Aquí va un reflexión algo filosófica, algo literaria, que escribí hace unos días (en realidad la presenté para mi trabajo parcial del curso de epistemología):
Conocer al mundo: qué cosa tan difícil, qué cosa tan interesante, qué cosa tan profunda. Todos queremos conocerlo –absolutamente todos–. Seguro que usted también, querido lector: usted al igual que yo, al igual que Marlon Brando. El que diga que no, que tire la primera piedra. Sutil y rápidamente, el reloj avanza y retrocede, las hojas caen de los árboles cenicientos y las casas se vuelven gigantes llenos de ventanas; y nosotros aún no encontramos la verdad –esa verdad que tanto se anhela–, la verdad absoluta, el conocimiento. Probablemente no exista, tal vez nunca existió ni existirá; aunque su idea siempre ronde por nuestras mentes. Pero, ¿Se puede conocer al mundo? ¿Cómo lo conocemos?
Yo siempre he creído que para conocerlo hay que aprender a sentirlo, hay que familiarizarse con su lenguaje, hay que relacionarse con su gente, hay que aprender a pensar y mirar dentro de uno mismo, hay que analizar, hay que actuar, pero, sobre todo, filosofar. Sí, filosofar.
Pero, ¿Filosofar? ¿Qué es filosofar? Hace poco, un amigo –Richard Rorty– me dio una gran lección acerca de ello en el capítulo ocho de su libro “La filosofía y el espejo de la naturaleza”. Al comienzo me sentí algo mareada con tanto de “metafísica”, “hermenéutica”, “positivismo”, “relativismo”, “existencialismo”, etc. Pero luego comprendí el mensaje principal: la filosofía no es una asignatura, es una eterna conversación.
Rorty en este capítulo habla de algo que resulta realmente interesante –e incluso innovador, diría yo–, la diferencia entre filosofía edificante y filosofía sistemática. Usualmente creemos que los filósofos –y la filosofía en general– es una suerte de ciencia absoluta reservada sólo para un grupo selecto de intelectuales especialmente iluminados y encargados de descubrir la verdad eterna. Pero no, esto no es tan cierto –ni para mí, ni para Rorty–. Para Rorty, existe un grupo de filósofos que buscan conmensurar al mundo en un solo lenguaje, que buscan la verdad objetiva y eterna, y que siempre dan argumentos constructivos: esta es la filosofía sistemática. Pero también hay otra manera de filosofar: una manera que no pretende buscar una verdad objetiva y absoluta –porque no cree que exista–, una manera que deja un espacio abierto a la conversación eterna, una que es consciente de que no servirá para la eternidad. Esa es la filosofía edificante.
Muchas veces criticada de relativismo o cinismo, esta filosofía para mí constituye la mejor manera de conocer –o intentar conocer– al mundo. Así también lo concibieron Sartre y Nietzsche, a quienes no les duele calificarse de poetas. Porque la filosofía también es poesía, no entera investigación. Bien dice Rorty: “El hecho de que podamos continuar la conversación que inició Platón sin tratar los temas que Platón quería tratar, sirve para ilustrar la diferencia entre tratar a la filosofía como una voz dentro de una conversación y tratarla como asignatura, un Fach, un campo de investigación profesional. La conversación iniciada por Platón se ha ampliado con más voces de las que Platón se habría atrevido a imaginar y, por tanto, con temas de los que él no sabía nada.” Se nota cómo Rorty hace énfasis en “conversación”, dice la “conversación iniciada por Platón” no la “filosofía iniciada por Platón”. Pues bien, esta conversación que el gran Platón inició hace ya siglos, nunca terminó, y ha permitido que se descubran innumerables cosas acerca del mundo y del ser humano. Llámale filosofía si quieres, a mí también me gusta llamarla conversación.
Conversación. Palabra interesante. Evoca el acto de personas moviendo los labios suave o duramente, emitiendo sonidos mediante sus cuerdas vocales, haciendo funcionar sus cerebros, mirando, moviendo las manos, viviendo. Pero, ¿es así de fácil conversar? ¿cualquiera puede? Michel de Montaigne hace una interesante reflexión acerca de ello en “Del arte de conversar”. Él sostiene que para tener una buena conversación se necesita: orden, prudencia e inteligencia. Además, el ingrediente ideal es que las personas involucradas en la conversación tengan ideas o puntos de vista distintos. Creo que es importante resaltar que la “inteligencia” que señala Rorty –y a la que yo me refiero en este texto– no es una inteligencia de conocimientos ajenos o memorística, es una inteligencia propia, la de uno mismo, la capacidad de formular y construir tus propias ideas a través de los años y ser capaz de compartirlas en una conversación agradable o en un debate. La inteligencia que te hace ejercitar tu cerebro.
Cuan cierto puede ser esto. Imagínese estimado lector –tan sólo trate de recordar un poco–, una conversación que lo haya marcado, una memorable. Piense unos segundos. Y le aseguro que fue una conversación en donde su interlocutor (o interlocutores) lo dejaban hablar, lo escuchaban, usted hacía lo mismo, donde se trataban temas interesantes, donde nadie atropellaba a nadie con las palabras, donde se exponían ideas nuevas y no repeticiones de ideas de otros, donde iban de un tema a otro como si fuera una sinfonía marcada, y, sobre todo, donde su interlocutor no asentía con la cabeza cada vez que usted mencionaba que las nubes son color salmón. Y es que conversar es una forma de aprender, de ejercitar el cerebro y acceder al conocimiento. Es una forma de intentar conocer al mundo –y de paso conocer otras mentes–. Conversar es hacer filosofía, es intentar seguir pensando e intercambiando ideas, es comunicarse, es compartir, es un arte.
Compartir. Palabra melodiosa. Para compartir se necesitan más de uno ¿no es cierto? Se necesitan dos, o tres, o cuatro, o cinco, o diez, o cincuenta, o mil millones de personas. Y esto me lleva a pensar en la “Comunidad de mentes” y la “Comunicación como base del conocimiento”, que plantea Donald Davidson en “Tres variedades de conocimiento”. Primero, él plantea la existencia de tres variedades de conocimiento que se interrelacionan entre sí y no pueden estar separadas una de la otra: el autoconocimiento, el conocimiento del mundo externo, y el conocimiento de otras mentes: “En su mayor parte sé lo que pienso, quiero y me propongo, y cuáles son mis sensaciones. Sé bastante acerca del mundo que me rodea, la ubicación, tamaño y propiedades causales de los objetos del mismo. A veces sé también lo que hay en la mente de otras personas”. En todo esto aparece el “saber” y el “conocer”. Cuando al comienzo de este texto hablé de “conocer al mundo”, no me refiero a sólo conocer una variedad de los tres tipos de conocimientos (el conocimiento del mundo externo), sino que mi “conocer al mundo”, engloba los tres tipos de conocimiento. Hecha esta aclaración que me parece pertinente, voy a pasar a hablar sobre la “Comunidad de mentes”, que para Davidson es: “Una comunidad de mentes está en la base del conocimiento y proporciona la medida de todas las cosas. No tiene ningún sentido cuestionar la adecuación de esta medida o buscar una norma o medida ulterior”.
Anteriormente, hablé acerca de la filosofía como conversación, como una forma de compartir ideas para acceder al conocimiento y conocer al mundo. Bien, cuando uno tiene una idea o una creencia (en su propia mente), y la discute con “otras mentes” (es decir, otras personas); ocurre una conversación, un intercambio de ideas de la cual se forma una suerte de comunidad de personas (o de mentes), que tienen ideas y pensamientos que habitan y se discuten en un mismo espacio: el mundo. Usted, estimado lector, tal vez pensará que estoy hablando trivialidades o que esto de la “Comunidad de mentes” que hablo yo –y que dice Davidson– son puras patrañas. Pero esta idea es realmente importante, porque de esta comunidad de mentes que se forma cuando un grupo de personas se junta en un café, en un apartamento, en un parque o en la terraza de una casa a conversar a intercambiar ideas; de ahí es que salen las grandes ideas, pensamientos, postulados y descubrimientos acerca del mundo. Todo como resultado de constantes intercambios y discusiones de ideas o de creencias. Así nos acercamos al conocimiento, al conocimiento del mundo: hablando, pensando, conversando. Formando una comunidad invisible de mentes que están en constante movimiento, intercambio de ideas y evolución de pensamiento.
De ahí que Davidson sostenga que: “El pensamiento depende de la comunicación”. Esta idea es realmente trascendental si lo vemos desde el punto de vista de que la comunicación constituye la base del pensamiento del hombre, y más específicamente la base del conocimiento. A primera vista esta idea puede resultar un poco ligera de argumento. Pero, para fines didácticos, estimado lector, en esta parte lo invitaré a realizar un ejercicio mental. Piense en algo que usted sepa –o que cree que sepa– a continuación, recuerde con lucidez cómo es que usted sabe –o supo– que sabe eso, ¿cómo lo sabe? Sospecho –y estoy segura de no equivocarme– de que lo que usted cree que sabe, lo sabe (o cree que lo sabe), porque lo aprendió, lo pensó, lo leyó y lo discutió. Y eso, mi estimado lector, es comunicación. Usted se comunicó (en cualquier modalidad que implica la comunicación), antes de estar seguro que sabe algo o haber formulado su propia idea acerca de ese algo.
Y esto nos lleva a otro punto sumamente interesante: la distinción entre el “Yo” y el “Mí” que hace el filósofo George H. Mead. Mead plantea una distinción entre acción y pensamiento mediante el “Yo” y el “Mí”: el yo es el cuerpo (lo orgánico), la acción, el ¿qué hago yo?; mientras que el mí, es la persona en sí, el pensamiento, el ¿quién soy? Mead sostiene que mientras hacemos algo no pensamos, que primero actúa el “Yo” y luego el “Mí”. Es decir, que primero hacemos y luego pensamos. Y esto guarda estrecha relación con lo que mencioné líneas arriba. Porque, si el pensamiento depende de la comunicación, quiere decir que la comunicación precede al pensamiento. Quiere decir que antes de que uno piense se tiene que comunicar. Punto realmente interesante.
Luego de haber hablado tanto de la “conversación” y la “comunicación”, es necesario hablar del “lenguaje”. Para ello, el gran filósofo Ludwig Wittgenstein hace un excelente aporte: “los juegos de lenguaje”. Para Wittgenstein: “Llamaré también “juego de lenguaje” al todo formado por el lenguaje y las acciones con las que está entretejido”. Variado, multifacético, a veces ambiguo y expresivo, el lenguaje nos ofrece infinitas posibilidades de comunicación. Realmente infinitas. Con el lenguaje construimos nuestras ideas, nuestros pensamientos y nuestra manera de vivir. Como lo dice Wittgenstein: “Imaginar un lenguaje es imaginar una forma de vida”.
Y mi punto es que a través del lenguaje, también aprendemos y podemos conocer al mundo. Desde que aprendemos a hablar, conocemos uno (ya sea francés, danés, alemán, inglés, español, chino mandarín, portugués, etc.) Con él podemos pensar todo lo que queremos pensar y decir todo lo que queremos decir, formular nuestras propias ideas; crear nuestra propia inteligencia. Conocernos a nosotros mismos, al mundo y a las personas que nos rodean. Sin un lenguaje, esto sería –a mi parecer– o imposible, o realmente aburrido. Piense usted, estimado lector, acaso cuando usted aún no había aprendido un lenguaje, hubiera sido capaz de concebir o darse cuenta de que usted está “triste” o “feliz”, o de que esto “le gusta” o “no le gusta”, o de que prefiere a los “socialistas” antes que a los “capitalistas”; supongo que no.
Entonces el lenguaje (y no solamente como acción, en el caso de la “comunicación”), es también la base del conocimiento. Y qué interesante todas las posibilidades que tenemos con el lenguaje, con los infinitos “juegos de lenguaje”. Todo lo que podemos hacer con ello: cantar, escribir, rimar, jugar, inventar, filosofar. No podría imaginar un mundo sin ello: sería terrible. El lenguaje es el umbral que existe entre nuestra esencia subjetiva y el mundo real. Una palabra o una frase pueden tomar millones de significados, y eso es lo genial del lenguaje, nada está completamente dicho nunca. Tampoco hay verdades objetivas ni científicas. Te invita a la eterna discusión y a la eterna conversación que es saludable para la filosofía y para conocer al mundo.
Pero, de qué serviría todo esto, sin las experiencias, sin la vida, sin las cosas extrañas o interesantes que a uno le pasan cada día del calendario. Hay experiencias buenas, unas no tan buenas, y algunas malas. Pero con ellas también aprendes e intentas conocer al mundo, comprender quién eres y en dónde estás viviendo. Hace poco leí un texto de Gregory Batenson, uno que se titula “Hacia una teoría de la esquizofrenia”. Es una especie de investigación o teoría que se basa en el análisis de las comunicaciones y que postula que una persona expuesta a una situación de “doble vínculo” permanente puede desarrollar síntomas esquizofrénicos.
No voy a profundizar acerca de la enfermedad de la esquizofrenia, sin embargo, me parece importante detenerme en el tema del “doble vínculo”. El doble vínculo, es una situación (que se ha repetido continuamente en la vida de una persona), en la que el individuo haga lo que haga no puede ganar. Sin dudas, para cualquier persona, pasar por esto sería una experiencia negativa. Pero una experiencia al fin. Una experiencia en la cual (a pesar de todas las dificultades), mediante lenguaje –aunque un lenguaje un poco retorcido, contradictorio– uno aprende a conocer el mundo, su mundo. Aunque te encuentres en encrucijadas, aunque te encuentres atrapado, sabes donde estas, sabes quién eres, aunque no sepas qué hacer. La persona que vive el doble vínculo, quizá vea las cosas diferente a como las vemos los demás, pero igual desarrolla su propio pensamiento, su propio conocimiento. Y puede ser capaz de complementarlo cuando conversa con otros.
Bien, dicho todo esto, usted, estimado lector, pensará quién rayos soy yo –la que escribe esto–, y de dónde rayos saqué todas estas palabras para decir, que probablemente para usted no tengan el más mínimo sentido. Y perfecto, porque nunca pretendí que lo tuvieran, tan sólo pretendía conversar con usted, intercambiar ideas mentales. Usted saque sus propias conclusiones. Nada de lo que he dicho es verdad ni falsedad. Solo he dicho cosas. Soy alguien que quiere y siempre ha querido conocer al mundo en su totalidad, aprender, conversar, compartir, soñar, pensar. Soy alguien que se queda observando los caracoles en la lluvia por largo rato para descubrir y entender sus movimientos, soy alguien que observa detenidamente a la gente, soy alguien que escucha los sonidos de su alrededor y sus sonidos internos. Soy alguien que no cree –y jamás creerá– en las verdades objetivas y absolutas, soy alguien a la que le gusta la filosofía y la conversación. Soy alguien que prefiere a los filósofos edificantes en vez de a los sistemáticos. Alguien que cree que la mejor manera de acceder al conocimiento y a conocer al mundo es mediante la filosofía (como conversación), la discusión de ideas (en una gran comunidad de mentes), mediante el lenguaje (y los juegos de lenguaje), y mediante las propias experiencias y el autoconocimiento.
Yo y Marlon Brando siempre quisimos conocer el mundo; Marlon se murió de fibrosis pulmonar hace nueve años, yo todavía tengo muchos años por delante –espero–.
DH
SocialVibe