El “bravo” que se volvió héroe

22 12 2011

Los litros de tinta que lleva adheridos a la piel ponen al descubierto su pasado: “MS 13, mara salvatrucha”, dice en su brazo derecho. Arriba lo acompañan más tatuajes y más arriba –en su rostro- las marcas no uniformes y en desorden que son la huella de los cortes y la sangre de antaño, de la lucha, del delito. Un diente de oro adorna su sonrisa, una sonrisa que ríe pero que trata de olvidar las pesadillas de esas muertes ejecutadas a mano propia y sin reflexión – 11 en total -. De ser el más bravo de los bravos del pandillaje, la delincuencia y el narcotráfico, pasó a ser un vendedor de helados estrella y, luego, a convertirse en un pacificador para pagar sus “pecados” y agradecer que aún sigue vivo.

*Por Diana Hidalgo

 

 

Comenzaban los años 90 y el terrorismo recrudecía en el país. Un muchacho de 23 años volvía al Perú para quedarse, pero quería cambiar. “Para ese momento había obtenido todo lo que había querido, me sentía como de 80”, afirma con vehemencia. Ya tenía hijos y nietos. Planeaba alejarse del delito y de la muerte para pagar sus culpas. “Estoy cansado, quiero ser otra persona. Ya no quiero vivir con el dedo en el gatillo”, decía con anhelo.  Elmo Molina quería ser otro hombre.

 

Hoy tiene cuarenta años y afirma creer en dios. A los nueve años salió de casa para no sentirse una carga. El niño Elmo –ese que aprendía a leer hojeando a Condorito y a sumar, jugando casino- , se metió al mundo oscuro de la calle en donde permaneció por muchos años. “Entre los 11 y los 16 ya manejaba ocho pandillas”, afirma. Mientras otros muchachos estaban terminando el colegio, viviendo la adolescencia de 16, Elmo viajó a la selva y se dejó seducir por las garras del narcotráfico. “Esa fue la etapa más dura y sangrienta de mi vida”, dice con los ojos en modo regresión hacia el pasado. Ahí fue la primera vez que mató.

En Lima era el “más bravo”, el más respetado y más temido de los barrios y las bandas. En menos de dos años logró formar 27 pandillas a lo largo de toda la ciudad. Recuerda con especial cariño a “Los Alcones”, pandilla que comandaba desde el Cercado de Lima y que logró extenderse hasta 54 asentamientos humanos. Comenzó como un grupo de baile hasta convertirse en una de las peores pandillas y más respetadas de la ciudad. Todos andaban de negro y se jactaban de su status de pandilleros. A Elmo le de mucha lástima, muchos de sus amigos murieron allí.

Ejecutaban asaltos en farmacias, grifos y tiendas. “Andaba armado, disparaba a diestra y siniestra”, dice con seguridad. Comenta haber manejado muchas armas pesadas y, en una ocasión desafortunada haberle disparado a su propio hermano en un momento de desesperación. Así fue alejándose de su familia, quienes tenían que mentir y que fingir que no lo conocían cada vez que la policía iba a buscarlo a su casa para detenerlo.

Ya había probado el poder pero quería más. Llegó hasta Brasil, Colombia, México y Honduras. En este último país se unió a la MS-13, mara salvatrucha. Inmortalizó en su piel el nombre del grupo que sería su familia para siempre y tuvo que disparar a quemarropa a  alguien en la calle para ser aceptado allí. En estos países pasó años llenos de violencia, desbande, lujo, sangre y drogas. Pasó por varias cárceles, mató, robó y también quisieron matarlo. “Gracias a dios estoy vivo”, dice con aires de cierta angustia. Los seis impactos de bala que tuvo en el cuerpo y el pedazo de plomo que aún vive en su espalda dan prueba de ello. “Me dejaron como coladera”, dice entre risas.

Un día caminaba por la calle y vio un hombre tirado en una banca a lo lejos. Estaba hecho un desecho humano por las drogas y la mala vida. Elmo rompió en llanto y salió corriendo. “Me vi reflejado en él, tuve mucho miedo”, comenta. Ello, sumado al amor incondicional de una mujer –la madre de uno de sus cuatro hijos-, lo incentivaron al cambio. “Soy un hombre que se salvó porque tomó la decisión correcta en el momento indicado”, dice contento. Así dejó atrás los días de “hay que matar para sobrevivir” a días de poder caminar tranquilo por las calles. Siendo un vendedor estrella de helados para sacar a adelante a sus hijos o intentando reintegrase a la sociedad y también a su familia.

Elmo andaba en busca de su redención. Le costó sudor y lágrimas y dos intentos de suicidio aventándose hacia el Río Rímac. Pero lo logró. “Ahora soy un pacificador. Trabajo en los barrios más difíciles de Lima para la reducción de los conflictos urbanos y la inclusión”, dice con orgullo. Va de colegio en colegio y de barrio en barrio hablándole “a los más bravos” para que no cometan los mismos errores que él, para que se alejen del mundo maldito del delito.

“Lo más difícil fue que la sociedad lo entienda. Tuve que trabajar mucho para eso”, afirma. Así llegó a trabajar en el Ministerio del Interior, el Ministerio de la Mujer y hasta en el Instituto de bienestar colombiano. Luchando por unas calles sin violencia y unos jóvenes limpios del robo y de la muerte. Sabe que una palabra, una ayuda o prestar atención a esos muchachos olvidados logra cambios significativos. “Los muchachos con los que trabajo ya están teniendo una visión como la mía”. Eso lo tranquiliza, lo enorgullece.

No se cree un héroe –ni quiere decirlo-, pero en el fondo sospecho que así lo siente. Quiere serlo no por vanidad ni vanagloria, sino por paz. Elmo trabaja -y lo quiere seguir haciendo-, por esa juventud perdida y olvidada. Ya sea conversando, o en talleres de carpintería o chocolatadas. Para que esas muertes le duelan cada día menos y para darles un buen ejemplo a sus hijos que para él  lo son todo.

 

 








Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 231 seguidores