El último cuento que escribí:
Quizás sería absolutamente innecesario y poco útil que, para fines didácticos de esta historia, obligue al lector a prestarme atención. No lo haga, por favor, no lo haga. Recomiendo, más bien, que se siente en un sillón azul, que apoye cómodamente las piernas y que se fume un cigarrillo –si es que le apetecen los cigarrillos–.
Desde que aprendí qué cosa es tener un “nombre”, aprendí también que me llamaba Mario, Mario Loli. No me lo enseñaron mis padres –porque nunca tuve unos– ni mis tíos, ni mis abuelos, ni mis hermanos, ni mis vecinos. Me lo enseñó Tarcila. La mujer –la única mujer– que me ha querido en esta vida y, que se portó como mi madre, durante más de una década siniestra. Ella, por supuesto, jamás hubiera imaginado que yo “Marito”, estaría involucrado con mafiosos, y luego en una guerra, y luego en una cárcel. El día que murió tan sólo me dijo: “Tus números, Marito, tus números… serás un gran escritor”. Y yo sólo dije: “Amén” en mi cabeza, porque no sabía qué rayos iba a hacer sin ella y por qué rayos me decía que yo iba a ser un escritor, si yo con las justas tenía un viejo lápiz carcomido y unas ideas imposibles de plasmar en limpio.
Yo andaba siempre solitario escuchando, abstraído, los sonidos del tranvía de la ciudad y de las hojas de los periódicos calientes y de las bicicletas enamoradas de las pistas y de los números. Sobre todo, los números. Tenía –y juro que no sé exactamente cómo describirlo– una obsesión por ellos. Tal vez era una manía dulzona o una fijación estrafalaria. La cuestión es que, los respiraba, los imaginaba, los escribía, los comía, me los ponía encima y los contaba. Vivía con ellos como una rana vive con sus pequeños insectos. Era una relación intensa y dependiente –dulcemente dependiente–.
Burlando las normas matemáticas y envuelto en humo ceniciento, todas las noches, me sentaba en mi sillón –que siempre estaba empapado de lágrimas–, a imaginármelos dando vueltas sobre mis cabellos. Imaginaba que me contaban historias, que me hacían cantar, que me hablaban, que me hacían ser perfecto: llenaban mis espacios vacíos.
Jamás hubiera imaginado el haber podido –por fuerzas de las circunstancias y de los acontecimientos que me han tocado vivir–, el poder haber estado sin mi cuaderno, durante tantos años. En esas interminables y anaranjadas noches numéricas, descubrí que necesitaba escribir si quería seguir viviendo. Descubrí que las fórmulas y ecuaciones matemáticas me servían para diseñar y construir historias: por fin podía plasmar todas mis ideas absurdas. Entonces fue que corrí a comprarme un cuaderno al que bauticé entrañablemente como “El cuaderno gris”. Me volví todo un experto matemático y, además, un aficionado y dedicado escritor: un respiro alentador en medio de tantas destrucciones mentales. Tarcila tenía razón, siempre la tuvo.
Nino, mi único amigo y paradójicamente el hombre que me “arruinó” los veinticinco años que tenía en ese entonces, era una de las pocas personas que lograba entenderme un poco y con la que podía tener –de vez en cuando– conversaciones agradables en medio de los árboles y las estaciones ferroviarias.
Él solía decirme que yo era un tipo muy raro. Y sería tonto que yo no lo hubiese sabido pero, siempre lo supe, afortunadamente, siempre lo supe: yo nunca fui lo suficientemente normal. Nino disfrutaba de mi rareza y eso me encantaba. Él sufrió mucho, estoy seguro de ello, cuando yo me tuve que marchar de Palermo y no verlo nunca más. Lo que más le debe de haber dolido es que, fue su culpa.
El buen Nino que, siempre andaba de fiesta en fiesta y de borrachera en borrachera, un día estaba en un bar –de esos de mala muerte que pululaban en Palermo–, cuando conoce a cuatro tipos con pinta exacta de Al Capone, a los que les comenta alegre y borrachamente que tenía un amigo experto en matemáticas. Ese, por supuesto, era yo.
Y ya me ven, al día siguiente, sentado en ese bar lleno de putas y de mafiosos. Estábamos en la mesa: Nino, El Turco, sus tres títeres y yo. El Turco era un tipo poco inteligente pero extremadamente astuto. Había planeado todo. Representaría su imponente actuación malévola en medio de esa selva humeante y flagrantemente desagradable.
— ¡Mi rólex, mi rólex!, ¿dónde diablos está mi rólex?
—Mario, sácate la chaqueta. —dijo intentado ser serio, uno de sus títeres—.
—Turco —dije firmemente—. Sabes que yo no cogí tu reloj, confieso que me sorprende tu astucia pero, no subestimes la mía, no lo hagas…
—¿Tú crees que yo soy imbécil no? —dijo el Turco, sacando una pistola y apretándomela en la nuca— Aquí no hay nadie que te defienda Marito. Sabes que tengo comprada a toda la policía…Tu te lo robaste y punto, no me vengas con mariconadas, todos los vieron…
— ¡Maldita sea Turco!, déjalo en paz —gritó Nino, cayéndose de borracho en una de las sillas—.
— Mira Marito, yo no quiero discutir contigo, sé que eres un tipo inteligente y sé que yo no lo soy. Sé que sabes mucho de números y yo no sé ni mierda de números. Los necesito. Así que considérate contratado en este digamos…equipo. Sí, equipo. Somos ladrones profesionales hombre, no me digas que no te conviene…
— No, no me conviene —dije fríamente y con la mente absolutamente en blanco—.
Esa noche inverosímil, luego de ese “no gracias, no me conviene”, recibí una tremenda paliza, acompañada de amenazas de muerte si es que no me unía a “su equipo”. Me querían utilizar. Yo no tenía nada que perder, sin embargo, había algo en mí que me decía que tenía que seguir viviendo. Y no, precisamente, como un mafioso.
Me enlisté en la guerra para evitar la persecución de “El Turco y sus secuaces”. Vi cosas terribles: los soldados con sus heridas de muerte, las armas con sus sonidos angustiantes, los enemigos con sus odios irresueltos, los tanques con sus bocas asesinas y el cielo con su olor bestializado. Todo era mortíferamente arenoso. Tuve que estar sin mi cuaderno, sin mis números, eso era lo más terrible.
Por incidentes que realmente no recuerdo –y no me interesa recordar–, ingresé a la cárcel de Córcega. Al comienzo, parecía un inmigrante en ese lugar tan metálico. Sin embargo, con el tiempo logré reconciliar –de cierta forma– los números y los cuadernos, con las paredes de esta prisión.
Fue en el verano del 65 cuando llegó él. Yo ya había estado tres años aquí, me quedaban dos semanas. Sólo dos semanas y libertad. Pero, cuando lo vi entrando tan estúpidamente calmado y con su trajecito de preso igual al mío, no me aguanté: jamás hubiese podido aguantarme.
Era el Turco, ¡el maldito Turco! Con unos ochenta y dos años, varios kilos de más, la misma sonrisa burlona de siempre y el puto reloj dorado que me acusó haberle robado, treinta años atrás. Impetuoso, animalizado y con la mente en cero, corrí sin parar hacia él; lo tumbé al suelo y nos revolcamos en arena muerta durante varias horas. Esa noche, al Turco le dio un paro cardiorespiratorio y murió. Por supuesto, me acusaron. Me condenaron a treinta años sin beneficios.
Y yo no sé por qué, en ese momento, me sentía feliz. Tan extrañamente feliz al escuchar mi condena, al escuchar que el Turco murió. Me acordé de Tarcila y de Nino y de Palermo. Me acordé de que para mí la vida siempre fue como una cárcel con las puertas abiertas. Me acordé de que aquí podía tener todos los cuadernos grises que quisiera, todos los números que quisiera y todas las historias que quisiera. Empecé a escribir y a contar. Por lo menos, aquí las puertas invisibles del encierro no me eran tan esquivas como allá afuera: en la realidad.
DH Se reservan los derechos de autor

Este cuento me hizo sentir como que todos tenemos un “Marito” que doblegar en nuestro interior; sus estados mentales y reflexiones son las nuestras propias, y encontramos en su tragedia, la “liberación” en medio del encierro.
Me quedo con tu “necesitaba escribir si quería seguir viviendo”…
Un abrazo.
Galileus.
Un poco entrecortada la historia para mi gusto, pero bien narrada, aunque un poco veloz en el cambio de escenas. Me asombra que Mario se haga la idea de vivir feliz en una cárcel solo con sus escritos, aunque comparto la idea de guardarse para uno mismo la libertad sin importar la realidad.
No entendí por qué la mención de esto: “Desde que aprendí qué cosa es tener un “nombre”, aprendí también que me llamaba Mario, Mario Loli.”
Deberían existir más Marios en el mundo.