca me sentí de menos. Y pensaba que cuando yo me case algún día nunca me pondría un “de juanito”o “de pepito”, siempre sería yo misma y buscaría un complemento en la otra persona. Cuando hace poco leí a Simone de Beauvoir sentí dos cosas: cierta pena por que algunas mujeres se han dejado pisotear a través de tantos años de la historia (creo que esto principalmente se da por las costumbres y tradiciones erróneas que se pasan de generación en generación, por eso es bueno cuestionar lo que te intentan enseñar y no simplemente aceptarlo porque “así se usa” o “así lo hizo tu abuela”, etc.) , y también alegría porque nunca estuve dentro de ese saco (y afortunadamente tampoco lo estaré nunca).

Volviendo al tema de los libros y de esta nueva etapa en mi vida, sin lugar a dudas todos esos libros leídos cambiaron mi forma de ver el mundo, de percibirlo, de sentir la vida, mi forma de ser; me sentía mucho mas perceptiva, más instruida, sentía que sabía muchas cosas del mundo, y lo mejor de todo era que quería saber más. En cuarto de secundaria mi profesora de Lenguaje estaba haciendo una clase de la literatura simbolista: entonces conocí a Rimbaud y Baudelaire (conocidos como los poetas malditos), ella comentó acerca de un libro de Rimbaud Una temporada en el infierno, dijo: un alumno del quinto de secundaria hace muchos años lo leyó y se volvió medio loco, se aisló de todos, se volvió extraño, chicos no lo lean.

Automáticamente salí a buscar ese libro (como era de esperarse en mi, por naturaleza soy demasiado curiosa y un “no hagas esto” para mi es una cordial invitación a descubrir algo nuevo e interesante). Entonces lo encontré, lo leí, y me cambió la vida. Era un libro tan oscuro, tan chocante y tan fascinante a la vez, sumamente expresivo; la cuestión es que con el reflexioné mucho acerca de la vida, de la muerte y sobre el ser humano. Luego empecé a leer poemas de Baudelaire (me encantaron).

Hasta este punto amaba la literatura, amaba los libros, me encantaba leerlos. Y sucedió algo trascendental en mi vida: conocí a Gabito (Gabriel García Márquez), mi escritor favorito de todos y de todos los tiempos. Primero con Crónica de una muerte anunciada, luego leí El amor en los tiempos del cólera, Doce cuentos peregrinos y Cien años de soledad. Me enamoré de García Márquez, me enamoré de la literatura definitivamente, aquí descubrí que era una de mis grandes pasiones. Tanto El amor en los tiempos del cólera como Cien años de soledad, me cambiaron la vida, viví cada momento de las historias, lloré, me reí, sonría, me asombraba, me sentía en Macondo, me sentía Fermina Daza, Aureliano Buendía ; el realismo mágico me atrapó por completo. Quedé fascinada, encantada, me sentía feliz.

Y luego mis más recientes hallazgos fueron: Rayuela de Júlio Cortázar y Así habló Zaratustra de Nietsche. Ambos sumamente interesantes. El primero fue una de las novelas más extrañas y creativas que he leído en mi vida, me encantó y me motivó a seguir escribiendo. El segundo me hizo sentir que no era la única loca en el mundo y que ser loca de repente no está tan mal, me reconfortó saber que hay alguien más que piensa como yo, y también hizo incrementar mi gusto e interés por la filosofía (anteriormente había leído a Kant y a Hegel).

Ya cuando entré a la universidad empecé a leer nuevos libros, nuevos autores: Gustavo Rodríguez, Rolando Arellano, Nelson Manrique, Emerson, Platón, Gorgias, Hobsbawm, Michéle Petit, entre otros (mencioné los que más me gustaron). Aprendí mucho, con ellos sabía más del mundo, de las personas.

Paralelo a la lectura, a lo largo de esta etapa de descubrimiento de mí misma y del mundo, comencé a escribir: escribía poemas, cuentos, e incluso comencé a escribir una novela, escribía cada vez que me daba ganas, era una distracción para mí, un escapar de la cotidianeidad de la vida. Escribir era una experiencia ultrasensorial para mí: primero porque siempre que quería escribir tenía que sentirme cómoda (me ponía pijama o alguna ropa de textura suave), tenía que observar que en mi cuarto todo esté en orden, que esté a media luz (así me inspiraba mucho mejor), mi espalda tenía que sentir una almohada blanda, reposarse en ella; y mi piel tenía que sentir el lapicero, la hoja de papel con esa textura tan particular; incluso a veces me era útil comer un chocolate (ese sabor me inspiraba para escribir). Luego, podía cerrar los ojos y todas las ideas se acumulaban en la cabeza y querían salir, pasar el conducto del cerebro, llegar al hombro, a los brazos, atravesar mis venas, llegar a mi mano, a mis dedos y mágicamente darle el impulso al lapicero que inerte esperaba el aviso de la luz, de la creación. Algo mágico.

De hecho, me encanta escribir, es otra de mis grandes pasiones, con ello expreso lo que yo creo que es el mundo. Y es aquí en donde quiero resaltar la importancia de los sentidos en la vida del ser humano. Porque uno escribe lo que percibe, lo que sabe, pero no sólo lo sabe porque lo lee sino porque lo ve, porque lo siente, porque lo prueba, porque lo escucha, porque lo huele. Uno lee lo que otro percibió del mundo a través de los sentidos, y de esa manera se hace una idea propia del mundo. Pero todo comienza con los sentidos, y es cierto que a veces los libros te hacen sentir, y esos son los mejores, los que te hacen ver claramente las imágenes, tocar lo que hay en la historia, oler cómo huelen los personajes, etc.

Leer un buen libro te hace percibir el mundo, pero la mejor manera de conocerlo es tocándolo con tus propias manos, así puedes comprobar lo que leíste y conectarte con ello de una manera más íntima. Por eso una forma de aprendizaje y de conocimiento ideal creo que sería combinando las ideas de Michéle Petit (sobre la importancia y el poder de los libros) y las ideas de Michel Serres (sobre la importancia de los sentidos y del cuerpo). Fusionando éstas dos ideas y viviéndolas se puede entender mejor al mundo y a las personas.

Luego de decir todo lo que he dicho hasta ahora es inevitable recordar que nunca fue fácil llevar mis dos grandes pasiones (la literatura y escribir) e incluso mi interés y gusto siempre presente por la filosofía y la política, la verdad sentía que muy pocas personas entendían esta parte de mí. Me sentía como Muchona: “Lo que lo apenaba era no poder comunicar ya más sus ideas a alguien que fuera capaz de entenderlas. El filósofo tenía que volver de nuevo al mundo que sólo podía aceptarlo como doctor-brujo”, a veces sentía que me miraban como un bicho raro porque me gustaba tanto la literatura, la filosofía, y todas esas cosas “serias” y “aburridas”; la gente se sorprendía y decían: “Tan chiquita lees a Rimbaud, a Baudelaire, a Nietzsche”.

Muchas veces sentí que no podía hablar con nadie de estos temas, me sentía sola, aburrida, muy pocas son las personas que encontré con las que me sentía cómoda discutiendo acerca de quien se ganó el novel o acerca de Zaratustra, acerca del comunismo, del socialismo, de Rayuela, de Macondo, etc. Y cuando las encontré me sentí como se sintió Muchona cuando encontró a Turner, cuando por fin se pudo mostrar como filósofo en todo su esplendor y no solo como doctor brujo, cuando por fin pudo sentir que lo entendían. Me sentí mejor, pero lamentablemente esto sucedía pocas veces, así que tenía que ser simplemente la “Diana común”, la Diana que va a fiestas y al cine, que le gusta bailar, que se ríe, la que respira. Y no podía ser la Diana que ama la literatura, que ama escribir, que le gusta la filosofía y la política. Son contadas con los dedos las personas que pudieron comprender esto.

Pero no me quejo, en realidad siempre me sentí muy bien, feliz, haciendo lo que me gusta, feliz de ser Diana, feliz de ser mujer, feliz de sentir al mundo, de que me guste la literatura, la filosofía, feliz de escribir, de tocar, de oler y probar todo; feliz de conocer al mundo cada vez más y más.

Para terminar, quisiera decir que a lo largo de mi vida (de mis diecisiete años y medio de vida) he aprendido a sentir al mundo, a conocerlo, a tratar de entender la psicología humana, los libros por supuesto fueron un gran instrumento para ello, pero fundamentalmente utilicé mis sentidos para hacerlo. Me reconozco como una apasionada de la literatura, por eso leo, leo mucho, pero también escribo. En unos años seré periodista, escribiré en diarios, haré crónicas, trataré de expresar la realidad con mis palabras; y algún día también publicaré mis libros y quisiera que al leerlos la gente se sienta bien, se entretenga, y sobre todo que con mis libros pueda encontrar una manera de conocer y percibir al mundo que los rodea. Leer es como sentir, pero sentir es mucho más que sólo leer.








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