
Este es un pequeño relato inspirado en: “¡Nunca iré a América Latina!” y “Del Pato Donald a Thomas Berhard” (ambos de Michéle Petit), “Los cinco sentidos” de Michel Serres; Muchona, el aberrojo de Victor Turner y, por último en “El segundo sexo” de Simone de Beauvoir; en el que busco contar mis experiencias con el mundo: en los sentidos, en mi pasión: leer y escribir y en mi vida como mujer.
El primer libro que mis pequeñas manos tocaron cuando tenía apenas unos seis años fue Ricitos de oro y los tres ositos, tal vez uno de los típicos libros infantiles que alguien puede leer. Debo confesar que lo que más me interesó de este libro eran los dibujos y la textura del libro (eran de esos libros acolchonaditos y en alto relieve), y a pesar de que yo sabía leer, abría una y otra vez el libro no precisamente para leer la historia (que me la sabía de memoria) sino para ver los dibujos y tocarlos. Sensorialmente ese libro fue trascendental en mi vida, pero intelectualmente e ideológicamente hablando, tal vez no mucho.
De pequeña siempre fui muy curiosa, disfrutaba de preguntar por qué y por qué y por qué, quería saber todo acerca del mundo y de la gente que me rodeaba (en ese momento todavía no había descubierto el poder de los libros, eso lo vine a descubrir un poco más adelante). Entonces llegó a mis ocho años El caballero Carmelo del gran Abraham Valdelomar, lo abrí y no pude dejar de leerlo hasta que llegué al final y estallé en llanto cuando el gallo Carmelo, el compañero de toda la familia, murió, no lo podía comprender, para mi era tan injusta su muerte. Este libro me marcó, si bien es cierto no me convenció de que la lectura era mi pasión, estoy segura de que este fue el comienzo.
Luego vino una etapa de receso como lectora, leía pero cosas intrascendentales para mi vida, leí a Jack London, Jonathan Swift, un poco de Julio Verne (en realidad lo odié y odié mas aún que en el colegio me obliguen a leerlo). En esta etapa estaba desencantada de la lectura, habré tenido unos doce o trece años, esta etapa fue extraña, hasta llegué a odiar el curso de lengua y a gustarme las matemáticas (algo ahora impensable para mí). Felizmente esta era tan solo una etapa de tránsito, metafóricamente la podría denominar como una zona liminal, como en la que se encontraba Muchona, el gran amigo de Turner. Yo no estaba ni fuera de la lectura, de los libros (después de leer el Caballero Carmelo, esto era prácticamente imposible), pero tampoco estaba completamente dentro, aún no estaba inmersa en este mundo: aún no había descubierto que leer era una de mis grandes pasiones.
Pero todo cambió cuando entré a tercero de secundaria, me comenzó a encantar la literatura, cada vez quería saber más y más acerca de los escritores, de su vida, leer sus libros. Esta etapa que abarca desde que estuve en tercero de secundaria en el colegio hasta que estuve en quinto la llamo: la etapa del cuasi total descubrimiento de mí misma (y digo cuasi porque reconozco que a los diecisiete años aún me queda largo camino por recorrer en esta gran villa a la que conocemos como vida) y etapa de descubrir al mundo.
Esta etapa es una de las más bonitas y provechosas que viví hasta ahora. Leí mucho, pero mucho: Oscar Wilde, Federico García Lorca, Iván Turgeniev, Camilo Cela, Fedor Dowstoieski, Alejandro Dumas, Edgar Allan Poe, Bécker, Arturo Pérez Reberte, Calderón de la barca, Cervantes, Bryce Echenique, Shakespeare, Dante Alligeri, Moliere, Goethe, Kafka, Joyce, Hemingway, Jean Paul Sartre, Tenesse Williams, Jean Genet, Nietszche, Vallejo, Neruda, Jose Carlos Mariátegui, Julio Ramón Rybeiro, Blanca Varela, Isabel Allende. Quedé encantada, la verdad no leí ni la mitad de lo que hubiera querido leer de todos estos escritores, me parecieron geniales. Leer me hacía sentir bien, me entretenía, me hacía sentir que tocaba el mundo.
En los comienzos de esta etapa uno de los libros que más me gusto e interesó fue El Capitán Alatriste de Arturo Pérez Reberte, era un libro muy aventurero, de rápida lectura, con mucha acción, espadas por aquí, espadas por allá; todos decían que era un libro “para hombres”, a la mayoría de mis amigas no les gustaba, a mi esas cosas siempre me parecieron tonterías, eso de esto es “para hombres” y esto “para mujeres”.
Desde pequeña veía que en mi familia también se hacían estas distinciones, que mis tías, mis abuelas, eran un poco abnegadas y hacían caso en todo a sus esposos. Cuando tuve conciencia de ello, nunca me pareció bien. Recuerdo que una vez leí el DNI de mi mamá y vi que firmaba como: Marita de Hidalgo, y yo le dije mami tu no eres de nadie, como puedes ser de alguien, porque ese de, de hidalgo, de tu esposo; le dije mami no me gusta y ella se rió. Yo siempre fui independiente, me enorgullecía de serlo, y más allá de eso, siempre me sentí orgullosa de ser mujer, nunca me sentí de menos. Y pensaba que cuando yo me case algún día nunca me pondría un “de juanito”o “de pepito”, siempre sería yo misma y buscaría un complemento en la otra persona. Cuando hace poco leí a Simone de Beauvoir sentí dos cosas: cierta pena por que algunas mujeres se han dejado pisotear a través de tantos años de la historia (creo que esto principalmente se da por las costumbres y tradiciones erróneas que se pasan de generación en generación, por eso es bueno cuestionar lo que te intentan enseñar y no simplemente aceptarlo porque “así se usa” o “así lo hizo tu abuela”, etc.) , y también alegría porque nunca estuve dentro de ese saco (y afortunadamente tampoco lo estaré nunca).
Volviendo al tema de los libros y de esta nueva etapa en mi vida, sin lugar a dudas todos esos libros leídos cambiaron mi forma de ver el mundo, de percibirlo, de sentir la vida, mi forma de ser; me sentía mucho mas perceptiva, más instruida, sentía que sabía muchas cosas del mundo, y lo mejor de todo era que quería saber más. En cuarto de secundaria mi profesora de Lenguaje estaba haciendo una clase de la literatura simbolista: entonces conocí a Rimbaud y Baudelaire (conocidos como los poetas malditos), ella comentó acerca de un libro de Rimbaud Una temporada en el infierno, dijo: un alumno del quinto de secundaria hace muchos años lo leyó y se volvió medio loco, se aisló de todos, se volvió extraño, chicos no lo lean.
Automáticamente salí a buscar ese libro (como era de esperarse en mi, por naturaleza soy demasiado curiosa y un “no hagas esto” para mi es una cordial invitación a descubrir algo nuevo e interesante). Entonces lo encontré, lo leí, y me cambió la vida. Era un libro tan oscuro, tan chocante y tan fascinante a la vez, sumamente expresivo; la cuestión es que con el reflexioné mucho acerca de la vida, de la muerte y sobre el ser humano. Luego empecé a leer poemas de Baudelaire (me encantaron).
Hasta este punto amaba la literatura, amaba los libros, me encantaba leerlos. Y sucedió algo trascendental en mi vida: conocí a Gabito (Gabriel García Márquez), mi escritor favorito de todos y de todos los tiempos. Primero con Crónica de una muerte anunciada, luego leí El amor en los tiempos del cólera, Doce cuentos peregrinos y Cien años de soledad. Me enamoré de García Márquez, me enamoré de la literatura definitivamente, aquí descubrí que era una de mis grandes pasiones. Tanto El amor en los tiempos del cólera como Cien años de soledad, me cambiaron la vida, viví cada momento de las historias, lloré, me reí, sonría, me asombraba, me sentía en Macondo, me sentía Fermina Daza, Aureliano Buendía ; el realismo mágico me atrapó por completo. Quedé fascinada, encantada, me sentía feliz.
Y luego mis más recientes hallazgos fueron: Rayuela de Júlio Cortázar y Así habló Zaratustra de Nietsche. Ambos sumamente interesantes. El primero fue una de las novelas más extrañas y creativas que he leído en mi vida, me encantó y me motivó a seguir escribiendo. El segundo me hizo sentir que no era la única loca en el mundo y que ser loca de repente no está tan mal, me reconfortó saber que hay alguien más que piensa como yo, y también hizo incrementar mi gusto e interés por la filosofía (anteriormente había leído a Kant y a Hegel).
Ya cuando entré a la universidad empecé a leer nuevos libros, nuevos autores: Gustavo Rodríguez, Rolando Arellano, Nelson Manrique, Emerson, Platón, Gorgias, Hobsbawm, Michéle Petit, entre otros (mencioné los que más me gustaron). Aprendí mucho, con ellos sabía más del mundo, de las personas.
Paralelo a la lectura, a lo largo de esta etapa de descubrimiento de mí misma y del mundo, comencé a escribir: escribía poemas, cuentos, e incluso comencé a escribir una novela, escribía cada vez que me daba ganas, era una distracción para mí, un escapar de la cotidianeidad de la vida. Escribir era una experiencia ultrasensorial para mí: primero porque siempre que quería escribir tenía que sentirme cómoda (me ponía pijama o alguna ropa de textura suave), tenía que observar que en mi cuarto todo esté en orden, que esté a media luz (así me inspiraba mucho mejor), mi espalda tenía que sentir una almohada blanda, reposarse en ella; y mi piel tenía que sentir el lapicero, la hoja de papel con esa textura tan particular; incluso a veces me era útil comer un chocolate (ese sabor me inspiraba para escribir). Luego, podía cerrar los ojos y todas las ideas se acumulaban en la cabeza y querían salir, pasar el conducto del cerebro, llegar al hombro, a los brazos, atravesar mis venas, llegar a mi mano, a mis dedos y mágicamente darle el impulso al lapicero que inerte esperaba el aviso de la luz, de la creación. Algo mágico.
De hecho, me encanta escribir, es otra de mis grandes pasiones, con ello expreso lo que yo creo que es el mundo. Y es aquí en donde quiero resaltar la importancia de los sentidos en la vida del ser humano. Porque uno escribe lo que percibe, lo que sabe, pero no sólo lo sabe porque lo lee sino porque lo ve, porque lo siente, porque lo prueba, porque lo escucha, porque lo huele. Uno lee lo que otro percibió del mundo a través de los sentidos, y de esa manera se hace una idea propia del mundo. Pero todo comienza con los sentidos, y es cierto que a veces los libros te hacen sentir, y esos son los mejores, los que te hacen ver claramente las imágenes, tocar lo que hay en la historia, oler cómo huelen los personajes, etc.
Leer un buen libro te hace percibir el mundo, pero la mejor manera de conocerlo es tocándolo con tus propias manos, así puedes comprobar lo que leíste y conectarte con ello de una manera más íntima. Por eso una forma de aprendizaje y de conocimiento ideal creo que sería combinando las ideas de Michéle Petit (sobre la importancia y el poder de los libros) y las ideas de Michel Serres (sobre la importancia de los sentidos y del cuerpo). Fusionando éstas dos ideas y viviéndolas se puede entender mejor al mundo y a las personas.
Luego de decir todo lo que he dicho hasta ahora es inevitable recordar que nunca fue fácil llevar mis dos grandes pasiones (la literatura y escribir) e incluso mi interés y gusto siempre presente por la filosofía y la política, la verdad sentía que muy pocas personas entendían esta parte de mí. Me sentía como Muchona: “Lo que lo apenaba era no poder comunicar ya más sus ideas a alguien que fuera capaz de entenderlas. El filósofo tenía que volver de nuevo al mundo que sólo podía aceptarlo como doctor-brujo”, a veces sentía que me miraban como un bicho raro porque me gustaba tanto la literatura, la filosofía, y todas esas cosas “serias” y “aburridas”; la gente se sorprendía y decían: “Tan chiquita lees a Rimbaud, a Baudelaire, a Nietzsche”.
Muchas veces sentí que no podía hablar con nadie de estos temas, me sentía sola, aburrida, muy pocas son las personas que encontré con las que me sentía cómoda discutiendo acerca de quien se ganó el novel o acerca de Zaratustra, acerca del comunismo, del socialismo, de Rayuela, de Macondo, etc. Y cuando las encontré me sentí como se sintió Muchona cuando encontró a Turner, cuando por fin se pudo mostrar como filósofo en todo su esplendor y no solo como doctor brujo, cuando por fin pudo sentir que lo entendían. Me sentí mejor, pero lamentablemente esto sucedía pocas veces, así que tenía que ser simplemente la “Diana común”, la Diana que va a fiestas y al cine, que le gusta bailar, que se ríe, la que respira. Y no podía ser la Diana que ama la literatura, que ama escribir, que le gusta la filosofía y la política. Son contadas con los dedos las personas que pudieron comprender esto.
Pero no me quejo, en realidad siempre me sentí muy bien, feliz, haciendo lo que me gusta, feliz de ser Diana, feliz de ser mujer, feliz de sentir al mundo, de que me guste la literatura, la filosofía, feliz de escribir, de tocar, de oler y probar todo; feliz de conocer al mundo cada vez más y más.
Para terminar, quisiera decir que a lo largo de mi vida (de mis diecisiete años y medio de vida) he aprendido a sentir al mundo, a conocerlo, a tratar de entender la psicología humana, los libros por supuesto fueron un gran instrumento para ello, pero fundamentalmente utilicé mis sentidos para hacerlo. Me reconozco como una apasionada de la literatura, por eso leo, leo mucho, pero también escribo. En unos años seré periodista, escribiré en diarios, haré crónicas, trataré de expresar la realidad con mis palabras; y algún día también publicaré mis libros y quisiera que al leerlos la gente se sienta bien, se entretenga, y sobre todo que con mis libros pueda encontrar una manera de conocer y percibir al mundo que los rodea. Leer es como sentir, pero sentir es mucho más que sólo leer.
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