Con 58 años y más de treinta dedicado al séptimo arte, Augusto Tamayo San Román confiesa hacer películas sólo para su disfrute, jamás leer ni creer en las críticas de cine y ser un cinemero y no un cinéfilo. De estudiante de arquitectura, pasó a estudiar literatura y, finalmente, cine en Londres en donde Bertolucci y Polanski llegaron a ser sus tutores. Admira profundamente a su padre y se considera un incansable hacedor. Reflexiona sobre Conacine, el cine peruano y sus nuevos proyectos.
*Por Diana Hidalgo
De su padre, el poeta Augusto Tamayo Vargas, conserva los más gratos recuerdos y dice haber recibido las mejores de las inspiraciones. “Fue un gran literato, extraordinario hombre y gran amigo”, dice con emotividad. Admira su inteligencia sin arrogancia y dice nunca haberse sentido preso de sus logros. “Encontré mi propio camino”, afirma.
Se considera un hacedor. No en vano ha realizado 7 películas, 35 documentales y más de 500 comerciales. Desde que a los 16 años, mientras estudiaba arquitectura, descubrió ese mundo estimulante, que posee mil aristas y que tanto respeta: el cine; buscó integrar todas sus aficiones y siempre hacer algo. “Respeto mucho a los que hacen cine. Se lo que significa. Le tengo un enorme respeto a los hacedores. Yo he querido hacer un hacedor y lo he hecho”. En algún momento, incluso, cuenta que se le ocurrió ser empresario y fabricar muebles.
“Hago cosas por vivir la experiencia espiritual y emocional”, dice. Por eso es que ha logrado integrar todas sus aficiones y así disfruta cada día construyendo lo que le motiva. “Yo hago cine por mi disfrute”, afirma con mucha seguridad. “El final de un día de rodaje es el final más agradable para mí”, dice.
Pero no sólo disfruta con hacer sino con ver. Pese a que no se considera un “cinéfilo” –termino que le resulta pretencioso intelectualmente- , se define como cinemero y le encanta ver cine pero que no sea minimalista. “Me gustan las películas que me comunican un concepto de algo”. Entre sus cineastas favoritos se encuentran Orson Wells, Bertolucci y Polanski. Con los dos últimos, tuvo la oportunidad de tener cercanía cuando estudió en Londres formación cinematográfica y fueron sus tutores.
Por lo mismo que hace cine para su disfrute, no cree en las críticas de cine, ni se da el tiempo de leerlas. “Creo que, en el fondo, a nadie le interesa la opinión del otro frente a este tipo de cosas. El arte no está para recibir estrellitas”. Le parece ridículo que en las carteleras de cine califican a las películas con esas figuritas amarillas. “Uno no puede hacer arte para los críticos ni para los festivales, solo lo que le nace” afirma muy seguro. Le parece que estas críticas muchas veces tienen aires de falsa intelectualidad y eso le molesta. “Lo verdadero no tiene un ápice de arrogancia o soberbia”, comenta.
Viene colaborando, dice, treinta años con el cine peruano y se siente muy satisfecho. Aunque reconoce algunas fallas del séptimo arte nacional actual y también del cine latinoamericano. Recalcando que sólo son sus humildes opiniones, dice: “El cine peruano se está yendo por el lado de ganar premios y eso, me parece, está equivocado”.
Piensa que, en los últimos tiempos los realizadores peruanos se han dedicado a hacer películas muy exigentes para el público. “Las películas para los festivales son generalmente densas, con profundidad existencia. El público no necesariamente quiere eso”. Por ello cree, que se debe hacer una revisión a estos asuntos si se quiere que el cine nacional tome un mejor posicionamiento y taquilla en todas las salas. Sobre el cine latinoamericano, cree, sucede una situación parecida: “Al cine latinoamericano le falta solidez y concepto”. Esa compulsión por el fundamentalismo estético, dice, no va con él ni le interesa.
Tras hablar incansablemente y con vehemencia, se anima a opinar acerca de la disolución de Conacine, hace unos meses. “Conacine era una institución muy buena, permitió que haya cine peruano. Era una asociación envidiable, estaba libre de cualquier consigna partidaria o burocrática del estado”. Lamenta su desaparición y cree, con seguridad, que nunca existió ningún tipo de argolla allí, como muchos han especulado.
Como el activo hacedor que se considera, Tamayo, por estos meses, comparte su tiempo entre leer teoría y análisis cinematográfico y planear sus nuevos proyectos. “Últimamente me inspira mucho la historia”. Por eso, comenta, tiene pensado hacer una película basada en personajes reales históricos o literarios. Ha pensado en el poeta peruano José María Eguren y Santa Rosa de Lima.
“La energía de vivir está dada por la búsqueda de lo que uno quiere, Eguren era un buscador”, dice. Eso lo ha inspirado para estas creaciones, al igual que el caso de Santa Rosa. Cree que ambos son unos buscadores –aunque de búsquedas etéreas-. Y le parece interesante que dichos personajes no consigan lo que están buscando pero que lo hayan intentado tanto.
Luego de casi dos horas de intensa charla, cuenta sobre su reciente afición por la metagenealogía y parece que encuentra una cómoda palabra con la que se siente definido: auténtico. “No hay por qué decir que tienes gustos refinados. Hay que ser auténtico frente al espejo. Yo soy auténtico con mi espíritu y así me siento bien”, comenta con tranquilidad.
(Entrevista realizada en noviembre del 2011)
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