Congo: donde el cuerpo de la mujer es un campo de batalla

24 04 2012

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Una niña de diez años es azotada hasta la muerte contra una pared de ladrillos. Antes había sido violada brutalmente a manos de un soldado combatiente de las FDRL, milicia ruandesa hutu denominada Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda. Los hutu son uno de los tres grupos étnicos que ocupa Ruanda –el mayoritario-, y Ruanda es un país muy pequeño de África Central que limita por el oeste con la República Democrática del Congo (RDC), también ubicada en África Central. Este hecho ocurrido el 27 de enero del 2009 es un claro ejemplo de lo que viene ocurriendo en el Congo hace varias décadas con total impunidad. Mujeres entre cinco meses y setenta años son violadas sistemáticamente. Cuarenta y ocho violaciones cada hora en promedio.

Por Diana Hidalgo

Feminicidio. El diccionario de la Real Academia Española (RAE) aún ignora el término. Sin embargo, es usado por millones de personas alrededor del mundo para denunciar y repudiar los maltratos y asesinatos en masa a mujeres en muchos lugares del planeta. Uno de los principales es el Congo, el segundo país más extenso del África. El país en donde ser mujer parece ser un castigo divino, un pecado o la peor suerte que uno puede correr –sin desearlo-, apenas nace. El término “feminicidio” es una adaptación de inglés “feminicide” y fue empleado por primera vez en 1976 en el tribunal internacional de Bruselas por la feminista sudafricana Diana Russell. Russell definía el término como: “el feminicidio se conforma en una suma de violencias aceptadas por una sociedad que ignora, silencia, invisibiliza y minusvalora las agresiones contra las mujeres”.

En el Congo las estadísticas son espeluznantes. Cuarenta y ocho mujeres y niñas son violadas en promedio cada hora (1152 en un día). Y, sólo en un período de doce meses –entre el 2006 y 2007-, 400.000 mujeres y niñas de 15 a 49 años fueron violadas. Las víctimas: mujeres entre cinco meses y setenta años. Estas cifras pertenecen al estudio titulado “Sexual violence against women in the Democratic Republic of the Congo: Population-based estimates and determinants”, publicado en mayo del 2011 en la revista científica American Journal of Public Health. Dicha investigación fue realizada por tres investigadores en salud pública: Amber Peterman, del International Food Policy Research Institute, Tia Palermo de la Stony Brook University, y Caryn Bredenkamp del Banco Mundial.

Un informe publicado el 22 de enero de este año por Human Rights Watch, una de las principales organizaciones internacionales independientes que desde hace 30 años se dedica a la defensa y la protección de los derechos humanos, afirma que la situación presentada en el estudio de mayo del 2001, no ha cambiado. Que se sigue registrando un gran número de violaciones cometidas tanto por miembros del ejército como por los grupos insurgentes que operan en el territorio congoleño. Pero, lo peor, señala este último informe, es la aparente impunidad para estos crímenes.

 

Congo no es un país

 

“Salvo por el nombre geográfico, África no existe”, decía decía Ryszard Kapucinski para plasmar la compleja realidad del continente. En el caso del Congo, es una realidad aún más compleja. Con más de cuatro millones de habitantes, es uno de los países más pobres del mundo y su escaso poderío militar –está rodeado de pequeños Estados con Ejércitos mucho más poderosos que el suyo-, contrasta peligrosamente con la riqueza de sus recursos naturales. Uno de los más polémicos es el Coltán. Mineral por el que el país se ha bañado en sangre para que el resto del mundo pueda tener los mejores celulares o los aparatos tecnológicos más modernos. Muchos hechos que han provocado que durante décadas se viva allí un clima de inestabilidad y violencia.

En el Congo se sigue viviendo una guerra civil que prácticamente comenzó en la Guerra Fría cuando Estados Unidos derrocó al presidente de turno –Patrice Lulumba-, y puso en su lugar a Laurent-Désiré Kabila. Kabila fue asesinado y tras su muerte se desató la guerra. En el 2005, Joseph Kabila (hijo del anterior presidente), asumió la presidencia del Gobierno junto a una supuesta pacificación del territorio. Sin embargo, lo que ha hecho es compartir el poder con algunos de los líderes de las facciones enfrentadas en la guerra civil.

Actualmente, en la RDC, operan entre siete y nueve facciones armadas que luchan por el control de las zonas, el poderío, y los recursos naturales. Las que más destacan: La FDRL (Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda), mayor responsable de las barbaries cometidas en el territorio; Ejército de Resistencia del Señor (LRA); Fuerzas Democráticas Aliadas/Ejército Nacional para la Liberación de Uganda (AFD/NALU); Movimiento de Liberación Independiente de los Aliados (MLIA); Alianza por un Congo Libre y Soberano (APCLS); Coalición de Resistencia Patriota Congoleña (PARECO); Fuerzas Republicanas Federalistas (FRF); Frente de Resistencia Patriótica de Ituri (FRPI) y Frente Popular por la Justicia en el Congo (FPJC). Además, el ejército nacional del país, Fuerzas Armadas de la República Democrática del Congo (FARDC), también se suma a la lista de atropellos contra los derechos humanos cometidos por estos grupos insurgentes (en marzo del 2009, violaron en grupo a 21 mujeres y niñas). Uno de los principales, la violación sexual sistemática y violencia hacia las mujeres.

Es decir, en el Congo se vive claramente una guerra asimétrica propiciada por un estado tremendamente fallido. Un Estado en el cual los grupos armados han superado y pisoteado la soberanía del gobierno. Un Estado sin garantías donde el Derecho Internacional ha fracasado y los derechos humanos son utopías inalcanzables.

 

Más que violaciones sexuales: una cruel arma de guerra

Justamente, estos grupos armados utilizan como una de sus armas de guerra por el poder a las mujeres. Tal como señala la ONG Anmistía internacional -organización que trabaja por el reconocimiento de los derechos humanos-: “Las violaciones a mujeres por los grupos armados es frecuente, ya que se utilizan las agresiones sexuales como táctica de guerra, para aterrorizar a la población civil. La RDC es actualmente el país con un mayor número de violaciones a mujeres a manos de grupos armados. En las guerras contemporáneas, como la de la RDC, alrededor del 95% de las víctimas mortales son civiles, lo que implica gravísimas violaciones de los tratados internacionales de Derecho Internacional Humanitario, entre los que destacan las Convenciones de Ginebra.”

Esta violencia hacia las mujeres no sólo incluye violaciones sexuales. Sino también maltrato psicológico y físico, mutilaciones, torturas, desfiguraciones, violaciones brutales en las que las víctimas mueren producto de las heridas, violaciones colectivas y escenas en donde los soldados obligan a un padre a violar a su hija, su madre o su hermana. La peor catástrofe que se ha vivido en el país para ojos de muchos defensores de los derechos humanos.

Con ello, los grupos armados ganan poder y se aseguran soberanía en el territorio a través del miedo, del silencio, la intimidación y las amenazas. Según estadísticas de la ONU, hasta la fecha se han desplazado 250,000 personas del territorio congoleño en busca de paz. Por su parte, el Gobierno del país acepta las cifras y reconoce la terrible situación de la mujer en su país. Sin embargo, protege a su ejército y la mayoría de estos crímenes han sido pasados con total impunidad en los tribunales de la RDC.

Quizá la mayoría de personas podría considerar a este conflicto como un enfrentamiento étnico –en parte lo es-. Pero, más allá de ello, es un conflicto que se convierte en económico y social porque involucra la lucha por la riqueza del país (sus recursos naturales), como se ha mencionado anteriormente. Una lucha por el poder y el control de un territorio y una sociedad sumamente golpeados por la violencia y el crimen.





El mapa como reflejo y esperanza de nuestro tiempo

9 03 2012

Doce artistas limeños se convierten en exploradores y voceros de territorios inexistentes. La cartografía, los sueños y  las observaciones se unen para presentar “Terra Incógnita”. Hay que creer en esos mapas.

El saber dónde estamos y a dónde vamos nos da poder. Sin los mapas el ser humano estaría perdido y lejano. Pero ¿Qué pasa cuando tienes el poder de modificarlos, de inventarte unos nuevos? La osadía de estos artistas limeños hace realidad, aunque sea por un momento, el sueño de otros mundos diferentes aunque sean utópicos.

Más allá habrá dragones, les dijeron a forma de atormentadora advertencia. A ellos poco les importó. Movidos quizá por querer controlar su destino o su ubicación espacio-temporal cruzaron la línea en búsqueda de algo, de “eso”. Ahí se dieron cuenta que ellos eran los dragonas.

“Terra incógnita” está compuesta de fotografía, video, pintura, dibujo, experimentos, poesía y recuerdos.  Todo ello bajo la premisa de que todo el mundo no ha logrado ser cartografiado. Un simulacro de la realidad que es producto de varias filtraciones en el territorio verdadero, como sostiene Patricia Villanueva, su curadora.

DOCE HISTORIAS

Es una sola historia coherente pero que es el resultado de doce historias distintas. Las doce miradas y nostalgias de Nancy La Rosa, Rodrigo La Hoz, Stefania Polo, Ana Teress Barboza, José Vera Matos, Eliana Otta, Kenji Nakama, Nicolás Lamas, Alberto Borea, Luisa Fernanda Lindo, Nicole Franchy y Maricel Delgado.

Caminos poblados por hormigas hambrientas; mapas donde en vez de ciudades o países hay grupos de cumbia, restaurantes, dedicatorias, prostíbulos y propagandas comerciales; lugares en donde las utopías son la verdad en medio de una mentira; panoramas formados por postales imposibles; objetos que se mueven en la playa como metáfora del lugar donde provenimos; mapas destrozados; planos arquitectónicos con historias personales; cartografías armadas de una manera distinta.

Movidos por la insatisfacción, la curiosidad y la nostalgia, ellos presentan una realidad que está fuera de aquello que percibimos como real. Un territorio que no existe, que está más allá de esos límites siempre impuestos, las obligaciones. Ahí exactamente, en la incógnita en la que se encuentran todos los dragones.

Centro Cultural de España (Natalio Sánchez 181-185, Santa Beatriz). Hasta el 16 de marzo.

DH





El cineasta que no cree en las críticas de cine

18 02 2012

Con 58 años y más de treinta dedicado al séptimo arte, Augusto Tamayo San Román confiesa hacer películas sólo para su disfrute, jamás leer ni creer en las críticas de cine y ser un cinemero y no un cinéfilo. De estudiante de arquitectura, pasó a estudiar literatura y, finalmente, cine en Londres en donde Bertolucci y Polanski llegaron a ser sus tutores. Admira profundamente a su padre y se considera un incansable hacedor. Reflexiona sobre Conacine, el cine peruano y sus nuevos proyectos.

*Por Diana Hidalgo

De su padre, el poeta Augusto Tamayo Vargas, conserva los más gratos recuerdos y dice haber recibido las mejores de las inspiraciones. “Fue un gran literato, extraordinario hombre y gran amigo”, dice con emotividad. Admira su inteligencia sin arrogancia y dice nunca haberse sentido preso de sus logros. “Encontré mi propio camino”, afirma.

Se considera un hacedor. No en vano ha realizado 7 películas, 35 documentales y más de 500 comerciales. Desde que a los 16 años, mientras estudiaba arquitectura, descubrió ese mundo estimulante, que posee mil aristas y que tanto respeta: el cine; buscó integrar todas sus aficiones y siempre hacer algo. “Respeto mucho a los que hacen cine. Se lo que significa. Le tengo un enorme respeto a los hacedores. Yo he querido hacer un hacedor y lo he hecho”. En algún momento, incluso, cuenta que se le ocurrió ser empresario y fabricar muebles.

“Hago cosas por vivir la experiencia espiritual y emocional”, dice. Por eso es que ha logrado integrar todas sus aficiones y así disfruta cada día construyendo lo que le motiva. “Yo hago cine por mi disfrute”, afirma con mucha seguridad. “El final de un día de rodaje es el final más agradable para mí”, dice.
Pero no sólo disfruta con hacer sino con ver. Pese a que no se considera un “cinéfilo” –termino que le resulta pretencioso intelectualmente- , se define como cinemero y le encanta ver cine pero que no sea minimalista. “Me gustan las películas que me comunican un concepto de algo”. Entre sus cineastas favoritos se encuentran Orson Wells, Bertolucci y Polanski. Con los dos últimos, tuvo la oportunidad de tener cercanía cuando estudió en Londres formación cinematográfica y fueron sus tutores.

Por lo mismo que hace cine para su disfrute, no cree en las críticas de cine, ni se da el tiempo de leerlas. “Creo que, en el fondo, a nadie le interesa la opinión del otro frente a este tipo de cosas. El arte no está para recibir estrellitas”. Le parece ridículo que en las carteleras de cine califican a las películas con esas figuritas amarillas. “Uno no puede hacer arte para los críticos ni para los festivales, solo lo que le nace” afirma muy seguro. Le parece que estas críticas muchas veces tienen aires de falsa intelectualidad y eso le molesta. “Lo verdadero no tiene un ápice de arrogancia o soberbia”, comenta.

Viene colaborando, dice, treinta años con el cine peruano y se siente muy satisfecho. Aunque reconoce algunas fallas del séptimo arte nacional actual y también del cine latinoamericano. Recalcando que sólo son sus humildes opiniones, dice: “El cine peruano se está yendo por el lado de ganar premios y eso, me parece, está equivocado”.

Piensa que, en los últimos tiempos los realizadores peruanos se han dedicado a hacer películas muy exigentes para el público. “Las películas para los festivales son generalmente densas, con profundidad existencia. El público no necesariamente quiere eso”. Por ello cree, que se debe hacer una revisión a estos asuntos si se quiere que el cine nacional tome un mejor posicionamiento y taquilla en todas las salas. Sobre el cine latinoamericano, cree, sucede una situación parecida: “Al cine latinoamericano le falta solidez y concepto”. Esa compulsión por el fundamentalismo estético, dice, no va con él ni le interesa.

Tras hablar incansablemente y con vehemencia, se anima a opinar acerca de la disolución de Conacine, hace unos meses. “Conacine era una institución muy buena, permitió que haya cine peruano. Era una asociación envidiable, estaba libre de cualquier consigna partidaria o burocrática del estado”. Lamenta su desaparición y cree, con seguridad, que nunca existió ningún tipo de argolla allí, como muchos han especulado.

Como el activo hacedor que se considera, Tamayo, por estos meses, comparte su tiempo entre leer teoría y análisis cinematográfico y planear sus nuevos proyectos. “Últimamente me inspira mucho la historia”. Por eso, comenta, tiene pensado hacer una película basada en personajes reales históricos o literarios. Ha pensado en el poeta peruano José María Eguren y Santa Rosa de Lima.

“La energía de vivir está dada por la búsqueda de lo que uno quiere, Eguren era un buscador”, dice. Eso lo ha inspirado para estas creaciones, al igual que el caso de Santa Rosa. Cree que ambos son unos buscadores –aunque de búsquedas etéreas-. Y le parece interesante que dichos personajes no consigan lo que están buscando pero que lo hayan intentado tanto.

Luego de casi dos horas de intensa charla, cuenta sobre su reciente afición por la metagenealogía y parece que encuentra una cómoda palabra con la que se siente definido: auténtico. “No hay por qué decir que tienes gustos refinados. Hay que ser auténtico frente al espejo. Yo soy auténtico con mi espíritu y así me siento bien”, comenta con tranquilidad.

(Entrevista realizada en noviembre del 2011)





Detrás de las respuestas del mudo

24 01 2012

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«En cada lector futuro, el escritor renace» JRR.

  [Las siguientes líneas corresponden a una curiosidad y deseo de conocer la vida detrás de  la obra o de lo que se conocía acerca de un autor. Porque muchas veces existen vidas ocultas, escritores que muestran una o mil caras pero que en la intimidad son otros, distintos. En el caso del escritor peruano, Julio Ramón Ribeyro, no hay tal vida oculta ni distinta pero si muchos aspectos interesantes y que no habían sido contados hasta la fecha: lugares a los que frecuentaba, sus manuscritos, quiénes eran sus amigos, de qué le gustaba hablar, cómo era su casa en Lima, cómo fue su estadía en París, entre otras cosas. En la presente investigación, a través de seis entrevistas –escogidas por su importancia-, realizadas entre los años 1971-1994, por periodistas y amigos que tuvieron cercanía con él en diferentes años, se pretende ahondar acerca de los detalles nunca contados de estas entrevistas y del autor. La premisa es que Ribeyro fue en su intimidad y en su obra y apariciones públicas, el mismo. Un hombre profundamente tímido, sencillo, que valoraba mucho la amistad y le gustaba estar en grupo, fumador empedernido y que tenía una preocupación por el Perú].

*Por Diana Hidalgo

 

En el año 1971, el periodista y escritor Abelardo Oquendo le hizo una encuesta a Ribeyro para publicarla en su libro “Narrativa peruana 1950-1970” (libro que contiene encuestas a 14 narradores peruanos). Además de esta encuesta, Oquendo compartía una amistad presencial y por carta con Julio Ramón. Desde comienzos de los años 70 comenzaron a intercambiar cartas por un período de alrededor de 10 años (correspondencia que se conserva íntegra en el fondo de literatura de la universidad de Princeton). Pero se conocieron exactamente en los años 50 mientras ambos hacían estudios en la Universidad de San Marcos. Amistad que llevó a Ribeyro a pedirle que presentara su libro en 1992 –el cuarto tomo de “La palabra del mudo”-, en la Municipalidad de Miraflores. El pasaje que se relatará a continuación ha sido de conocimiento, hasta la fecha, tan sólo por las personas que estuvieron dentro del recinto esa noche. 16 de junio de 1992.  Abelardo Oquendo llega de prisa a la Municipalidad para presentar el libro. Con las justas puede pasar porque desde hace horas se habían congregado cientos de personas que gritaban a vivas voces ¡Ribeyro es del pueblo y no de la Oligarquía! ¡Julio es del pueblo! A la hora indicada, Alberto Andrade (alcalde del distrito en ese momento), abre la ventana del balcón para que Ribeyro –que estaba profundamente nervioso- de unas palabras para la muchedumbre que lo esperaba afuera desde hace horas. Ribeyro dijo unas pocas palabras y cuando acabó la ceremonia, se abrió la puerta de la municipalidad y toda la gente que estaba afuera empezó a empujar la puerta para entrar. Clamaban por autógrafos. Julio Ramón –muy nervioso y algo desencajado-, corrió a esconderse en una oficina del recinto durante varias horas. Pidió por favor que lo encierren hasta que se calme la multitud y pueda salir sin que lo viera nadie. Ninguna persona que estaba afuera ni muchos de los que estaban dentro del lugar supieron, en ese momento, dónde se había metido el escritor. No por aires de divo ni sobrado, sino por timidez. Una profunda timidez con la que lidiaba cada día durante cada entrevista o aparición pública. Pero que no era pretexto ni impedimento para tener un grupo de buenos amigos con los que constantemente se reunía tanto en Lima como en París, ciudad en la que permaneció treinta años entre idas y venidas.

Sus amistades y su diario personal

Y es justamente en París donde se hizo de un buen grupo de amigos con los que compartía conversaciones y de su vida personal. Uno de esos buenos amigos es el escritor y periodista Alfredo Pita. Tras la entrevista que él  le hizo a Ribeyro en 1987 hay una historia de amistad, que indaga los pasajes de la estadía de Ribeyro en París y sobre la primera vez que dejó que lean sus memorias o diario personal.  Dicha entrevista fue publicada el 15 de noviembre  del mismo año en el suplemento “Cara y sello” de “El Nacional”. Las respuestas fueron grabadas y ocuparon tres páginas de la publicación. Tres de noviembre, marcaban las tres de la tarde y hacía mucho frío. Alfredo Pita se dirigía a la casa de Ribeyro cerca al metro Courcelles, en París. Estaría a punto de comenzar una intensa charla de dos horas y media en donde se hablaría de libros, literatura, hábitos, el Perú. «Era un pedido de un diario en el que colaboraba en Lima», dice Alfredo.  Pero Julio sólo acepto –casi siempre reacio a las entrevistas-, por la amistad que ellos tenían desde hace un tiempo. Amistad que comenzó a inicios de los años ochenta –en París- y que se afianzó con las llamadas “reuniones de los viernes”. La iniciativa para estos encuentros la tuvo Carlos Rodríguez Larraín tras notar que Julio se había quedado un poco solo luego de que sus amigos volvieran a Lima. Se iniciaron en 1985 y se prolongaron hasta que Ribeyro regresó al Perú (en 1992). El grupo lo formaban: Ina María Salazar, Fernando Carvallo, Jorge Bruce, Carlos Rodríguez Larraín, Alfredo Pita y Ribeyro. Esporádicamente –y en distintas épocas-, se sumaron a las tertulias de los viernes: el diplomático Marco Carreón, el escritor colombiano Santiago Gamboa, el escritor Guillermo Niño de Guzmán (amigo de Ribeyro de muchos años) y Carlos Ortega, funcionario de la Unesco. Las citas de estos viernes solían comenzar por las tardes y extenderse hasta las noches. Casi nunca se realizaban en el mismo lugar. El grupo solía desplazarse explorando París desde restaurantes conocidos hasta calles hermosas y mojadas por la lluvia. Caminando, buscando cafés, conociendo. Allí se hablaba del Perú, de política, de literatura (peruana, norteamericana, europea y asiática), de vino, de libros, de política internacional y de comida. Y esa fue la antesala para que Ribeyro, que ya se sentía cómodo con este grupo y los consideraba sus amigos, mostrara por primera vez su diario personal. Debido a su timidez, esa misma que lo impulsó a esconderse en una oficina de la Municipalidad de Miraflores,  Julio Ramón Ribeyro casi no concedía entrevistas y menos en televisión. De las tres que concedió, la primera de ellas, se la otorgó a Fernando Ampuero –periodista, escritor y amigo- en el año 1986. Trasmitida el 27 de abril del mismo año, la entrevista se llevó a cabo en el programa “1+1” del canal 9. Era una mañana acalorada de abril y todo el set de canal 9 se preparaba para recibir al escritor. Ribeyro se presentó con un pesado terno gris y desde que vio los reflectores del canal, tuvo miedo. Se preocupó mucho por el estupor. Hacía mucho calor y se sentía sofocado, sin embargo, los cuarenta minutos –incluidos cortes comerciales-, que duró la entrevista, Julio se mostró muy tranquilo. Hablaba fluidamente y dominando su miedo a las cámaras. Luchaba por olvidar el calor del terno. Se conocieron a mediados de los 70, pero su relación se hizo más cercana a fines de los 0chenta. Cuando se comenzaron a reunir de dos a tres veces por semana para almorzar o cenar. Por esos años, a Julio Ramón se le dio el antojo por visitar casinos, relata Ampuero. Asistían en grupo (con Ampuero y Guillermo Niño de Guzmán) a los casinos de Barranco o Miraflores.  Jugaban black jack o simplemente conversaban. Valoraba mucho esa amistad y le gustaba estar en grupo. Las salidas nocturnas también eran muy frecuentes. “A Julio le gustaban las mujeres bonitas”, afirma Ampuero. Su amistad se volvió muy cercana. El día que  Ribeyro se entera que ganó el premio Juan Rulfo –en 1994-, decide llamar a Ampuero para encontrarse, junto con otros amigos (entre los que estaban Guillermo Niño de Guzmán) en el bar de “La Rosa Náutica”. Lugar donde solían reunirse repetidamente. Junto a ese acontecimiento también le pidió que lo acompañe al bar “Donde el Negro” (Establecimiento del “Negro Flores” en Barranco al cual también acudía con frecuencia) para que un fotógrafo mexicano le tome las fotos respectivas para construir el busto de bronce que le hicieron para colocarlo en Lima, en la Avenida Pardo.  

Ribeyro y su preocupación por el Perú

Ribeyro tenía una familia pudiente. No muchas personas tienen conocimiento de ello, pero Julio Ramón era primo hermano de Enrique Ferreyros Ribeyro (dueño-fundador de la conocida compañía peruana de maquinaria pesada, “Ferreyros”). Sin embargo, Julio siempre estuvo distanciado de los negocios y los dinerales y más bien tenía una preocupación por los temas sociales e ideas inclusivas por las que muchas veces se le asoció a la izquierda política. El abogado Jose Luis Sardón, quien lo entrevistó en Lima, el 29 de abril de 1986 junto a Alfredo Bryce Echenique, Augusto Ortiz de Zevallos y Abelardo Sánchez León en el desaparecido “Suizo” de La Herradura, fue testigo de ello las veces que se reunió con él entre los años 1990 y 1994. Solía decir “Tienes que estudiar ciencias sociales para ser ensayista” y también se lamentaba de no haberlas estudiado él, afirma Sardón. Tenía una gran preocupación y angustia por el tema del terrorismo y decía que la política le preocupaba y le aterraba al mismo tiempo. “Tenía una fina sensibilidad por el Perú, le preocupaba mucho”, sostiene Sardón. Lo mismo confirma el periodista Javier Monroy Cervantes –quien lo entrevisto en el año 1992 para la revista “Oiga”-, en Lima.  Además de esa entrevista mantuvieron cierta cercanía de tertulias (en las que a veces se incluía Guillermo Niño de Guzmán y el editor Jaime Campodónico) durante el mismo año. Monroy señala que en las charlas que sostenían hablaron en múltiples ocasiones acerca del libro  “El desborde popular y la crisis del Estado” del antropólogo ayacuchano José Matos Mar (publicado en 1984). Julio decía que ese libro le había gustado mucho y que reflejaba una sensibilidad social que a muchos políticos y a muchos escritores les faltaba. Se preocupaba por las clases menos favorecidas y por los jóvenes. En esas conversaciones hablaba mucho acerca de los jóvenes de secundaria, las clases menos favorecidas y hasta de la cultura “chicha”. De los primeros, decía que poseían el germen de cambio de ideas en la sociedad, afirma Monroy.  

Los últimos años

En ese mismo año –en el 92- Ribeyro conoce a Jorge Coaguila. Un tiempo antes de morir Ribeyro dijo de él que era “su mejor crítico biógrafo”. Coaguila lo visitó muchas veces durante sus últimos años de vida. Julio Ramón le concedió seis entrevistas (durante los años 1992 y 1994)  que, posteriormente, fueron publicadas en libros de Coaguila. De su historia con Ribeyro existen aspectos curiosos que no han sido contados ni revelados con anterioridad. Se sigue develando su personalidad tímida: cuando Coaguila acudía a entrevistarlo o conversar sin grabadora, Julio Ramón se explayaba sin dudarlo. De lo contrario, era mucho más reservado e incluso parco. La personalidad librada de vanidad o vanagloria se aprecia en Ribeyro. Jamás se auto-aplaudía por sus labores o logros como escritor ni lisonjeaba su propia obra. Prueba de ello es que en el año 94, Ribeyro (en su casa de Barranco) no poseía ningún ejemplar de sus libros de “La palabra del mudo”. Le pidió a Coaguila que se los compre. “Criticaba mucho las poses”, afirma Coaguila. Asimismo, Julio Ramón le solicitó a Coaguila que le sacase fotocopias a sus cuentos para armar una recopilación de cuentos inéditos. Esa fue la segunda vez que accedió a que alguien pueda ver sus manuscritos. Eso demuestra que llegó a confiar en Coaguila quizá tanto como en sus otras amistades. Ribeyro, en sus últimos meses de vida, fumaba Malboro light, hablaba de Camilo José Cela y de Eric Fromm, de sus conversaciones con el pintor Piqueras, tenía unos ceniceros gigantes, muchas copas y botellas de vino y una pila de libros de Maupassant. Así lucía su casa durante los meses antes de su despedida terrenal en Lima –el 4 de diciembre de 1994-, para encontrase, seguramente, con sus geniecillos dominicales, con Luder o con el dichoso pisapapeles que alguna vez le robó Ridder. Siempre el mismo. El escritor tímido, fumador, preocupado por el Perú y con gran cariño y valor a la amistad. Como fue y como lo recuerdan estos entrevistadores que también fueron  sus amigos.

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El “bravo” que se volvió héroe

22 12 2011

Los litros de tinta que lleva adheridos a la piel ponen al descubierto su pasado: “MS 13, mara salvatrucha”, dice en su brazo derecho. Arriba lo acompañan más tatuajes y más arriba –en su rostro- las marcas no uniformes y en desorden que son la huella de los cortes y la sangre de antaño, de la lucha, del delito. Un diente de oro adorna su sonrisa, una sonrisa que ríe pero que trata de olvidar las pesadillas de esas muertes ejecutadas a mano propia y sin reflexión – 11 en total -. De ser el más bravo de los bravos del pandillaje, la delincuencia y el narcotráfico, pasó a ser un vendedor de helados estrella y, luego, a convertirse en un pacificador para pagar sus “pecados” y agradecer que aún sigue vivo.

*Por Diana Hidalgo

 

 

Comenzaban los años 90 y el terrorismo recrudecía en el país. Un muchacho de 23 años volvía al Perú para quedarse, pero quería cambiar. “Para ese momento había obtenido todo lo que había querido, me sentía como de 80”, afirma con vehemencia. Ya tenía hijos y nietos. Planeaba alejarse del delito y de la muerte para pagar sus culpas. “Estoy cansado, quiero ser otra persona. Ya no quiero vivir con el dedo en el gatillo”, decía con anhelo.  Elmo Molina quería ser otro hombre.

 

Hoy tiene cuarenta años y afirma creer en dios. A los nueve años salió de casa para no sentirse una carga. El niño Elmo –ese que aprendía a leer hojeando a Condorito y a sumar, jugando casino- , se metió al mundo oscuro de la calle en donde permaneció por muchos años. “Entre los 11 y los 16 ya manejaba ocho pandillas”, afirma. Mientras otros muchachos estaban terminando el colegio, viviendo la adolescencia de 16, Elmo viajó a la selva y se dejó seducir por las garras del narcotráfico. “Esa fue la etapa más dura y sangrienta de mi vida”, dice con los ojos en modo regresión hacia el pasado. Ahí fue la primera vez que mató.

En Lima era el “más bravo”, el más respetado y más temido de los barrios y las bandas. En menos de dos años logró formar 27 pandillas a lo largo de toda la ciudad. Recuerda con especial cariño a “Los Alcones”, pandilla que comandaba desde el Cercado de Lima y que logró extenderse hasta 54 asentamientos humanos. Comenzó como un grupo de baile hasta convertirse en una de las peores pandillas y más respetadas de la ciudad. Todos andaban de negro y se jactaban de su status de pandilleros. A Elmo le de mucha lástima, muchos de sus amigos murieron allí.

Ejecutaban asaltos en farmacias, grifos y tiendas. “Andaba armado, disparaba a diestra y siniestra”, dice con seguridad. Comenta haber manejado muchas armas pesadas y, en una ocasión desafortunada haberle disparado a su propio hermano en un momento de desesperación. Así fue alejándose de su familia, quienes tenían que mentir y que fingir que no lo conocían cada vez que la policía iba a buscarlo a su casa para detenerlo.

Ya había probado el poder pero quería más. Llegó hasta Brasil, Colombia, México y Honduras. En este último país se unió a la MS-13, mara salvatrucha. Inmortalizó en su piel el nombre del grupo que sería su familia para siempre y tuvo que disparar a quemarropa a  alguien en la calle para ser aceptado allí. En estos países pasó años llenos de violencia, desbande, lujo, sangre y drogas. Pasó por varias cárceles, mató, robó y también quisieron matarlo. “Gracias a dios estoy vivo”, dice con aires de cierta angustia. Los seis impactos de bala que tuvo en el cuerpo y el pedazo de plomo que aún vive en su espalda dan prueba de ello. “Me dejaron como coladera”, dice entre risas.

Un día caminaba por la calle y vio un hombre tirado en una banca a lo lejos. Estaba hecho un desecho humano por las drogas y la mala vida. Elmo rompió en llanto y salió corriendo. “Me vi reflejado en él, tuve mucho miedo”, comenta. Ello, sumado al amor incondicional de una mujer –la madre de uno de sus cuatro hijos-, lo incentivaron al cambio. “Soy un hombre que se salvó porque tomó la decisión correcta en el momento indicado”, dice contento. Así dejó atrás los días de “hay que matar para sobrevivir” a días de poder caminar tranquilo por las calles. Siendo un vendedor estrella de helados para sacar a adelante a sus hijos o intentando reintegrase a la sociedad y también a su familia.

Elmo andaba en busca de su redención. Le costó sudor y lágrimas y dos intentos de suicidio aventándose hacia el Río Rímac. Pero lo logró. “Ahora soy un pacificador. Trabajo en los barrios más difíciles de Lima para la reducción de los conflictos urbanos y la inclusión”, dice con orgullo. Va de colegio en colegio y de barrio en barrio hablándole “a los más bravos” para que no cometan los mismos errores que él, para que se alejen del mundo maldito del delito.

“Lo más difícil fue que la sociedad lo entienda. Tuve que trabajar mucho para eso”, afirma. Así llegó a trabajar en el Ministerio del Interior, el Ministerio de la Mujer y hasta en el Instituto de bienestar colombiano. Luchando por unas calles sin violencia y unos jóvenes limpios del robo y de la muerte. Sabe que una palabra, una ayuda o prestar atención a esos muchachos olvidados logra cambios significativos. “Los muchachos con los que trabajo ya están teniendo una visión como la mía”. Eso lo tranquiliza, lo enorgullece.

No se cree un héroe –ni quiere decirlo-, pero en el fondo sospecho que así lo siente. Quiere serlo no por vanidad ni vanagloria, sino por paz. Elmo trabaja -y lo quiere seguir haciendo-, por esa juventud perdida y olvidada. Ya sea conversando, o en talleres de carpintería o chocolatadas. Para que esas muertes le duelan cada día menos y para darles un buen ejemplo a sus hijos que para él  lo son todo.

 

 





De un extremo al otro el terror sigue siendo el mismo

16 10 2011

*Por Diana Hidalgo

Los hechos
El 14 de agosto de 1985 un comando del ejército formado por el capitán Helber Gálvez, el teniente coronel Carlos Medina, el mayor José Williams Zapata, el teniente Juan Rivera Rondón y el subteniente Telmo Hurtado, llevan a cabo el operativo Huancayoc en el poblado de Lloqllapampa ubicado en el distrito de Accomarca, Ayacucho. Este operativo tenía como objetivo desbaratar una supuesta “Compañía Accomarca” formada por miembros de Sendero Luminoso que operaría en la zona y que habría asesinado a varias autoridades y pobladores.

Eran las seis y media de la mañana cuando dos patrullas de la compañía Lince conformada por miembros del ejército y la infantería de Marina, irrumpen en la Quebrada de Huancayoc disparando a quemarropa, amedrentando a pobladores, violando y agrediendo a las mujeres, matando niños, ancianos; y, por último, incendiando el grupo de viviendas en las que arribaron luego de lanzar granadas. El saldo: 20 personas inocentes muertas, asesinadas.

Al otro lado del mundo, en otro continente y veinte años después, en la localidad de Hadiza, a 200 kilómetros del noroeste de Bagdad, 24 civiles iraquís, incluyendo mujeres y niños, fueron asesinados brutalmente por una tropa de soldados estadounidenses.

El 19 de noviembre de ese año, una bomba colocada por insurgentes de la zona, estalló en una carretera, asesinando a civiles y a un marine estadounidense: Miguel Terrazas, de 20 años. Luego de múltiples ataques a manos de estos grupos terroristas (incluyendo Al Qaeda) en esta zona donde habían muerto 60 marines y 24 policías iraquís, esta tropa de soldados decidió establecer acciones en represalia. Hicieron una redada en las viviendas del lugar y dispararon en forma indiscriminada a sus ocupantes. Ametrallaron a todos: hombres, mujeres, ancianos y niños. Veinticuatro vidas dejaron de existir ese fatídico día.

Terribles coincidencias
¿Qué tienen en común estos nefastos hechos? A simple vista podría parecer sumamente lejanos y no relacionables pero, los cierto es que en ellos hay más coincidencias de las que uno se podría imaginar. Varios patrones comunes observables y analizables.

Coincidencia 1 (Motivos por los cuales se ataca de esa manera: Peligro potencial en el lugar-Represalia): En primer lugar, se debe tomar en cuenta que ambos lugares, en ese momento, eran considerados por las fuerzas del orden como lugares peligrosos en donde se realizaba actividad terrorista y donde se escondían los revolucionarios del terror.

En el caso de Accomarca, existían las llamadas “Escuelas populares”. Centros de adoctrinamiento desde los cuales militantes senderistas pretendían dirigir la vida comunal e individual de los pobladores. Además de ello, en la misma zona y en lugares aledaños, operaba sendero Luminoso asesinando autoridades y civiles y amedrentando y amenazando a la gente constantemente.

Hadiza, por su parte, era conocida como “La capital de los asesinatos”. Al Qaeda y los insurgentes operaban asesinando y sembrando terror en todo el lugar. Otro de sus apelativos era “La ciudad de la muerte”, la gente vivía atemorizada. Y no sólo por los terroristas, sino por los miembros del ejército estadounidense que se habían asentado allí y que, en teoría, estaban ahí para defender y velar por la paz del lugar. Al igual que en Accomarca, los pobladores vivían atemorizados por los efectivos del ejército.
Lo que ocurrió en ambos casos es que, los miembros de los dos ejércitos en cuestión (el estadounidense y el peruano), deciden tomar esas acciones extremistas cuando se encuentran frustrados por no poder identificar con certeza o capturar a los terroristas. Tras una acción violenta por parte de los mismos (en el caso de Hadiza, la bomba estallada en la carretera que mató a un marine sumado a las otras múltiples acciones extremistas y; en el caso de Accomarca, la existencia de las escuelas populares y los múltiples asesinatos con carteles senderistas de “Así mueren los soplones que están contra el pueblo” o “Viva la guerra de guerrillas”, deciden combatir violencia con violencia y tomar acciones en represalia.

Ocurre algo así como una venganza mezclada con un fuerte sentimiento de frustración por no encontrar culpables de tanta violencia. Como no se les encuentra y no se les captura, ambos ejércitos tienen que justificar su existencia encontrando y eliminando supuestos culpables y así, sembrando una supuesta paz y evitando el terror. Por supuesto, que lo que hicieron fue sembrar más terror y más violencia. Digo supuestos culpables, porque en ambos casos, nadie comprobó que los que estaban en esas viviendas eran terroristas, todas eran puras suposiciones.

Coincidencia 2: (Las órdenes vienen de los altos mandos): En los dos casos, las órdenes de hacer ese tipo operaciones vinieron de los altos mandos -aunque esto se quiera negar, como en el caso de Telmo Hurtado en Accomarca, quien prefiere auto incriminarse y decir “Como le dije, yo he tomado la determinación de eliminarlos. Mi determinación”, como lo expresa en el interrogatorio que se le hizo luego de los hechos, pero la verdad es que él recibía órdenes-. En Hadiza esto se hace evidente cuando el teniente Ramírez, luego de cometer la matanza durante la redada, se arrepiente de seguir esas órdenes y de que le “hayan hecho” hacer eso. Reconoce que gracias a ello su vida no va a ser la misma, tiene pesadillas. Está afectado psicológicamente.

Es interesante porque en este punto, se puede establecer que, en ambos casos, la culpabilidad de los hechos la tiene el que da las órdenes pero también, por supuesto, el que las ejecuta. Un soldado al que se le manda matar a gente que no ha hay pruebas para considerársele culpable de algo en forma indiscriminada, podría negarse. Estaría en juego su trabajo, quizá su carrera. Pero se está hablando de asesinatos, de vidas desaparecidas y esfumadas injustamente. Podría, en todo caso, no hacerlo. Pero claro, hay que tomar en cuenta en estos casos la psicología humana.

Hace algunas décadas (exactamente en 1963), el reconocido psicólogo Stanly Milgram realizó un experimento sobre obediencia a la autoridad que tenía como objetivo medir la disposición del ser humano para obedecer las órdenes de una autoridad aún cuando éstas podrían estar en conflicto con su conciencia personal. Milgram resume su experimento en un artículo que publica en 1974:

“Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio” (Stanley Milgram. The Perils of Obedience. 1974)

Dicho experimento concluyó en que el 62% de los participantes obedeció plenamente a las órdenes del experimentador (que representaba la autoridad). Ello justifica -o puede explicar en parte-, por qué ambos ejércitos actuaron de esa manera y no les importó en ese momento, llevarse a cuestas la carga emocional de haber manchado sus manos con sangre de asesinatos. Obedeciendo plenamente a la autoridad.

Coincidencia 3 (“Hay que eliminar a todos, no se puede confiar en nadie” /Procedimiento estándar-modus operandi): En el modus operandi en estas acciones, ambos casos, está presente la idea de que “No se puede confiar en nadie”, que todos (incluidos ancianos, mujeres y niños) pueden cargar bombas o podrían ser terroristas en potencia, por lo tanto, habría que eliminarlos. En los dos hechos existe algo así como un “procedimiento estándar” en estas violentas redadas: Interrogatorios con violencia, golpes y exterminio definitivo.

En Hadiza, se observa cómo los soldados comentan “Yo vi una mujer sacar una ametralladora de debajo de sus faldas y empezar a disparar” o “Estamos en un entorno hostil, absolutamente todos: hombres, mujeres y niños son enemigos”. O durante los entrenamientos, repetir frases como “Son unas putas máquinas, compórtense como tales”, “Entrenamos para matar, matar, matar” o “Es una fábrica de bombas de insurgentes, acuérdense de los 50 marines que murieron por las bombas. Listos a matarlos a todos”. Estos eran los discursos que andaban en las mentes de los soldados estadounidenses y los cuales se repetían constantemente.

Es un discurso similar el que expresó el subteniente Telmo Hurtado en el interrogatorio posterior a los hechos ocurridos en Accomarca: “…logrando capturar salieron bastantes heridos, más que todo porque, como usted sabrá, nosotros somos patrulla de combate, no son patrulla de reconocimiento. Uno no puede confiar de una mujer, un anciano o un niño en estos momentos que estamos viviendo, especialmente lo que nosotros vivimos allá”, “No lo he leído en ningún manual, más que todo los niños han caído en la acción misma de la operación que hemos realizado ahí, usted no ve si es mujer, niño, anciano el que corre”, “Como lo vuelvo a repetir, uno no puede medir que ese niño es un elemento peligroso para uno, o no. No sabe, puede tener una carga de dinamita, un armamento guardado. No se sabe. Como le digo, ellos utilizan cualquier medio para tratar de ocasionar bajas, inclusive cuando hubo la emboscada del año pasado al Teniente Iturraga, no fue gente masculina la que en realidad hicieron la emboscada, sino fueron mujeres y niños. Pero eso no es de conocimiento de ustedes, eso tenemos que vivirlo nosotros cuando caen nuestros camaradas, caen nuestros soldados, cuando lo emboscan a uno…”. Este discurso, sumado a la idea de que cualquier poblador que se asoma a la zona debía ser considerado como terrorista y, por tanto, se le debería exterminar, hizo posible las 20 muertes de personas inocentes.

En ambos casos, se observa que estos discursos, provocaron la manera de operar de los dos ejércitos en cuestión. Se escudaron en eso para matar personas a quemarropa y sin importar si eran culpables o no.
Además, el tema de que “se ciñeron al modus operandi previsto”, para el caso de Accomarca, se evidencia en la Sala Suprema Penal, cuando luego de la sentencia absolutoria en octubre de 1987 en la que todos los acusados son absueltos de homicidio calificado y Hurtado es condenado sólo a dos años de prisión por “abuso de autoridad”, se admitió que “los acusados cumplieron con sus obligaciones militares y se ciñeron al modus operandi previsto para el ingreso a poblaciones, interrogatorios sumarísimos y captura de presuntos elementos terroristas”.

Luego de “estas acciones tan valerosas” para los ojos de los altos mandos, ambas tropas de soldados fueron felicitadas y condecoradas por su valentía en estas acciones. El hecho de que después de les haya juzgado es algún tiempo después. Antes hay que considerar que primero vinieron las felicitaciones. En Hadiza se felicitó y condecoró a varios marines. Claro que hay que tener en cuenta, en este punto, que, en ambos casos, no se supo la magnitud de los asesinatos hasta un tiempo después de que se destaparon los hechos gracias a algunos testigos que habían estado en ambos ataques.

En el caso Accomarca, cuando el tema estaba en discusión y ya se sabía lo ocurrido, algunos generales y el presidente de turno (Alan García) opinaban de esta manera, defendiendo a Hurtado y librándolo de la condena por asesinatos múltiples: “Telmo Hurtado se jugó la vida en defensa de la sociedad peruana” (Gral. Cisneros Vizquerra), “El subteniente Hurtado es un luchador por la democracia” (Gral. Flores Torres), “Defenderé a las Fuerzas Armadas contra la demagogia de los traficantes de cadáveres” (Alan García).





“Vivimos con humor. Sin sentido del humor no hubiésemos sobrevivido”

16 10 2011


El multifacético, multicarismático y desenfadado Carlos Carlín, ha pasado gran parte de su vida haciendo reír al público. Desde una extraña versión en humor negro de “Metamorfosis” de Kafka; pasando por “Tony”, el entrañable y odiosamente divertido personaje de la desaparecida serie Pataclaun, hasta “La perricholi”, personaje que hizo en la obra de teatro “Perú Ja,Ja”; Carlín ha sabido arrancarle más de una carcajada a la gente que lo ha visto y gozado. El humor, la risa, la chacota y la “chapa”, como dice, son elementos fundamentales en la idiosincrasia de los peruanos, pero también son parte importante de él y de su carrera actoral.

*Por Diana Hidalgo

Al peruano le gusta reírse, vacilarse, dice Carlín. Por eso, cuando en los años ochenta apareció el recordado programa humorístico “Risas y Salsa”, transmitido por panamericana televisión, se volvió un boom televisivo y llegó a alcanzar hasta sesenta puntos de rating, cifra envidiable y a la vez utópica en las antenas de la televisión peruana. Allí aparecían Adolfo Chuiman, Camucha Negrete, Guillermo Rosinni, “Felpudini”, en los hilarantes sketchs que casi siempre tenían como cortina musical la salsa “Qué cosa tan linda” de Óscar se León”. Un rotundo éxito.

“Por eso, se creía que el humor peruano por excelencia era el de “Risas y salsa”, pero cuando apareció “Pataclaun”, cambió un poco la cosa”, dice Carlín. Confiesa que antes de que arranque el programa, transmitido por frecuencia latina, les decían que no iba a funcionar porque no se parecía a lo que se hacía en “Risas y salsa”. Pero cuando apareció –en 1997- , la gente se enganchó, dice con una sonrisa en el rostro.

Junto con Wendy Ramos (quien hacía de “Wendy”), Carlos Alcántara (quien hacía de Machin), Johanna San Miguel (quien hacía de Queca) y Gonzalo Torres (quien hacía del padresito Gonzalete), Carlín interpreta el personaje del fracasado, vanidoso y pedante seductor que es tan perdedor que su verdadero nombre es “Eusebio Lechuga”. El programa duró dos años y fue una rotunda conquista televisiva.

“Las “chapas” eran una condición imprescindible del programa, teníamos que ponernos chapas”, dice Carlín. Cuenta que el éxito y lo gracioso de Pataclaun no era tanto las narices rojas, sino el humor interno entre los personajes –que tenían mucha química-, las chapas que se ponían entre ellos y el hecho de identificarse con esos personajes. “Te identificas y por tanto te ríes”, afirma.

Con cada uno se ponían chapas diferentes jugando con la forma del cuerpo, la manera de hablar, las características físicas, dice. Además, Carlín considera que el programa hizo reír mucho y, de alguna manera, cambió un poco la manera de concebir el humor peruano, en la medida de que los personajes que ahí aparecían eran absolutamente identificables con personas comunes, sólo que con una caracterización llevada al extremo: la que se cree pituca y regia, la madre de familia abnegada, el marido vago, el matrimonio misio.

“La gente se empezó a dar cuenta un poco de que el humor no era sólo “Risas y salsa”, dice. La “chapa”, la burla del otro y la chacota eran parte fundamental de Pataclaun y ayudaron a su éxito, afirma, porque son elementos que están muy presentes en la cultura del peruano, en la calle. “El chato, chino, gordo, cholo”, son apodos con carga de humor que están muy ligados a nuestra cultura.

“Yo creo que el humor no tiene que ser chabacano o vulgar para divertir. Lo importante es que sea freso, verdadero. El público peruano no es idiota”, afirma con seguridad. Eso es lo que ha intentado reflejar en las múltiples obras de teatro en las que actuado y las que ha escrito como, por ejemplo, “Perú Jajá” (en el 2006), en donde hizo de la “Perricholi”, siendo ese personaje, a su juicio, uno de los más graciosos que ha interpretado. “Basura, porquería, porquería basura”, dice riendo y con esa voz tan particular como lo hacía en la obra.

“El humor está unido a nuestra idiosincrasia. Vivimos humor, sin sentido del humor no hubiésemos sobrevivido. La historia te lo dice. Recordamos las sátiras políticas de antaño o las revistas “El otorongo” o “Monos y monadas”, con caricaturas de la época”, dice con seguridad. Cuenta que este humor no necesariamente tiene que estar ligado, como sucede ahora, a la sobreexposición del cuerpo de mujeres voluptuosas.

Carlín desde muy chico se dio cuenta que quería ser actor y que lo suyo era el humor, hacer reír a la gente. “Yo quería ser actor. En el Ipp, donde estudiaba, siempre hacía reír a toda la gente con la que paraba. No lo tuve que pensar mucho, el humor era lo mío”, cuenta. Recuerda con cariño uno de los primeros personajes que interpretó sobre las tablas “El abogado Pantaleón” de una comedia anónima del siglo quince. Le robó demasiadas risas al público.

También recuerda con especial atención cuando actuó en la versión de “Metamorfosis” de Kafka dirigida por Roberto Ángeles en 1992. Pero no hacía de Gregorio Samsa –personaje principal de la obra- , hacía del hermano. “Eso era casi surrealista, era teatro del absurdo, humor negro llevado al extremo”, me encantó.
Considera que “Tres patines” es uno de los mejores comediantes de todos los tiempos y que ha hecho reír a muchísimos peruanos; y admira a los cómicos ambulantes. “Son excelentes cómicos, le pueden enseñar a cualquier comediante cómo hacer reír”, dice. Cree que tienen esa chispa de la calle que tanto pega en los peruanos y que saben exactamente esa fórmula de contar chistes que nunca falla y que siempre divierte a todos.

Actualmente Carlín conduce el programa nocturno “La noche es mía” y por la tarde, un programa radial en Radio Capital. En ambos, dice, está muy presente el humor y la ironía aunque a veces tenga que ponerse serio de acuerdo a la coyuntura. “Yo ya de por si soy comediante pero ya no tengo que estar saltimbanqueando desde las 11 de la noche”, dice riendo, me tengo que poner un poco serio. Le muestro una foto de cuando hacía de “Tony” en Pataclaun y estalla de risa diciendo “que pavo que era”.





La novia de la música

24 09 2011

En su casa se respira música. En su habitación flotan armoniosamente las partituras, panderetas, el cello y las guitarras y, en su voz, se inhala ternura y dedicación. Inició su carrera musical hace 18 años en una audición de coro. Ha formado parte de las bandas Sándalo y Lunazul y colaborado con reconocidos grupos como Frágil y Líbido, luego decidió trabajar como solista y musicalizando obras de teatro. Se confiesa tímida en los escenarios, amante de la música clásica, no quiere casarse con nadie más que con la música y la fama nunca le ha interesado. Actualmente dirige dos coros y su dulce y melodiosa voz ha sido plasmada en dos discos propios “Básica” (2007) y “Voy” (2011).

*Por Diana Hidalgo

Magaly Luque creció rodeada de las canciones, los timbales y las óperas. La melomanía de sus padres contribuyó sin proponérselo a su amor y pasión por la música. Esa palabra que es y conlleva tantas cosas y que, para ella, es cartarsis, intimidad y su manera de decir las cosas que a veces no puede decir.

-En mi casa la música siempre estaba presente, a mis padres les gusta mucho. Escuchaban zarzuelas, música cubana, “Los morochucos”, “Fiesta criolla”. Todo el día cantaban y me llevaban a la ópera. No sé si es exactamente por eso que yo decidí que quería dedicarme a esto toda mi vida. En un comienzo yo quería estudiar diseño gráfico pero era muy caro y éramos cuatro hermanas. Entonces, llegué al coro un poco de casualidad y ahí dije: aquí es donde quiero estar, la música es mi lugar.

- Nunca me he conectado mucho con la música que estaba de moda, desde chica me gustaba mucho “Queen” por su estilo vanguardista y su relación con la música lírica, también los “Beach boys” y “Beatles”. Pero siempre me ha gustado mucho más la música clásica, Bach y Beethoven son mis ídolos. Inspiran y han inspirado mi música.

-No soy de las personas que dicen “yo hago una canción en 40 minutos”. A mí me gusta tomarme mi tiempo y hacerlo realmente bien. A veces una buena película o un buen libro me inspiran para comenzar a hacer mis letras. Me gusta mucho leer a Alejandra Pizarnick y Margarite Yourcenar. Alguna vez musicalicé algunos poemas de Pizarnick, pero como una cosa personal.

Sus experiencias en grupos musicales y colaboraciones han sido gratificantes e importantes para su carrera pero reconoce que prefiere trabajar sola, escribir sus letras y manejar sus tiempos.

-En “Sándalo” todas éramos amigas, todas escribíamos las canciones. Era un proyecto bien experimental, ninguna tenía mucha experiencia, estábamos aprendiendo juntas. Cinco chicas que tocaban canciones un poco fresas (risas). Yo era la bajista y también hacía coros. Nos divertimos mucho en esos tres años, le tenía mucho cariño a la banda. Alguna vez “La sarita” cuando recién estaba comenzando me llamó para formar parte de su grupo pero no lo hice por “Sándalo”. Nos fue bien pero tuvimos la mala suerte de que nos tocara un muy mal productor.

-“Lunazul” lo formé con mis compañeros del conservatorio, éramos un montón de gente, ocho en total. Definitivamente era un grupo más consolidado musicalmente. Ahí yo escribía todas las canciones, cantaba y tocaba el bajo. Fueron cuatro años muy bonitos y de hecho, algunos de los miembros del grupo siguen tocando conmigo en mis presentaciones como solista, los valoro mucho.

-Disfruté mucho colaborando con “Frágil”, fue una experiencia mostra, ellos son muy sencillos. Con Pelo (Madueño) también fue una experiencia muy interesante, me gustó mucho. Con “Líbido” creo que no tuvimos tanta conexión pero igual salió bien. Con “Daniel F” también todo muy bien, incluso ahora estoy en un proyecto con él que está mostro y que saldrá pronto.

-Creo que la dinámica musical en grupo y como solista es más o menos parecida pero me gusta más trabajar como solista. Prefiero yo sola llevar el control de mis canciones, mis acordes. Funciono mejor como solista.

Su versatilidad como compositora y cantante la ha llevado a musicalizar hermosas piezas de teatro, hacer una intensa canción para una película sobre terrorismo e, incluso, ponerle voz a un puercoespín y un “perro calato”, en obras para niños. Toda una caja de sorpresas.

-Cuando me propusieron hacer música para teatro me asustó un poco porque nunca lo había hecho. La primera experiencia en esto fue en el 2001, para una obra que escribió Jaime Nieto que se llamaba “Tinieblas”, era un poco sórdida y con una historia rarísima (risas), pero me gustó hacerlo. Luego musicalicé una obra de danza con Morella Petrozzi y luego obras dirigidas por Jorge Villanueva como “Momo”, “El sueño de la palomas”, “El profeta del silencio”, “Cascanueces”. Me ha gustado tanto este tipo de composiciones que ahora tengo planeado sacar un disco con una recopilación de todas mis piezas para teatro, no quiero que se pierdan en el tiempo. Es algo en lo que estoy trabajando y de todas maneras quiero que se concrete.

-Con Bruno Ortiz hice una canción para la película sobre terrorismo “Rehenes”, la canción se llama “Amén” y está en mi último disco, una experiencia interesante. Hacer las obras para niños me ha gustado mucho, ese proyecto lo hago con dos de mis amigas de “Sándalo” hago la voz de un gracioso puercoespín y hasta un perro calato, imagínate (risas), es muy divertido.

Para Magaly su compromiso con la música es muy importante pero la fama nunca la ha nublado ni le ha interesado. Su sencillez, algo de timidez y perseverancia la caracterizan y sus proyectos los hace con calma pero con mucho empeño.

-No me considero un rayito de sol en escena, la verdad soy bastante más tímida de lo que parece. El público me pone media nerviosa, me pongo heladísima y a veces no puedo tocar. Me tengo que tomar una anisado antes de empezar (risas). Al final es todo muy bonito, la música es mi pasión, mi estilo de vida y creo que la voz humana es el instrumento musical por excelencia.

-Ahora estoy dirigiendo dos coros, me apasiona hacerlo y sobre todo, cuando percibo el compromiso de mis alumnos. Tengo varios proyectos y estoy muy comprometida en ellos, pienso que cuando uno se compromete en algo lo debe hacer con pelos y todo. No soy de las mujeres que quiere casarse y tener hijos. La verdad tengo una relación muy bonita desde hace diez años pero no me quiero casar, no es lo mío (risas). La mayor parte de mi tiempo se lo dedico a la música. Tengo la idea de sacar un disco cada año.





Una vida de arte

24 09 2011

Bordea los 70 años y lleva a cuestas toda una vida comprometida con el arte. Chiarella es compositor, actor y director. Está convencido de que uno en la vida tiene que hacer lo que le gusta para ser feliz. Se graduó de abogado, ejerció el periodismo y la publicidad y hasta hizo taxi en los años más difíciles para poder vivir de su pasión. Almorzó con Fidel Castro, entrevistó a Benedetti en un avión y tiene pánico de olvidarse de los guiones de teatro. Un artista inolvidable.

*Por Diana Hidalgo

Jorge Chiarella tenía cuatro años cuando cogió su primera armónica. Un juguete colorido y de plástico que le regaló su madre y que le permitió hacer sus primeros sonidos musicales y enamorarse de la música. “En el fondo, quería ser músico”, sostiene con seguridad. A los 16 años entró al Conservatorio gracias a su perseverancia, luego recibió dos meses de clases particulares. Todo ello, como dice, lo ayudó a manejar su creatividad.

Paralelamente a ello entró al teatro de la PUCP. Estaba en la facultad de letras y humanidades estudiando derecho. “Yo sabía que lo mío iba por el lado del arte y las humanidades”. Recuerda con cariño y agradecimiento cómo su maestro Ricardo Blume les enseñaba todo y los apoyaba. “Éramos muchos jóvenes artistas entre los que estaba Gustavo Bueno”. Sobre la base este taller de teatro se fundó oficialmente el TUC.

La primera obra que montaron fue “La Tinaja” de Luiggi Pirandello. Obra que unos años después, cuando Jorge tenía 18 dirigió en el colegio Matter Purissima “No podía creer que me hayan contratado como director siendo tan joven”. Para ese entonces, ya tenía algunos logros artísticos como ser el compositor oficial de los montajes de la TUC y haber quedado en cuarto lugar en un concurso de armónica en toda América del sur. Hasta ese entonces, seguramente ni se imaginaba que, años después se estrenarían sus composiciones en la Orquesta de la Sinfónica de Lima. En el 2008 se estrenaron “Sweet para divertirse” y “Encuentro en marinera”.

Pero su primer papel no fue en esa obra sino un tiempo antes, cuando estaba en 5to de secundaria en una obra patriótica sobre la guerra con Chile. Han pasado décadas y aún recuerda a carcajadas todas las líneas de ese papel. “Yo hacía dos papeles en verdad, hacía del cabo Maldonado, que eran tres líneas y luego de un muerto chileno”, estalla de risa. Años después actuaría no sólo sobre tablas sino en cine nacional e internacional. En películas de Francisco Lombardi y en la conocida película “Diarios de motocicleta” de Walter Salles.

Chiarella reconoce haber hecho de todo para poder sacar adelante su pasión. Del derecho y del periodismo se ha llevado muy buenas recuerdos. “El derecho, aunque parezca mentira, me ha servido mucho para la interpretación de los textos de teatro, porque el teatro no está en el texto sino en el subtexto”. Nunca lo ejerció pero a pesar de ello hace poco dictó un curso de expresión oral par abogados.
En 25 años de periodista cultural y de colaborador para El Comercio y la revista Oiga ha tenido la oportunidad de realizar muchísimas entrevistas que ha disfrutado y de las cuales ha aprendido mucho. Resalta una entrevista sobre teatro que le hizo a Julio Ramón Ribeyro y una entrevista a Mario Benedetti en un avión durante casi 7 horas. También, por supuesto las múltiples entrevistas que le hizo a Peter Brook, el director más influyente del teatro contemporáneo. Y, claro, cómo olvidarse de cuando cenó con Fidel Castro.

Ha salido en comerciales, hecho crítica de televisión, telenovelas y, cuando las cosas no iban tan bien, incursionó en la publicidad y hasta hizo de taxista durante los años ochenta. “No quería morirme sin decir que yo he vivido del teatro”. Ya no quería hacer telenovelas y se tuvo que apoyar del taxi para poder sacar adelante a su familia y seguir viviendo de lo que amaba hacer.

A la publicidad llegó como quien no quiere la cosa cuando había época de vacas flacas. Primero estuvo 4 años en la agencia de un antiguo alumno suyo y hace 16 años formó “Cuarzo”, agencia que maneja hasta el día de hoy y que ha hecho míticos comerciales como el de Bismutol, Gingisona y Nastiflú.

En paralelo a estos múltiples oficios siempre estuvo ligado al teatro, el cual dice, le ha dado las mayores satisfacciones de su vida. Por él conoció a la dramaturga Celeste Viale, quien fue su alumna en el TUC y, que tiempo después, se convirtió en su esposa y madre de sus dos hijos. Junto a ella formó el grupo de teatro “Alondra”, con el cual ganó el premio nacional de teatro “Ricardo Roca Rey” en 1989 por dirección escénica. Tras doce años de “Alondra” funda otro grupo de teatro llamado “Aranwa” que funciona hasta el día de hoy como centro de formación teatral y también como sala de presentación de obras.

Hoy tiene muchos proyectos. Uno de los principales es hacer una sala de teatro propia que albergue 150 personas a la cual bautizará con el nombre de su maestro: Ricardo Blume. El local está comprado y los planos listos. Sonríe con emoción al hablar de ello, luego mira el afiche que le muestro de “Pequeñas interrupciones”, obra que montó hasta hace pocas semanas junto a su esposa Celeste y bajo la dirección de su hijo Mateo Chiarella. “Es un placer trabajar con ellos, ha sido unos papeles más difíciles que me ha tocado interpretar pero me he divertido mucho haciéndolo”.

Con todos sus años de experiencia se atreve a decir que se puede vivir del arte y del teatro. “Pretendo creer que se puede pero hay que luchar”. Es y ha sido feliz con el teatro durante toda su vida. “Cuando uno hace lo que le gusta nada es difícil y todo es placentero, uno tiene que dedicarse a lo que le gusta, sino no es feliz”. Tras una larga conversación amena apaga las luces de la sala por hoy y dice que el teatro ayuda a entender mejor al ser humano.





El Cronopio mayor en su si-cumpleaños

26 08 2011

Vos sabés que gracias a tí terminé de enamorarme de la literatura. Tus historias y personajes me hicieron despertar y ver todas las existencias y asuntos del mundo como nunca antes. La literatura estaría un poco vacía y sería menos divertida sin tu aportes y tus entrañables personajes. Seguiré diciendo que debiste haberte ganado ese nobel que nunca te dieron. Gracias por haber escrito todas esas cosas. Nunca serás “Un escritor aficionado”, como dijiste en una de tus últimas entrevistas. Sin duda, todos los cronopios celebramos hoy tu cumpleaños buscando alguna que otra rayuela en el cielo gris o recordando tus juegos lúdicos y frases excepcionales. Hoy me quedo con esta:

“Yo creo que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha al mismo tiempo fue el no aceptar las cosas como dadas. A mí no me bastaba con que me dijeran que eso era una mesa, o que la palabra “madre” era la palabra “madre” y ahí se acaba todo. Al contrario, en el objeto mesa y en la palabra madre empezaba para mi un itinerario misterioso que a veces llegaba a franquear y en el que a veces me estrellaba” (JC)

Y, de paso, dos fragmentos de dos cosas que he leído últimamente de él:

(FRAGMENTO DE “DIARIO DE ANDRÉS FAVA”)
Me revientan estos mocos mentales. También los japoneses se suenan en papeles. “Diario de vida”, vida de diario. Pobre alma, acabarás hablando journalese. Ya lo haces a ratos.
Un tanguito alentador:
“Seguí no te pares, Sabé disimular —”
Y este verso de Eduardo Lozano:
Mi corazón, copia de musgo.
Lo que se da en llamar “clásico” es siempre cierto producto logrado con el sacrificio de la verdad a la belleza.
Esperando un ómnibus en Chacarita. Tormenta, cielo bajo sobre el cementerio.
Cumpliendo la cola me quedo largo rato mirando la copa de los árboles que preceden el peristilo. Una línea continua de copas (el cielo gris la ahonda y purifica), ondulando graciosa como al borde de las nubes. En lo alto del peristilo el ángel enorme se cierne entre los perfiles de árbol; parece como si apoyara el pie sobre las hojas. Un segundo de belleza perfecta, luego gritos, trepar al ómnibus, córranse más atrás, de quince o de diez, la vida. Adiós, hermosos, un día descansaré ceñido por ese encaje delicado que me protegerá por siempre de los ómnibus.
(La tierna idiotez de algunas frases. Suspiros verbales.)

(FRAGMENTO DE “UN TAL LUCAS”)
Lucas, sus luchas con la hidra
Ahora que se va poniendo viejo se da cuenta de que no es fácil matarla.
Ser una hidra es fácil pero matarla no, porque si bien hay que matar a la
hidra cortándole sus numerosas cabezas (de siete a nueve según los autores o
bestiarios consultables), es preciso dejarle por lo menos una, puesto que la hidra
es el mismo Lucas y lo que él quisiera es salir de la hidra pero quedarse en Lucas,
pasar de lo poli a lo unicéfalo. Ahí te quiero ver, dice Lucas envidiándolo a
Heracles que nunca tuvo tales problemas con la hidra y que después de entrarle
a mandoble limpio la dejó como una vistosa fuente de la que brotaban siete o
nueve juegos de sangre. Una cosa es matar a la hidra y otra ser esa hidra que
alguna vez fue solamente Lucas y quisiera volver a serlo. Por ejemplo, le das un
tajo en la cabeza que colecciona discos, y le das otro en la que invariablemente
pone la pipa del lado izquierdo del escritorio y el vaso con los lápices de fieltro a
la derecha y un poco atrás. Se trata ahora de apreciar los resultados.
Hm, algo se ha conseguido, dos cabezas menos ponen un tanto en crisis a
las restantes, que agitadamente piensan y piensan frente al luctuoso fato. O sea:
por un rato al menos deja de ser obsesiva esa necesidad urgente de completar la
serie de los madrigales de Gesualdo, príncipe de Venosa (a Lucas le faltan dos
discos de la serie, parece que están agotados y que no se reeditarán, y eso le
estropea la presencia de los otros discos. Muera de limpio tajo la cabeza que así
piensa y desea y carcome). Además es inquietantemente novedoso que al ir a
tomar la pipa se descubra que no está en su sitio. Aprovechemos esta voluntad
de desorden y tajo ahí nomás a esa cabeza amiga del encierro, del sillón de
lectura al lado de la lámpara, del scotch a las seis y media con dos cubitos y
poca soda, de los libros y revistas apilados por orden de prioridad.
Pero es muy difícil matar a la hidra y volver a Lucas, él lo siente ya en mitad
de la cruenta batalla. Para empezar la está describiendo en una hoja de papel
que sacó del segundo cajón de la derecha del escritorio, cuando en realidad hay
papel a la vista y por todos lados, pero no señor, el ritual es ése y no hablemos de
la lámpara extensible italiana cuatro posiciones cien vatios colocada cual grúa
sobre obra en construcción y delicadísimamente equilibrada para que el haz de
luz etcétera. Tajo fulgurante a esa cabeza escriba egipcio sentado. Una menos,
uf. Lucas está acercándose a sí mismo, la cosa empieza a pintar bien. Nunca
llegará a saber cuántas cabezas le falta cortar porque suena el teléfono y es
Claudine que habla de ir co-rrien-do al cine donde pasan una de Woody Allen.
Por lo visto Lucas no ha cortado las cabezas en el orden ontológico que
correspondía puesto que su primera reacción es no, de ninguna manera,
Claudine hierve como un cangrejito del otro lado, Woody Allen Woody Allen, y
Lucas nena, no me apurés si me querés sacar bueno, vos te pensas que yo puedo
bajarme de esta pugna chorreante de plasma y factor Rhesus solamente porque
a vos te da el Woody Woody, comprendé que hay valores y valores. Cuando del
otro lado dejan caer el Annapurna en forma de receptor en la horquilla, Lucas
comprende que le hubiera convenido matar primero la cabeza que ordena,
acata y jerarquiza el tiempo, tal vez así todo se hubiera aflojado de golpe y
entonces pipa Claudine lápices de fieltro Gesualdo en secuencias diferentes, y
Woody Allen, claro. Ya es tarde, ya no Claudine, ya ni siquiera palabras para
seguir contando la batalla puesto que no hay batalla, qué cabeza cortar si
siempre quedará otra más autoritaria, es hora de contestar la correspondencia
atrasada, dentro de diez minutos el scotch con sus hielitos y su sodita, es tan claro
que le han vuelto a crecer, que no le sirvió de nada cortarlas. En el espejo del
baño Lucas ve la hidra completa con sus bocas de brillantes sonrisas, todos los
dientes afuera. Siete cabezas, una por cada década; para peor, la sospecha de
que todavía pueden crecerle dos para conformar a ciertas autoridades en
materia hídrica, eso siempre que haya salud.

Para descargarlos:

http://www.librosgratisweb.com/pdf/cortazar-julio/el-diario-de-andres-fava.pdf

http://www.librosgratisweb.com/pdf/cortazar-julio/un-tal-lucas.pdf

(Ojo, cuidado con los famas)

DH








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