Todos hablan de las redes sociales: las investigan, las utilizan, las odian o las aman. No pasan desapercibidas. Y cuando se habla de ellas, por supuesto, Facebook y Twitter irrumpen en la conversación.
¿Y qué pasa si no tengo Facebook o Twitter? ¿Acaso no existo? Miramos como bichos raros a las personas que no los utilizan, como individuos anacrónicos. Parece que tuviéramos que probar nuestra real existencia en el mundo mediante un perfil de una red social.
Parece que nos gustara ser observados todo el tiempo, que nos sigan, que nos comenten, que les guste o les disguste lo que hacemos. Lo que antes sucedía –probablemente– en nuestras relaciones interpersonales del mundo real, ahora sucede a través de pantallas y botones.
Despidos, renuncias, rupturas sentimentales, eventos culturales, juergas de fin de semana. Todo está ahí y nos podemos enterar. No somos personajes de 1984, la visionaria novela de George Orwell, pero aún así podemos cumplir con el tentador papel de observadores, vigilantes omnipresentes a través de las pantallas. Ellas se convierten en nuestros ojos, en nuestras lupas. Y vaya adicción que generan.
Personalmente, detesto cuando las personas publican su vida entera en estos lugares. Se ha perdido la privacidad. Pareciera que el significado de esta palabra se ha enterrado a raíz de las redes. No es cosa de juego enterarse que tu mejor amiga se ganó una beca a Londres por una pantallita y no porque ella te lo dijo. Tampoco es juego perder un empleo por un “estado” publicado en una red social. En ocasiones, debo confesar, esto me da un poco de miedo: uno no sabe exactamente quién está observando o quienes acceden a tus contenidos, a esa información que depositas con suma confianza y tal vez ingenuidad.
Casi todas las cosas en exceso son malas. Si queremos vivir en un mundo orwelliano y ser los grandes hermanos observadores, hagámoslo. Pero con cuidado, con mucho cuidado.
DH
(Publicado en Link UPC N 15)
SocialVibe