Frío. Caminatas lánguidas en la niebla
No es el día de morir
Los boletos embuten tus bolsillos
Tienes que hacerlo. Debes transitar por el barro, los baldes, los gritos, las monedas ¡No!
Ya no eres más de aquí, nunca lo fuiste ¡Estúpido inquilino de tu mente!
Niños retorcidos, ennegrecidos, aniquilados, vacíos, leoninos, aglutinados. Avanzas y allá están los dorados, los fulgurantes, los chirriantes, las casi explicaciones. Las ruedas.
Ocho de la mañana. Individuos de plástico sin razones. No avanzan, son jalados. Te ríes porque todos los hilos son tan paradójicamente iguales.
Llenan los buses, los micros, los taxis, los cafés, las oficinas, el gobierno.
Un palacio en medio de toda esta mugre – ¿Un palacio?- Te preguntas fastidiado.
Las ocho letras de su letrero te provocan náuseas. Pero ni todos tus vómitos verbales y orgánicos serían suficientes para desaparecerlo.
¿Justicia? Eso dice, eso dicen.
La inexistencia no les da vergüenza. Los anima, los sustenta. Les da dinero, placer, whisky, prostitutas.
Eres un punto casi invisible en esta danza. Nueve de la mañana. Todos quieren volverse aves pero no lo consiguen. Están enfermamente adheridos al pavimento.
No hay tiempo para más.
DH

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