¡Vinimos por arriba!: El desastre del transporte público limeño (y de los policías, de paso)

31 05 2010


Viernes a las ocho de la noche. Me encuentro en el micro (la S, para ser más exactos), escuchando “Todo lo demás” de Calamaro. Estoy algo cansada y con ganas de llegar a mi casa. El tráfico, por supuesto, es espantoso. Carros y buses y micros y taxis y motos estancados, detenidos en el tiempo y en el espacio por tantos minutos valiosos. Tantos minutos eternos y desesperantes. Tantos minutos en los que la gente quisiera volar y escapar de ahí; de ese infierno de sonidos, de luces y de aparatos de lata.

Todo marcha normal: claxon a cada minuto, diez minutos en cada semáforo, los buses y micros atiborrados hasta el delirio de pasajeros, el tráfico que no avanza. Hasta que, cuando el micro en el que iba yo pasaba por el Óvalo Higuereta (Surco), decide apagar sus luces para viajar piratamente por debajo del Óvalo (y no por arriba, como debería), con el objetivo –seguro– de ganar tiempo y más pasajeros. Lo de siempre señores: la cultura de “Pepe el vivo”. La informalidad, la trampa.

No era la primera vez que pasaba eso, cuando viajaba en micro. Nunca pasaba nada, así que dije, bueno, nadie va a hacer nada. Pero, inesperadamente, a dos cuadras de haber pasado el Óvalo Higuereta, un policía fortachón y con bigote negro para el micro con un grito y le dice al chofer: “¿Por dónde has subido?” (en tono molesto y voz rugosa). El Chofer, nerviosísimo y con la voz cortada, dice: “Por arriba jefe, por arriba, hemos subido por arriba”. El policía, con aire de autoridad y arrogancia dice: “¿Tú crees que yo soy ciego?, Dame tus papeles”. El chofer dice: “Verdad jefe, hemos subido por arriba”. Luego, como salida de película de comedia absurda, el chofer voltea, hace un giño coqueto de ojo, mirando a los pasajeros –que estábamos mirando toda esta escena–, diciendo “¿Sí o no que subimos por arriba?”.

En ese momento me quedé absorta y esperé a que los demás movieran los labios. Oh, sorpresa: todos en coro gritaron –en un tono de risa y comicidad, incluso–: “¡Vinimos por arriba!”. Y empezaron a cuchichear: “Qué pesados estos policías”, “Me quiero ir a mi casa”, “Qué tiene que hayamos venido por abajo, tanto problema hacen”, etc. Todo en tono de burla, con cero respeto a la autoridad (que supuestamente son los policías).

El cobrador se mata de risa, mientras el chofer le enseña los documentos al policía. El policía los ve; luego decide revisar si en el micro hay botiquín (como lo indica el reglamento), si todos los pasajeros tienen sus boletos correspondientes, etc. Todos los pasajeros con cara larga, aburridos, se quieren ir a sus destinos y sólo les importa eso; nada más.

El policía, con tono de autoridad, le dice al otro policía de rango menor (que está al otro lado del micro): “Ya, ya, ya ponle la papeleta”. El cobrador sigue relajado, riéndose disimuladamente. El chofer, sonríe y saca (disimuladísimamente) un reluciente y verde billete de diez soles y se lo pone en la mano al policía. El policía lo acepta. Se hace el que no pasó nada; y luego el micro arranca, sigue su curso y nadie dice nada, nadie hace nada: todos ciegos y sordos y mudos.

Me pregunto: ¿Ese policía, que “actuaba” tan determinado y molesto, realmente estaba dispuesto a poner la papeleta o sólo buscaba obtener una jugosa “coima”? Aunque sea la triste realidad, me inclino a creer lo segundo. Pero lo peor es que todos los pasajeros que estábamos en ese micro fuimos testigos y cómplices de eso. Lo peor es que cuando supuestamente se quiso “seguir las reglas y sancionar un acto indebido en el transporte”, todos preferimos ser cómplices del chofer y mentir para irnos más rápido de ahí; sin importar que eso “esté mal” o no sea “lo correcto”. Todos preferimos tomarlo a la broma.

Pero luego, en otros contextos, seguramente esos mismos pasajeros, critican la situación del transporte público y bla bla bla: hipocresía. Todo empieza por uno mismo, si en esas pequeñas situaciones no colaboramos a que se respete la ley y mejore el transporte público; nunca mejorará.
En cuantos a los policías, es una penosa realidad que se denigren de esas maneras. No quiero generalizar, porque también hay muy buenos policías que cumplen su trabajo y son honestos. Los otros, bueno, a ver hasta dónde les llega la conciencia.

Llegué a mi destino, me bajé del micro y le pregunté al cobrador en tono sarcástico: “¿y al final no les pusieron la multa no?”, me miró con cara de sorpresa y no dijo nada. Arrancó y se acabo la historia.
Historia que seguramente se repite miles de veces al día en muchos lugares de Lima: esta es nuestra realidad pues. Cambiarla podemos, sólo hay que querer hacerlo. ¿Tarea de los políticos?: en parte. ¿Tarea de los ciudadanos?: absolutamente.





De donde vienen los Cronopios

29 05 2010

¿Eres un Cronopio, un Fama, o un Esperanza? Yo un Cronopio, definitavemente…





Sin palabras…

29 05 2010

Hace un tiempo un amigo me dijo de la existencia de estos videos, en donde Cortázar narraba sus cuentos con una devoción exitante y voluptuosa. Hasta que los encontré, Increíble…





Cuando revolucionó la literatura

29 05 2010

Cómo me hubiera gustado entrevistarlo, Interesante reflexión (bastante vigente, incluso) del papel del lector en lo que lee..





Las películas de la semana

27 05 2010

Bueno, siempre recomiendo libros. Ahora pensé en estas películas que realmente me parecen buenísimas. Obligatorio verlas…




1- La naranja mecánica
(de Kubrick): es sórdida, futurística, psicodélica, ácida y muyyy naranja.
2- Amelie ( de Jean Jeunet): es mágica, colorida, inmensamente genial.
3- Volver (Almodovar): penélope, verde, dramaticamente buena, shocking.
4- Alice in wonderland (Tim Burton): en mi opinión una de las mejores versiones que se han hecho del libro del gran Lewis Carrol.
5- Delicatessen (Jean Jeunet): oscura, cerdos, cuchillos, hilarante.





Recomendación para leer 4 (Mi querido e indispensable Cortázar)

26 05 2010

No leer este libro, es como no haber vivido..

Extractos de “Historias de Cronpios y de Famas”:

Instrucciones para dar cuerda a un reloj:

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.

¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

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Conservación de los recuerdos:
Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: “Excursión a Quilmes”, o: “Frank Sinatra”.

Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: “No vayas a lastimarte”, y también: “Cuidado con los escalones”. Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras que en las de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.

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El canto de los cronopios:
Cuando los cronopios cantan sus canciones preferidas, se entusiasman de tal manera que con frecuencia se dejan atropellar por camiones y ciclistas, se caen por la ventana , y pierden lo que llevaban en los bolsillos y hasta la cuenta de los días.

Cuando un cronopio canta, las esperanzas y los famas acuden a escucharlo aunque no comprenden mucho su arrebato y en general se muestran algo escandalizados. En medio del corro el cronopio levanta sus bracitos como si sostuviera el sol, como si el cielo fuera una bandeja y el sol la cabeza del Bautista, de modo que la canción del cronopio es Salomé desnuda danzando para los famas y las esperanzas que están ahí boquiabiertos y preguntándose si el señor cura, si las conveniencias. Pero como en el fondo son buenos (los famas son buenos y las esperanzas bobas), acaban aplaudiendo al cronopio, que se recobra sobresaltado, mira en torno y se pone también a aplaudir, pobrecito.

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Introducción del Manual de instrucciones:
La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrise paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañan topar con el paralepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentífrica, la misma tristeza de las casas de enfrente, del sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero «Hotel de Belguique».

Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber lo que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el acto delicado de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Hasta luego, querida. Que te vaya bien.

Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más simple aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para remover el café.

Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada día y son las mismas. Que a nuestro lado haya la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez en la bicicleta de nuestros anteojos, ¿por qué estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo de cristal empujar hacia afuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro. Castigarse los ojos mirando eso que anda por el cielo y acepta taimadamente su nombre de nube, su réplica catalogada en la memoria. No creas que el teléfono va a darte los numeros que buscas. ¿Por qué te los daría? Solamente vendrá lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de tu esperanza, ese mono que se rasca sobre una mesa y tiembla de frío. Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro de la pared y ábrete paso. ¡Oh, cómo cantan en el piso de arriba! Hay un piso de arriba en esta casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto una polilla se para al borde de un lápiz y late como un fuego ceniciento, mírala, yo la estoy mirando, estoy palpando su corazón pequeñísimo, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido. Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente; la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.





Noche ácida

25 05 2010

Relato corto, un poco oscuro…

Creo que algo salió mal, estoy completamente solo y al borde de la locura. Observo a mi alrededor y me doy cuenta de que aún es de noche. Está todo sombrío, taciturno, desordenado, ácido y frío. Perdí la conciencia de cuántas horas había estado sentado allí –en esa gélida vereda cenicienta–. Perdí la cuenta de cuántas personas habían pasado por ahí sin percatarse de mi existencia. Perdí la noción del tiempo y de las estaciones invernales. Perdí –incluso– la certeza de que soy Frank Dupon. Me perdí a mí mismo: eso era lo más terrible.

Como salidas del surrealismo y la estupidez, en los últimos días había vivido acontecimientos terribles que alteraban el esquema mental de mi hipócrita vida: me habían despedido de la fábrica de textiles en la que trabajaba hace años, mi esposa Clarisse me había botado de la casa al enterarse que me acosté con una prostituta, mi madre había muerto de un repentino ataque al corazón, el banco en donde tenía todos mis ahorros quebró, me diagnosticaron cáncer.

Creo que algo salió mal, mi vida es un eterno fiasco y una sucesión infeliz de eventos desafortunados. Todo pasaba por mi mente, pero, todo estaba mal: inversiones, amores, ilusiones, desafíos, tristezas, locuras, certezas, fijaciones, expectativas; en fin, todo: absolutamente todo. Dentro de la absurda y poca conciencia que aún me queda, levanto la cabeza y miro fijamente a un niño vagabundo. Camina perdidamente por las calles, sollozando de dolor y de rabia, comiéndose su miedo interminable, fumándose su soledad y su silencio, masticando con avidez su sufrimiento como si no tuviese astillas; sobreviviendo. Me recuerda a mí: a ese niño y a mí, algo nos salió mal.

Creo que algo salió mal, sutil y cínicamente, les hice daño a las únicas personas que han entendido mi demencia. Silenciado por el silencio, que es mi enemigo tóxico esta noche, pienso –simplemente pienso–.
Creo que algo salió mal, perdí todo lo que tenía –y lo que no tenía, incluso–. Estupidizado por la estupidez, vienen a mí, recuerdos agradables –quizá los únicos que he tenido en mi vida–. Recuerdos de Bruselas: Clarisse con las medias suaves y sus piernas palmípedas, Pierre con los jarrones de cerveza alemana, Susan con las mariposas amarillas, Robin con los manuscritos celtas y Jack con las ilusiones de vaquero. Ya no vale la pena recordar: tonta melancolía.

Creo que algo salió mal, los colores que mis retinas oculares podían ver, ya no están más. La noche sigue su curso. Yo sigo sentado en la misma vereda, inmóvil, con los ojos bien abiertos. Como para pretender hacer de mi existencia una trágica parodia, empiezo a silbar. Silbaba para pensar en las luciérnagas y en las medusas. Silbaba para ser yo y para no ser yo a la vez. Silbaba para morir. Silbaba para volar. Silbaba al final, para escapar de esta escena, de esta escena tan sórdida: mi vida. No, algo no salió mal; creo que todo salió mal: todo.

DH





De cuando intentábamos conocer al mundo

25 05 2010

Aquí va un reflexión algo filosófica, algo literaria, que escribí hace unos días (en realidad la presenté para mi trabajo parcial del curso de epistemología):

Conocer al mundo: qué cosa tan difícil, qué cosa tan interesante, qué cosa tan profunda. Todos queremos conocerlo –absolutamente todos–. Seguro que usted también, querido lector: usted al igual que yo, al igual que Marlon Brando. El que diga que no, que tire la primera piedra. Sutil y rápidamente, el reloj avanza y retrocede, las hojas caen de los árboles cenicientos y las casas se vuelven gigantes llenos de ventanas; y nosotros aún no encontramos la verdad –esa verdad que tanto se anhela–, la verdad absoluta, el conocimiento. Probablemente no exista, tal vez nunca existió ni existirá; aunque su idea siempre ronde por nuestras mentes. Pero, ¿Se puede conocer al mundo? ¿Cómo lo conocemos?
Yo siempre he creído que para conocerlo hay que aprender a sentirlo, hay que familiarizarse con su lenguaje, hay que relacionarse con su gente, hay que aprender a pensar y mirar dentro de uno mismo, hay que analizar, hay que actuar, pero, sobre todo, filosofar. Sí, filosofar.
Pero, ¿Filosofar? ¿Qué es filosofar? Hace poco, un amigo –Richard Rorty– me dio una gran lección acerca de ello en el capítulo ocho de su libro “La filosofía y el espejo de la naturaleza”. Al comienzo me sentí algo mareada con tanto de “metafísica”, “hermenéutica”, “positivismo”, “relativismo”, “existencialismo”, etc. Pero luego comprendí el mensaje principal: la filosofía no es una asignatura, es una eterna conversación.
Rorty en este capítulo habla de algo que resulta realmente interesante –e incluso innovador, diría yo–, la diferencia entre filosofía edificante y filosofía sistemática. Usualmente creemos que los filósofos –y la filosofía en general– es una suerte de ciencia absoluta reservada sólo para un grupo selecto de intelectuales especialmente iluminados y encargados de descubrir la verdad eterna. Pero no, esto no es tan cierto –ni para mí, ni para Rorty–. Para Rorty, existe un grupo de filósofos que buscan conmensurar al mundo en un solo lenguaje, que buscan la verdad objetiva y eterna, y que siempre dan argumentos constructivos: esta es la filosofía sistemática. Pero también hay otra manera de filosofar: una manera que no pretende buscar una verdad objetiva y absoluta –porque no cree que exista–, una manera que deja un espacio abierto a la conversación eterna, una que es consciente de que no servirá para la eternidad. Esa es la filosofía edificante.
Muchas veces criticada de relativismo o cinismo, esta filosofía para mí constituye la mejor manera de conocer –o intentar conocer– al mundo. Así también lo concibieron Sartre y Nietzsche, a quienes no les duele calificarse de poetas. Porque la filosofía también es poesía, no entera investigación. Bien dice Rorty: “El hecho de que podamos continuar la conversación que inició Platón sin tratar los temas que Platón quería tratar, sirve para ilustrar la diferencia entre tratar a la filosofía como una voz dentro de una conversación y tratarla como asignatura, un Fach, un campo de investigación profesional. La conversación iniciada por Platón se ha ampliado con más voces de las que Platón se habría atrevido a imaginar y, por tanto, con temas de los que él no sabía nada.” Se nota cómo Rorty hace énfasis en “conversación”, dice la “conversación iniciada por Platón” no la “filosofía iniciada por Platón”. Pues bien, esta conversación que el gran Platón inició hace ya siglos, nunca terminó, y ha permitido que se descubran innumerables cosas acerca del mundo y del ser humano. Llámale filosofía si quieres, a mí también me gusta llamarla conversación.
Conversación. Palabra interesante. Evoca el acto de personas moviendo los labios suave o duramente, emitiendo sonidos mediante sus cuerdas vocales, haciendo funcionar sus cerebros, mirando, moviendo las manos, viviendo. Pero, ¿es así de fácil conversar? ¿cualquiera puede? Michel de Montaigne hace una interesante reflexión acerca de ello en “Del arte de conversar”. Él sostiene que para tener una buena conversación se necesita: orden, prudencia e inteligencia. Además, el ingrediente ideal es que las personas involucradas en la conversación tengan ideas o puntos de vista distintos. Creo que es importante resaltar que la “inteligencia” que señala Rorty –y a la que yo me refiero en este texto– no es una inteligencia de conocimientos ajenos o memorística, es una inteligencia propia, la de uno mismo, la capacidad de formular y construir tus propias ideas a través de los años y ser capaz de compartirlas en una conversación agradable o en un debate. La inteligencia que te hace ejercitar tu cerebro.
Cuan cierto puede ser esto. Imagínese estimado lector –tan sólo trate de recordar un poco–, una conversación que lo haya marcado, una memorable. Piense unos segundos. Y le aseguro que fue una conversación en donde su interlocutor (o interlocutores) lo dejaban hablar, lo escuchaban, usted hacía lo mismo, donde se trataban temas interesantes, donde nadie atropellaba a nadie con las palabras, donde se exponían ideas nuevas y no repeticiones de ideas de otros, donde iban de un tema a otro como si fuera una sinfonía marcada, y, sobre todo, donde su interlocutor no asentía con la cabeza cada vez que usted mencionaba que las nubes son color salmón. Y es que conversar es una forma de aprender, de ejercitar el cerebro y acceder al conocimiento. Es una forma de intentar conocer al mundo –y de paso conocer otras mentes–. Conversar es hacer filosofía, es intentar seguir pensando e intercambiando ideas, es comunicarse, es compartir, es un arte.
Compartir. Palabra melodiosa. Para compartir se necesitan más de uno ¿no es cierto? Se necesitan dos, o tres, o cuatro, o cinco, o diez, o cincuenta, o mil millones de personas. Y esto me lleva a pensar en la “Comunidad de mentes” y la “Comunicación como base del conocimiento”, que plantea Donald Davidson en “Tres variedades de conocimiento”. Primero, él plantea la existencia de tres variedades de conocimiento que se interrelacionan entre sí y no pueden estar separadas una de la otra: el autoconocimiento, el conocimiento del mundo externo, y el conocimiento de otras mentes: “En su mayor parte sé lo que pienso, quiero y me propongo, y cuáles son mis sensaciones. Sé bastante acerca del mundo que me rodea, la ubicación, tamaño y propiedades causales de los objetos del mismo. A veces sé también lo que hay en la mente de otras personas”. En todo esto aparece el “saber” y el “conocer”. Cuando al comienzo de este texto hablé de “conocer al mundo”, no me refiero a sólo conocer una variedad de los tres tipos de conocimientos (el conocimiento del mundo externo), sino que mi “conocer al mundo”, engloba los tres tipos de conocimiento. Hecha esta aclaración que me parece pertinente, voy a pasar a hablar sobre la “Comunidad de mentes”, que para Davidson es: “Una comunidad de mentes está en la base del conocimiento y proporciona la medida de todas las cosas. No tiene ningún sentido cuestionar la adecuación de esta medida o buscar una norma o medida ulterior”.
Anteriormente, hablé acerca de la filosofía como conversación, como una forma de compartir ideas para acceder al conocimiento y conocer al mundo. Bien, cuando uno tiene una idea o una creencia (en su propia mente), y la discute con “otras mentes” (es decir, otras personas); ocurre una conversación, un intercambio de ideas de la cual se forma una suerte de comunidad de personas (o de mentes), que tienen ideas y pensamientos que habitan y se discuten en un mismo espacio: el mundo. Usted, estimado lector, tal vez pensará que estoy hablando trivialidades o que esto de la “Comunidad de mentes” que hablo yo –y que dice Davidson– son puras patrañas. Pero esta idea es realmente importante, porque de esta comunidad de mentes que se forma cuando un grupo de personas se junta en un café, en un apartamento, en un parque o en la terraza de una casa a conversar a intercambiar ideas; de ahí es que salen las grandes ideas, pensamientos, postulados y descubrimientos acerca del mundo. Todo como resultado de constantes intercambios y discusiones de ideas o de creencias. Así nos acercamos al conocimiento, al conocimiento del mundo: hablando, pensando, conversando. Formando una comunidad invisible de mentes que están en constante movimiento, intercambio de ideas y evolución de pensamiento.

De ahí que Davidson sostenga que: “El pensamiento depende de la comunicación”. Esta idea es realmente trascendental si lo vemos desde el punto de vista de que la comunicación constituye la base del pensamiento del hombre, y más específicamente la base del conocimiento. A primera vista esta idea puede resultar un poco ligera de argumento. Pero, para fines didácticos, estimado lector, en esta parte lo invitaré a realizar un ejercicio mental. Piense en algo que usted sepa –o que cree que sepa– a continuación, recuerde con lucidez cómo es que usted sabe –o supo– que sabe eso, ¿cómo lo sabe? Sospecho –y estoy segura de no equivocarme– de que lo que usted cree que sabe, lo sabe (o cree que lo sabe), porque lo aprendió, lo pensó, lo leyó y lo discutió. Y eso, mi estimado lector, es comunicación. Usted se comunicó (en cualquier modalidad que implica la comunicación), antes de estar seguro que sabe algo o haber formulado su propia idea acerca de ese algo.

Y esto nos lleva a otro punto sumamente interesante: la distinción entre el “Yo” y el “Mí” que hace el filósofo George H. Mead. Mead plantea una distinción entre acción y pensamiento mediante el “Yo” y el “Mí”: el yo es el cuerpo (lo orgánico), la acción, el ¿qué hago yo?; mientras que el mí, es la persona en sí, el pensamiento, el ¿quién soy? Mead sostiene que mientras hacemos algo no pensamos, que primero actúa el “Yo” y luego el “Mí”. Es decir, que primero hacemos y luego pensamos. Y esto guarda estrecha relación con lo que mencioné líneas arriba. Porque, si el pensamiento depende de la comunicación, quiere decir que la comunicación precede al pensamiento. Quiere decir que antes de que uno piense se tiene que comunicar. Punto realmente interesante.

Luego de haber hablado tanto de la “conversación” y la “comunicación”, es necesario hablar del “lenguaje”. Para ello, el gran filósofo Ludwig Wittgenstein hace un excelente aporte: “los juegos de lenguaje”. Para Wittgenstein: “Llamaré también “juego de lenguaje” al todo formado por el lenguaje y las acciones con las que está entretejido”. Variado, multifacético, a veces ambiguo y expresivo, el lenguaje nos ofrece infinitas posibilidades de comunicación. Realmente infinitas. Con el lenguaje construimos nuestras ideas, nuestros pensamientos y nuestra manera de vivir. Como lo dice Wittgenstein: “Imaginar un lenguaje es imaginar una forma de vida”.

Y mi punto es que a través del lenguaje, también aprendemos y podemos conocer al mundo. Desde que aprendemos a hablar, conocemos uno (ya sea francés, danés, alemán, inglés, español, chino mandarín, portugués, etc.) Con él podemos pensar todo lo que queremos pensar y decir todo lo que queremos decir, formular nuestras propias ideas; crear nuestra propia inteligencia. Conocernos a nosotros mismos, al mundo y a las personas que nos rodean. Sin un lenguaje, esto sería –a mi parecer– o imposible, o realmente aburrido. Piense usted, estimado lector, acaso cuando usted aún no había aprendido un lenguaje, hubiera sido capaz de concebir o darse cuenta de que usted está “triste” o “feliz”, o de que esto “le gusta” o “no le gusta”, o de que prefiere a los “socialistas” antes que a los “capitalistas”; supongo que no.

Entonces el lenguaje (y no solamente como acción, en el caso de la “comunicación”), es también la base del conocimiento. Y qué interesante todas las posibilidades que tenemos con el lenguaje, con los infinitos “juegos de lenguaje”. Todo lo que podemos hacer con ello: cantar, escribir, rimar, jugar, inventar, filosofar. No podría imaginar un mundo sin ello: sería terrible. El lenguaje es el umbral que existe entre nuestra esencia subjetiva y el mundo real. Una palabra o una frase pueden tomar millones de significados, y eso es lo genial del lenguaje, nada está completamente dicho nunca. Tampoco hay verdades objetivas ni científicas. Te invita a la eterna discusión y a la eterna conversación que es saludable para la filosofía y para conocer al mundo.

Pero, de qué serviría todo esto, sin las experiencias, sin la vida, sin las cosas extrañas o interesantes que a uno le pasan cada día del calendario. Hay experiencias buenas, unas no tan buenas, y algunas malas. Pero con ellas también aprendes e intentas conocer al mundo, comprender quién eres y en dónde estás viviendo. Hace poco leí un texto de Gregory Batenson, uno que se titula “Hacia una teoría de la esquizofrenia”. Es una especie de investigación o teoría que se basa en el análisis de las comunicaciones y que postula que una persona expuesta a una situación de “doble vínculo” permanente puede desarrollar síntomas esquizofrénicos.

No voy a profundizar acerca de la enfermedad de la esquizofrenia, sin embargo, me parece importante detenerme en el tema del “doble vínculo”. El doble vínculo, es una situación (que se ha repetido continuamente en la vida de una persona), en la que el individuo haga lo que haga no puede ganar. Sin dudas, para cualquier persona, pasar por esto sería una experiencia negativa. Pero una experiencia al fin. Una experiencia en la cual (a pesar de todas las dificultades), mediante lenguaje –aunque un lenguaje un poco retorcido, contradictorio– uno aprende a conocer el mundo, su mundo. Aunque te encuentres en encrucijadas, aunque te encuentres atrapado, sabes donde estas, sabes quién eres, aunque no sepas qué hacer. La persona que vive el doble vínculo, quizá vea las cosas diferente a como las vemos los demás, pero igual desarrolla su propio pensamiento, su propio conocimiento. Y puede ser capaz de complementarlo cuando conversa con otros.

Bien, dicho todo esto, usted, estimado lector, pensará quién rayos soy yo –la que escribe esto–, y de dónde rayos saqué todas estas palabras para decir, que probablemente para usted no tengan el más mínimo sentido. Y perfecto, porque nunca pretendí que lo tuvieran, tan sólo pretendía conversar con usted, intercambiar ideas mentales. Usted saque sus propias conclusiones. Nada de lo que he dicho es verdad ni falsedad. Solo he dicho cosas. Soy alguien que quiere y siempre ha querido conocer al mundo en su totalidad, aprender, conversar, compartir, soñar, pensar. Soy alguien que se queda observando los caracoles en la lluvia por largo rato para descubrir y entender sus movimientos, soy alguien que observa detenidamente a la gente, soy alguien que escucha los sonidos de su alrededor y sus sonidos internos. Soy alguien que no cree –y jamás creerá– en las verdades objetivas y absolutas, soy alguien a la que le gusta la filosofía y la conversación. Soy alguien que prefiere a los filósofos edificantes en vez de a los sistemáticos. Alguien que cree que la mejor manera de acceder al conocimiento y a conocer al mundo es mediante la filosofía (como conversación), la discusión de ideas (en una gran comunidad de mentes), mediante el lenguaje (y los juegos de lenguaje), y mediante las propias experiencias y el autoconocimiento.

Yo y Marlon Brando siempre quisimos conocer el mundo; Marlon se murió de fibrosis pulmonar hace nueve años, yo todavía tengo muchos años por delante –espero–.

DH





Sobre un cortometraje de Thomas Jensen

13 05 2010

¿Racista yo?

Cerveza, lluvia, taxis y elecciones

A media luz y al son de una canción de Ella Fitzgerald, dos amigos se encuentran en un bar casi vacío. Peter, hombre idealista y tal vez un poco ingenuo, sugiere a su compañero probar cerveza mexicana. El compañero, que fumaba un cigarrillo y hojeaba las hojas de un periódico, lo mira con cierto asco y le dice: “Rayos, Peter, yo no voy a tomar esa jodida cerveza mexicana”. Peter, sorprendido, lo mira con recelo y le dice: “Eres un racista”. Mortificado y con cierta incomodidad, el compañero lo niega y le sugiere que se relaje. Luego, con un aire de seguridad, le dice: “Yo no soy racista, yo voté por los socialistas”. A Peter lo invade una sensación de desazón, de inquietud, se pone la chaqueta y sale apuradísimo del bar: había olvidado votar.

En ese momento, empieza una accidentada e hilarante travesía protagonizada por Peter, para llegar al lugar de votación antes de las ocho de la noche. El taxista manejaba calmadamente, mientras hablaba pestes de los árabes; Peter, consternado, miraba nerviosamente su reloj. Al chofer no le basta con decir que los árabes huelen a turbante sudado, empieza a hablar mal de los africanos; Peter se desespera, ya no puede más. Discuten sobre la democracia, pero ¿qué es la democracia?: para Peter es tolerancia; para el taxista, hablar lo que le da la gana mientras hace el servicio de taxi. Peter se baja del auto y la misma historia se repite dos veces más. Otro taxi, otro taxista, ahora un señor que habla en contra de las mezclas con africanos y en contra de los alemanes: Peter se consume, realmente se consume. Sus reacciones, en efecto, comienzan a tornarse mucho más intranquilas.

Otro taxi, otro taxista, ahora un hindú que habla pésimo de los japoneses: Peter sale corriendo del auto. Asustado, despavorido y casi resignado, Peter se echa a correr con la esperanza de llegar a tiempo de poder votar. Algo hace más dramática la escena, más oscura, más desesperante: la lluvia. Peter llega, mira su reloj: eran las siete y cincuenta y ocho de la noche. Había llegado a tiempo, sin embargo, la mujer africana que lo recibe cierra la puerta del lugar y le dice que ya no puede votar. De pronto, un comentario desafortunado, impulsivo, del fondo de sus entrañas: “Yo voto por la gente como usted”. Peter había dicho lo que repudiaba con todo su ser en las otras personas que lo decían: un comentario racista.

¿Racismo o paranoia?

Thomas Jensen, en su cortometraje “Noche de elecciones”, nos presenta una suerte de parodia social: se muestra por un lado, la lucha de una persona (Peter) por evitar caer en el racismo; y por otro, una sociedad llena de prejuicios, marcada por estereotipos y con el racismo a flor de piel.

Si lo vemos desde otro punto de vista, sin embargo, nos podemos dar cuenta de que, en vez de ser un cortometraje que presenta una sociedad sumamente racista y excluyente, se puede tratar de una crítica hacia las personas o sociedades que ven el racismo en cualquier tipo de comentario; es decir, que buscan y encuentran el racismo donde realmente no lo hay.

Sea cual fuere la interpretación del film, los estereotipos se presentan de una manera bastante directa y acertada –aunque a veces cayendo en la exageración y caricaturismo–. Thomas se sirve de las generalizaciones, para crear ese clima de sociedad estereotipada: los árabes, siempre sucios y con drogas; los japoneses, responsables de lo ocurrido en Pearl Harbor; los africanos, raza impura e inferior.

No muy profundo, pero bastante real

Thomas presenta un cortometraje que, sin caer en la entera comicidad, es bastante irónico y sarcástico. Las escenas oscuras y a media luz le otorgan al film ese toque de ligero suspenso que lo hace más interesante artística y fílmicamente. La música, perfectamente escogida –me parece–, aporta ese tono de parodia y de paradoja: mientras Peter se encuentra más intranquilo, la música de fondo es la más calmada del mundo.

Aunque no es un film bastante profundo y con tretas psicológicas –es verdad– dentro de sus objetivos y posibilidades, muestra una realidad social –aunque un poco exagerada– que se vive no sólo en países lejanos como Dinamarca, sino en nuestro Perú, a la vuelta de la esquina.

DH





¿Por qué no te mueres, muerte?

13 05 2010

Como tantos domingos, me reúno con mi familia para esos típicos almuerzos domingueros. Todo marcha perfecto: mi papá resolviendo su crucigrama, mi mamá moviéndose de un lado a otro, mi tía hablando incoherencias absolutamente incomprensibles, mi abuela riendo, mis primos hablando recalcitrantemente, y yo –como siempre– observándolo todo. Esta aparente armonía –y quizá monotonía– de todos los séptimos días de la semana se ve abruptamente interrumpida cuando inexplicablemente mi papá suelta su lapicero negro, cierra el periódico y, de pronto, dice algo así como: “¿Por qué no hablamos de la muerte?”. Todos en blanco, unos minutos de silencio espectral. Bastaba con mirarles de reojo las caras y las expresiones faciales para darse cuenta de que todos estaban más que espantados: nadie quería mover los labios. Mi mamá dejó de moverse; yo, con una sensación en el pecho algo extraña, sonreí un poco. Acto seguido, impulsiva y sutilmente, levanto la cabeza y digo: “Ya pues, hablemos de la muerte”. Otro minuto de silencio color sepia. Todos empiezan a reír explosivamente –pero eran de esas risas de nervios– y, por supuesto, nadie dice nada; mi mamá sirve los tallarines rojos y luego una conversación de trivialidades: puro miedo.

Pero yo me quedé con ganas de hablar: con muchas ganas. Así que te propongo a ti, estimado lector –a ti que vas en la línea dieciocho de este texto–, que me acompañes en esta reflexión o ensayo o carta o crónica o como quieras llamarle. Te advierto que no hablaré de un tema muy fácil de tocar, te advierto que mis ideas te pueden resultar bastante chocantes, te advierto –y más bien te recomiendo– que te olvides de todo lo que vas a leer en las próximas líneas.

Dada esta advertencia, empezaré intentando responder la siguiente pregunta: ¿qué es la muerte? Para los católicos, el paso a la vida eterna; para los existencialistas, pasar de una esencia a otra; para los científicos, el momento en que el cuerpo deja de realizar sus funciones vitales; para mí, absolutamente nada. Para mí la muerte es tan solo una palabra corta e intensa a la vez: corta, porque tiene solo seis letras; intensa, porque produce sentimientos encontrados: miedo, desazón, tristeza, incertidumbre, curiosidad, desconcierto, confusión. Estos conforman una suerte de cóctel radioactivo: te invitan a amar a la muerte pero también a odiarla. Es el típico ejemplo de que lo prohibido, lo sórdido, lo oscuro, te llama. Te grita desesperadamente.

Hablemos del miedo. Cuando simplemente se menciona la palabra “Muerte” –así, a secas–, lo más probable es que produzca en el receptor o el lector un ligero fastidio, algo así como una comezón en la garganta. Pero cuando hablamos de “Morir” o de “Morirse”, ahí la gente comienza a pasar saliva, se te hace un nudo en la garganta y siempre lo ves como una realidad lejana a tu persona: como algo imposible. No entiendo por qué negarlo, por qué evitarlo, por qué evadirlo, por qué desaparecerlo del vocabulario: todos vamos a morir.
No importa cuándo, no importa cómo, no importa dónde ni mucho menos por qué: simplemente vamos a morir, vamos a morirnos. Quizá chancados en las vías de un tren en París, quizá apuñalados por un sicario, quizá sangrientamente asesinados por un demente, quizá decapitados en China, quizá en nuestra cama a los noventa o incluso quizá acabados por nuestras propias manos.

Y es realmente cómico pensar en todas las cosas que hacen muchos para no morirse, o para decirlo más elegantemente “para prolongar su vida”. Desde tratamientos médicos de costos exorbitantes, cirugías, tratamientos genéticos, cremas, medicamentos, etc. La lista es excesivamente extensa. Realmente no deseo detenerme en este punto porque me da asco: puras ridiculeces y superficialidades absurdas.
Yo solía tenerle miedo –sería hipócrita negarlo–. Hasta que un día, sentada en mi cama pensando en las medusas, con una taza de café pasado en las manos y con los párpados bien abiertos, como si alguien me estuviera observando desde lejos, me dije: esto es absurdo, no hay por qué tener miedo. Pasó como esas sorpresivas iluminaciones mentales que te pasan pocas veces en la vida. Y luego la comencé a ver tan rápida, tan agridulce, tan emocionante, tan mágica, tan misteriosa, tan súbita.

Sé que en estas líneas probablemente no he dicho absolutamente nada. No sé cuando voy a morir y no me importa realmente: no tengo miedo. Tal vez, cuando este texto este publicado, yo estaré muerta: no me asusta. Soy atea y sé que probablemente no hay nada después: aún así no me importa. No me interesa la muerte porque me interesa la vida. Sí, la vida.

Y la vida ahora es comer estos deliciosos tallarines rojos que mi mamá preparó para toda la familia. Lo demás no tiene la más mínima importancia.

DH








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